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7.11.05

 

LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M (XXV). Las mentiras de 'El Gitanillo'

 


07-11-05
LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M / LA INVESTIGACION

Las mentiras de 'El Gitanillo'

Graves contradicciones del único testigo del robo de explosivos

Por FERNANDO MUGICA

LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M (XXV).
La versión oficial de lo que sucedió en torno a los atentados ha dado siempre por bueno el testimonio de un menor al que se conoce como El Gitanillo. Se trata del único condenado hasta ahora en relación a los hechos -seis años en un centro de menores-, que relató cómo fue el robo y el traslado de la dinamita asturiana, el 28 y 29 de febrero de 2004. El repaso de sus declaraciones descubre mentiras flagrantes.Hay contradicciones claras en las fechas. No cuadran los horarios señalados por el menor con la ubicación de los usuarios de móviles involucrados, algo perfectamente constatable a través de las antenas receptoras de sus llamadas. Los testimonios de Iván Granados y de la cajera de Carrefour de Avilés, donde se compraron las mochilas, desvelan que no hay certeza ni de los coches utilizados, ni de las personas que participaron. Tampoco se sabe quién fue el usuario de las llamadas clave en aquellos días.
(.../...)

Es alto y delgado. Tiene un defecto en un ojo que lo hace algo malencarado. Cumplirá 18 años en diciembre. Lleva internado en el Centro de Menores Los Rosales de Madrid desde poco después del 11-M. Hasta entonces, ha vivido en la calle, en su barrio de Avilés, donde se ha buscado la vida entre drogadictos.

Le han dicho que su comportamiento será decisivo para que pueda salir en dos años. En los primeros meses de internamiento ha insultado y agredido a compañeros y vigilantes. Le han expedientado seis veces, entre otras cosas por amenazas como: «Os voy a matar a todos. Igual me dan 200 muertos que 201».

Va de duro, aunque sólo es un muchacho frágil que a los 10 años tuvo una grave enfermedad. Sus padres no fueron a su última declaración ante el juez. Su madre tenía 36 años y un embarazo de ocho meses cuando los atentados. No podía con él. Nunca quiso que saliera con el ex minero Emilio Suárez Trashorras, al que hacía de recadero.Emilio le protegía y, sobre todo, le daba droga. Su padre también se oponía a esa amistad, pero estaba interno en la cárcel de Villabona por robo.

Paradójicamente, Gabriel, El Baby o El Guaje, ha sido la pieza angular para esclarecer la trama de Asturias. Su testimonio es la clave de una historia que explica de dónde salieron los explosivos.El análisis de sus manifestaciones descubre mentiras flagrantes, fácilmente demostrables, que ponen en duda todo el relato.

EL ESTUPOR DE LA FISCALIA

El 16 de marzo de 2005, el juez Juan del Olmo hizo comparecer a Gabriel M. V., conocido periodísticamente como El Gitanillo, el único condenado por los atentados. La sentencia se dictó en noviembre de 2004. La propia fiscal rebajó su petición de pena de ocho a seis años. Eso suponía, por su edad, que nunca tendría que ir a la cárcel. Además, cuando se cumpla la mitad de la condena -en 2007-, el juez puede dejarle libre. El proceso se aceleró al máximo porque había que acreditar su testimonio, «muy importante» para poder condenar a otros implicados del 11-M.

El suyo es el único testimonio que existe hasta ahora, y que se ha dado por válido, de la venta de explosivos de Trashorras a tres marroquíes. Los mismos que acudieron el 28 de febrero de 2004 a Asturias y que, teóricamente, llevaron al día siguiente a Madrid la carga mortal de Goma 2.

Pero las cosas no cuadraban del todo y el juez le interrogó de nuevo en marzo de 2005, esta vez como testigo. La sorpresa fue enorme al comprobar que, a pesar de que ya no tenía nada que perder porque su sentencia era firme, dio una versión totalmente diferente a las anteriores.

En primer lugar, aseguró que no sabía que hubiera llevado a Madrid una bolsa de explosivos. Que él creía haber transportado, por encargo de Emilio, hachís malo. Fue un amigo suyo del barrio, Iván Granados -que se negó a hacer uno de esos viajes en autobuses de línea- quien le dijo que lo que en realidad había llevado eran explosivos. No tenía más evidencia que la palabra de Iván.

«YO NO ACOMPAÑE A LOS 'MOROS'»

Pero lo más sorprendente fue que negara rotundo haber acompañado a los marroquíes la noche del 28 de febrero a la mina en busca de explosivos. Contradecía así todo el testimonio -el único- en el que se ha basado la historia de los explosivos asturianos.Por el contrario, aseguró que fue la Guardia Civil la que le dijo que tenía que declarar que él había ido con los marroquíes a la mina.

El Gitanillo aseguró al juez que lo que contó a la Guardia Civil sobre los viajes a Madrid y los marroquíes «no era todo cierto».Que no era cierto, por ejemplo, que fuera a la mina con Emilio y los árabes, que a él le dejaron en casa de Emilio, en el piso antiguo, para que cuando volviesen pudiese abrirles el trastero.Que fue el propio Emilio el que le dijo que, si alguna vez le preguntaban por esa noche, que dijera que era él el que había acompañado a los moros.

Que era mentira que hubiera estado en el coche esperando cuando los marroquíes fueron a buscar los explosivos, que quien les acompañó fue Emilio. Que él se quedó en casa de Emilio jugando a la Playstation y que a las tres o cuatro horas volvieron. Antes de llegar lo llamaron por teléfono para que bajara a abrirles el garaje. Que cuando llegaron sacaron unos paquetes con tubos verdes. Que los metieron en bolsas de basura azules y las introdujeron en el Toyota Corolla que estaba en el garaje. Que le mandaron que subiera de nuevo al piso y siguió jugando con la consola.Que le avisaron cuando regresaron y que metieron todo el material en el maletero de un Golf.

COMIENZAN LAS CONFESIONES

Ante la presión de la fiscal, Olga Sánchez, que le pone en evidencia las contradicciones con sus declaraciones anteriores, El Gitanillo dice de pronto que acaba de mentir y vuelve a su declaración inicial, la que ha quedado como versión oficial: acompañó hasta la mina a los árabes y les vio cómo bajaban del monte en dos viajes cinco mochilas cargadas. Pero en la versión oficial se encuentran las mayores contradicciones.

El Gitanillo contó en mayo y junio de 2004, primero a la Guardia Civil y luego al juez, que dos días antes de que los moros llegaran a Avilés, un mediodía, acompañó a Emilio hasta la mina. Se quedó en el coche mientras éste hablaba con dos mineros que llevaban un mono de trabajo azul, como a las cuatro de la tarde.

Cuando Emilio regresó al coche le comentó: «Esto está hecho.Esto está bien». Estas frases y la visita, certificadas por el menor, han dado argumentos a las Fuerzas de Seguridad para afirmar que Emilio dejó atado el asunto de los explosivos en esa charla y que esa transacción daría pie a que, dos días más tarde, fuera a la mina con los marroquíes en busca del material.

Si los investigadores hubieran cumplido con su deber, hubieran interrumpido el relato y le hubieran afeado sus mentiras. El menor no pudo acompañar a Emilio a la mina dos días antes de que llegaran los moros a Avilés: estaba de viaje de novios en Canarias.

Los marroquíes fueron a Avilés el sábado 28 de febrero. Dos días antes era jueves 26. El menor dice que la visita con Emilio habría sido un martes o un miércoles, sin darse cuenta de que eso era imposible, ya que Trashorras y su mujer, Carmen Toro, regresaron de Tenerife en la tarde noche del 26 de febrero.

Hicieron escala en Madrid y tomaron el avión a Oviedo a las 17.40 horas. Ese día el sol se puso a las 19.00 horas. Cuando Emilio y Carmen llegaron a Asturias, ya era de noche. Precisamente en esa escala acompañaron a Mowgly, Jamal Ahmidan, hasta la casita de Morata de Tajuña. Está acreditado por la ubicación de sus teléfonos en esas horas.

A El Gitanillo no le hacen ver esa contradicción hasta su última declaración, el 16 de marzo de 2005, un año más tarde de los hechos y varios meses después de su condena. No sabe cómo salir del paso. Llega incluso a asegurar que tal vez no fuera dos días antes, sino que pudo ser «unos días antes», o tal vez «antes de la boda de Emilio», o «después de Navidad».

A pesar de esa mentira flagrante, el relato del menor se dio por válido, hasta el punto de que, en todas las conclusiones policiales que se presentan al juez sobre los explosivos, siempre se comienza con esa visita fantasma del menor y Emilio a la mina y se insiste en que las palabras del ex minero fueron: «Ya está hecho».

Después de la última declaración del menor, Del Olmo no lo ve tan claro. Sólo tres días después, organiza una reconstrucción de los hechos en Mina Conchita, en Asturias.

El Gitanillo siempre había dicho que vio perfectamente el contenido de las bolsas de explosivos mientras las cargaban en los coches en el garaje de Trashorras. Dijo que las bolsas «verdes o rojas» eran transparentes y que se veían dentro unos «tubos de unos 20 centímetros». La exactitud es asombrosa, porque los cartuchos de dinamita miden 20 centímetros. Lo que no es tan exacto es la transparencia de las bolsas.

Como resaltó al juez uno de los ingenieros presentes en la reconstrucción de los hechos, las bolsas actuales son transparentes y tienen una capacidad de cinco kilos. Las que se usaban en Mina Conchita tenían una capacidad de 2,5 kilos y eran de un verde mate mucho más opacas.

Si alguien quiere acercarse a la mina todavía puede coger hoy restos de estas bolsas ocultas entre el material de deshecho allí almacenado para comprobarlo.

Otra de las mentiras claves está relacionada con las mochilas.El menor insiste en su relato, admitido como versión oficial, que los marroquíes hicieron en su compañía dos visitas a la mina esa noche del 28 de febrero. En ellas habrían bajado del monte, dos veces, cinco mochilas de las mismas características, oscuras, «tal vez con algo de verde». Explica que Mowgly llevaba a cuestas una y los otros dos moros, dos cada uno. En su declaración de marzo de 2005, como testigo, le insisten para ayudarle en si vio cinco o tres. Pero él comenta impertérrito que eran cinco mochilas iguales de las de montaña.

Pues bien. En la noche del 28 de febrero, los marroquíes, después de una primera visita a la zona de Tineo, donde se encuentra la mina, buscaron un establecimiento para comprar las mochilas.Se da la circunstancia, fácilmente comprobable, de que, a las 21.00 horas de un sábado en Avilés, sólo hay dos establecimientos que vendan ese material: Hipercor y Carrefour. Sólo dos y, a pesar de todo, las Fuerzas de Seguridad tardan ¡un año! en llegar hasta la vendedora que sirvió el pedido.

El 1 de febrero de 2005 la Guardia Civil llega hasta Natacha, la cajera que vendió mochilas a las 21.23 horas del 28 de febrero de 2004, según queda en el recibo de compra que permanece en la memoria del ordenador. Un año para averiguar algo que se podría haber solucionado en unas horas. De cualquier forma, no cuadra el número de mochilas que describe El Gitanillo con las que se compraron aquella noche.

LA CAJERA NO LOS RECONOCE

La cajera del puesto 028 del Carrefour no había acudido antes a declarar voluntariamente porque nada de lo sucedido aquella noche le llamó la atención. Durante un año no relacionó a los individuos cuyas fotografías salían en los periódicos con ningún cliente que hubiera visto en su caja.

Sólo impulsada por el guardia civil que le enseña, a las 18.45 horas del 1 de febrero de 2005, un ticket de compra y le interroga sobre lo que pasó aquella noche, comienza a recordar que fueron al menos cuatro o cinco personas, de apariencia árabe, las que compraron unas mochilas. Que uno de ellos fue a pagar, pero no tenía dinero suficiente y se lo pidió a otro. Por el ticket se sabe que compraron 21 artículos por 195,10 euros. Pagaron con 200 en efectivo y les devolvió 4,90 euros.

¿Qué compraron? Tres linternas (de 6,75 euros cada una), ocho pilas alcalinas, un litro y medio de leche, cuatro yogures bio, unas pequeñas palmeras, magdalenas, dos pares de guantes, tres bolsas de 18 euros la unidad, dos paquetes de 150 gramos de embutido y un pequeño cuchillo de cocina. ¿Y las mochilas? Sí, compraron mochilas del modelo Teide, a 32,90 cada una, pero sólo tres.Esta es la razón por la que al menor le insistían -cuando declaró en marzo de 2005- en si vio tres o más mochilas a hombros de los marroquíes.

A pesar de la insistencia de la Guardia Civil, la cajera no reconoce espontáneamente a los compradores en los álbumes de fotos que le enseñan. Ha transcurrido mucho tiempo y por su caja -su contrato de trabajo terminó el 19 de diciembre de 2004- pasaban al día centenares de personas. Pero reconoce a algunos asturianos de verlos por las zonas de copas de Avilés y dice que algunos son porteros de discotecas.

Cree recordar que uno de los compradores -al que más tarde identificaría como el que llevaba el carrito- tenía el pelo rizado, bigote y entre 30 y 40 años. Luego insistiría en que le pareció una persona mayor.

La toma de manifestación continúa más tarde y en esta ocasión, y ante la insistencia de los investigadores, la cajera dice que conoce a uno cuya fotografía le enseñan de haberlo visto en el periódico. Otro -«pero sin gafas y con el pelo más largo»- podría ser uno de los compradores. Se refiere a Mowgly.

La Guardia Civil no se conforma y vuelve a visitarla al día siguiente.En esta ocasión, y ante nuevos álbumes, cree reconocer a uno de ellos -«pero sin barba»- como el que llevaba el carrito «junto a tres o cuatro personas más». Vuelve a reconocer a Mowgly -«pero sin gafas, y con el pelo más largo»- como el que pagó. Que el tiempo que estuvieron en la caja «las cuatro o cinco personas que llevaban la compra» en ningún momento mantuvieron conversación alguna por lo que no puede decir en qué idioma hablaban.

Mes y medio más tarde, el 18 de marzo de 2005, la cajera hace una nueva declaración, pero esta vez ante el juez y en Madrid.

Declara que la Guardia Civil no se había puesto en contacto con ella hasta el 1 de febrero de 2005 -insisto, un año después de los hechos- y que fue el guardia quien le refrescó la memoria, ya que ella nunca lo había asociado con los atentados. Dice que las mochilas eran oscuras y que los clientes le parecieron extranjeros.Describe al que aguantaba el carrito como un hombre con bigote y que le dio la sensación de que era mayor. Rectifica su declaración ante la Guardia Civil para decir que cree que eran tres personas las de ese grupo: el del carrito, el que paga y otro.

Le muestran unas mochilas, pero dice que no eran como las que compraron. Tampoco reconoce unos guantes, un cuchillo y unas linternas que le enseñan. Se le muestran fotos en las que se ven las mochilas que se encontraron entre los restos tras la explosión del piso de Leganés y comenta que las que compraron eran más oscuras.

Manifiesta que no los había reconocido al ver sus fotografías en los medios de comunicación. El juez le aplica la ley de testigos protegidos.

En resumen. No los reconoce de una forma espontánea, a pesar de haber visto decenas de veces sus fotos en los medios de comunicación.No los reconoce tampoco en el primer álbum que le enseñan, y sólo lo hace de una forma difusa ante la insistencia de la Guardia Civil. Lo que está claro es que sólo compraron tres mochilas de monte, aunque El Gitanillo dice haberles visto esa noche con cinco de las mismas características. Podría haber dicho que llevaban mochilas y bolsas pero se ratificó en que sólo llevaban mochilas.

Si volvemos a la versión oficial, la basada en las declaraciones del menor, vemos que choca frontalmente con la que dio a su amigo del barrio, Iván.

Iván Granados, El Piraña, un joven de 22 años «grande y gordo» (según Carmen Toro), declara el 19 de abril, el 11 y el 14 de junio y el 25 de agosto de 2004. Cuenta cómo se negó a hacer un viaje a Madrid con explosivos por encargo de Trashorras cuando éste se lo ofreció. «¿Cómo sabe que llevaba explosivos si las bolsas estaban cerradas con candado?». «Me lo dijo Emilio al ofrecérmelo».

LA VERSION QUE LE CONTO A IVAN

Luego relata con detalle la versión que le había contado El Baby -así llaman a El Gitanillo en su cuadrilla-. Dice que a finales de febrero llegaron a Avilés unos moros con un Golf y un BMW.Que fueron al garaje de Emilio y metieron los explosivos en «bolsas de deportes y en garrafas blancas de plástico». Que se llevaron «el BMW, el Golf y el Toyota a Madrid. Que El Gitanillo acompañó a los marroquíes en ese viaje de regreso a Madrid. Que después de ir a la casa de Morata de Tajuña a descargar, estuvieron de juerga toda la noche. Que el menor volvió a Avilés en un autobús de línea el día 1 de marzo».

Adorna su relato -que no coincide para nada con el de El Gitanillo- diciendo que, al introducir los moros el BMW en el garaje de Trashorras, rozaron con la puerta una de las columnas. Y todo eso, declara, se lo dijo el propio Gitanillo cuando sucedieron los hechos.

El colmo del asombro se produce al comprobar que las mismas Fuerzas de Seguridad que han dado por buena la versión de El Gitanillo -en la que aparecen implicados sólo un Ford Escort, un Toyota y un Golf- no descartan esta nueva, en la que se introduce un BMW. La prueba está en que una diligencia de la Unidad Central de Información Exterior de la Policía (UCIE) comunica a la comisaría de Ceuta que inmovilice el BMW 530 con matrícula 8195 CMW para «realizar la correspondiente inspección ocular ante su posible participación en el traslado de los explosivos empleados en el 11-M».

AUN NO SABEN QUE FORD SE EMPLEO

Las Fuerzas de Seguridad no sólo no pueden aclarar la participación del BMW en los hechos, sino que son incapaces de explicar la del Ford Escort, propiedad de Emilio, en el que, según El Gitanillo, se introdujeron los explosivos esa noche. Y es que, al haber estado ese vehículo en las proximidades de la mina y al haber caminado los implicados por el monte, las huellas de barro podrían haber aportado datos importantes.

Aunque parezca imposible, en abril de 2005 la Guardia Civil seguía buscando ese vehículo y contesta así al juez: «Sobre las gestiones realizadas para la localización del Ford Escort blanco utilizado por José Emilio Suárez Trashorras en febrero o principios de marzo de 2004, el vehículo en cuestión, matrícula O-1612-BL, pertenece actualmente a Carlos Andrés Castro Vega, con domicilio en Avilés, un primo, al parecer, de Carmen María Toro Castro».

«Dicho vehículo se encuentra estacionado en el polígono industrial Sánchez Cima II, en Los Campos-Corvera, Asturias, desde que Trashorras fue detenido». «El Ford Escort 1.6 turbo, matrícula O-0870-AM, a nombre de José Emilio Suárez Trashorras, figura como baja definitiva desde el 13 de octubre de 2004. Aún no se ha localizado el desgüace o destino del citado vehículo».

Y aquí viene la perla: «Se participa a ese juzgado, al tiempo que se solicitan instrucciones para actuar sobre dichos vehículos, ya que, de ser positiva la identificación, el análisis de las muestras (lofoscópicas, biológicas, de tierras y cualquier otra sustancia) que pudieran hallarse en su interior podría ser de gran interés para la investigación en curso». O sea, un año y un mes después del 11-M, la Guardia Civil todavía no puede decir qué coche se usó en el trasiego de los explosivos. Y ni siquiera sabe dónde está y cuál es el Ford de Emilio. A pesar de eso, se da como válido el relato de El Gitanillo sobre el traslado en «ese» coche de hombres y explosivos el 28 de febrero.

Claro que el análisis del barro poco podría aportar, si tenemos en cuenta que de los estudios técnicos realizados por la Guardia Civil con la tierra encontrada en las botas de trial que Emilio le prestó esa noche a Mowgly, para que teóricamente caminara por el monte, no se ha podido sacar ninguna conclusión.

«Se aprecia un nivel más oscuro en las muestras extraídas de las botas respecto a las de tierra de las minas Conchita y Collada.En las obtenidas en estos lugares se observan formaciones de óxidos de hierro mayores de 2 milímetros, mientras que en las de las botas no aparecen».

«Sólo presentan algunas coincidencias de materia caolinítica, por lo que [a pesar de lo anteriormente expuesto] no se puede descartar que tengan el mismo origen».

O sea, nada que pueda servir como evidencia. El informe está firmado el 28 de enero de 2005 por el servicio de Criminalística de la Guardia Civil. Obsérvese que este análisis de las botas supuestamente utilizadas por Mowgly se hace casi un año después de los hechos.

MINA CONCHITA ESTA DESTRUIDA

Como comentábamos en el capítulo anterior, Trashorras suplicaba a las Fuerzas de Seguridad que investigaran en el terreno de la mina, ya que, en su opinión, tendría que haber dejado alguna huella si hubiera estado allí. Aunque quisieran hacerlo, ya es tarde. En una visita a Mina Conchita realizada en octubre hemos visto un panorama desolador.

En la explanada principal ya no están las casetas que hacían de almacén y oficinas. Las han volado por los aires. El trozo más grande que pudimos encontrar es uno de cerradura. La maleza ha borrado los caminos que subían hasta los distintos niveles de la explotación.

Tras el 11-M, corrieron distintos rumores por las galerías. Varios mineros aseguraron que habían encontrado dos etiquetas de mochilas de Carrefour en los caminos interiores de la mina. Los investigadores se emplearon a fondo e hicieron careos que resultaron contradictorios, pero no pudieron encontrar ninguna evidencia que lo demostrara.Algunos decían que en las etiquetas sólo ponía Carrefour. Otros, que ponía mochilas. Esas etiquetas no pudieron ser aportadas al sumario.

Además de las dudas sobre la participación de los vehículos, existen otras aún mayores sobre la identidad de los marroquíes que acudieron a Asturias el 28 de febrero de 2004.

Los investigadores dan por hecho en sus conclusiones al juez que fueron Jamal Ahmidan, Mohamed Oulad y Abdennabi Kounja, tres de los que murieron después de los atentados en la explosión de Leganés.

Centrémonos en la identificación de Kounja. Emilio le describe en sus declaraciones como un moro, enanito, con cara de mongólico.El Gitanillo lo menciona como alguien más pequeño que él, con la cara afilada y sin barba. La cajera del Carrefour dice que le pareció una persona mayor y que tenía el pelo rizado y bigote.Los dos últimos lo señalaron en la foto correspondiente a Kounja en los álbumes que les presentaron los investigadores, aunque insistieron en «que no tenía la barba de la foto».

Pues bien. Kounja es uno de los implicados en el 11-M mejor conocidos por su fisonomía, porque se paseó durante más de un año y medio por Pamplona. Era «el moro de San Jorge». El único que recorría el barrio con sus barbas largas y su chilaba marrón. Pero, sobre todo, era imposible que pasara desapercibido, porque medía 1,90 de estatura. Era un joven que visitaba con frecuencia a un hermano suyo que tenía en la ciudad un negocio honrado y que nunca se metió en líos. El mismo al que llamó para despedirse desde el piso de Leganés.

Es evidente que la descripción física que hicieron los tres testigos no coincide con el auténtico Kounja. Por cierto, los investigadores no han podido captar ninguna señal de los teléfonos de Kounja en la zona asturiana durante el 28 y el 29 de febrero de 2004.Sin embargo, en todas las conclusiones que las Fuerzas de Seguridad presentan al juez se especifica que uno de los tres marroquíes que fueron a Avilés esos días a por los explosivos era Kounja.Sin huellas, sin tráfico de llamadas y con tres identificaciones claramente falsas.

Una de las evidencias más claras de las falsedades que encierran las declaraciones de El Gitanillo es el estudio detallado del rastro que dejaron las llamadas de los móviles utilizados por los distintos protagonistas de la trama de Avilés. La tecnología actual permite tener constancia del lugar exacto en que estaba cada uno de los que utilizaron sus teléfonos.

Fue así como se pudo constatar que Mowgly llegó a Asturias el sábado 28 de febrero de 2004, hacia las 17.00 horas. Se conocen las llamadas que hizo esa noche y al día siguiente, hasta que regresó a Morata de Tajuña. También se ha hecho un seguimiento de los teléfonos que usaron esos días Trashorras, su mujer y otros implicados, como Iván Granados o El Gitanillo. El cruce de todas esas comunicaciones y la constatación de las señales de los postes de BTS que sirven para ubicar cada llamada delatan a los mentirosos.

El Gitanillo dice en su relato oficial que, cuando acompañó a Mowgly y a los otros dos moritos a Mina Conchita el 28 de febrero, tuvo que esperarlos más de cuatro horas a que bajaran del monte con las cinco mochilas. Cuando les preguntó por qué habían tardado tanto, Mowgly le contestó que se habían perdido y que habían tenido que llamar a Emilio para orientarse. Pues bien. Ni el teléfono de Jamal Ahmidan ni el de Emilio registran esa llamada.Sobre todo, porque ambos utilizaban móviles Amena y ni en la mina ni en varios kilómetros a la redonda tienen cobertura las tarjetas Amena.

UN MONTE SIN COBERTURA

Así consta en la reproducción de los hechos que lleva a cabo Del Olmo junto a las representantes del Ministerio fiscal, un miembro del Cuerpo de Gestión Procesal Administrativa y el secretario de ese juzgado.

Es el secretario quien reseña que, gracias a unas linternas y a cierta luz que llega desde una presa cercana, se puede subir de un nivel a otro de la mina sin demasiada dificultad. También hacen la prueba del descenso con una mochila que pesa 20 kilos.No se entiende por qué no se hace la prueba con dos; es decir, con el doble de peso, que es lo que llevaban los dos acompañantes de Mowgly la noche del 28 de febrero.

Pero lo que queda meridianamente claro en esa reseña del secretario, fechada el 20 de marzo de 2005, en que, pese a todos los intentos, no consiguen llamar con sus teléfonos Amena y Vodafone por carecer el lugar de cobertura. A las 2.15 horas del mismo día, se vuelven a hacer pruebas en la plaza de la mina y en sus alrededores, sin conseguir cobertura con las compañías citadas.

«Se camina por [sic] este secretario y dos miembros de la Guardia Civil por un sendero que parte de la plaza de la mina en dirección opuesta a la presa, atravesando un arroyo y pasando, paralelos al río, junto a una construcción de cemento hasta que el sendero se hace impracticable; Amena y Vodafone siguen sin cobertura».

En el camino de regreso, ya con los coches, comprueban que «Amena y Vodafone no tienen cobertura hasta el kilómetro 26 de la carretera S15». Según el cuentakilómetros, están ya a más de tres kilómetros de la mina en dirección a Tineo. El secretario y sus acompañantes regresan a la mina y, esta vez, toman con sus vehículos la dirección opuesta; es decir, circulan hacia la población de Salas. En esta ocasión, Amena y Vodafone recuperan la cobertura a casi cinco kilómetros de la mina, cerca de la cafetería El Americano, en un área de descanso.

Es imposible que la llamada de Mowgly a Emilio -la que hizo, según relató El Gitanillo- se hubiera producido desde el monte donde está situada la mina, y así consta con toda claridad en el sumario. En realidad, en el relato del menor -asumido como la versión oficial de los hechos- hay muchas más lagunas respecto a las llamadas. No cuenta en ningún momento que en su camino hacia la mina se pararan en la población de Salas. Sin embargo, el rastro del teléfono de Jamal dice que estuvo allí entre las 00.10 y las 1.54 horas del 28 de febrero.

Al día siguiente, El Gitanillo dice que, a las 11.50 horas, los moros y su cargamento salieron del garaje de Emilio en Avilés, hacia Madrid. La señal receptora del teléfono le contradice.Jamal estaba a las 12.07 horas de nuevo en Salas. Media hora más tarde regresa a Avilés.

En el listado de llamadas queda constancia de una que se produce entre Mowgly y Emilio. Este llama a las 6.16 horas a Jamal desde una cabina de Avilés, la famosa cabina que está frente a su piso nuevo y a la Comisaría de Policía. Sólo es una señal, ya que el marcador señala cero segundos de utilización. Jamal le contesta al móvil a la misma hora y habla, desde Soto de la Barca, muy cerca de Tineo, durante 30 segundos.

En el listado hay un número que manda mensajes esa noche a Mowgly.Es el mismo teléfono que en días claves ha llamado al policía de Avilés Manuel García, a Trashorras, a su mujer y a su cuñado Antonio Toro, entre otros. En todos los informes, tanto de la Policía como de la Guardia Civil, muestran un interés extremo en descubrir al propietario de ese número, el 656000311. Ya en el informe de la operación Paramo, realizado en la primavera de 2004, se cita como esencial el descubrimiento de su usuario.

EL NUMERO MAS BUSCADO

El juez, un año más tarde, y ante la demora en obtener respuestas, envía un escrito a la Unidad Central de Inteligencia de la Policía en la que les pide «antes del día 15 de marzo de 2005, y de manera inexcusable», información exacta sobre el tráfico de llamadas entre la célula de Avilés y la de Morata de Tajuña.

La UCI envía, al fin, una relación exhaustiva de todo ello. En sus conclusiones, concretamente en el apartado 18, escriben: «No se tienen datos relativos al usuario de la tarjeta SIM 656000311, pero en los datos comprobados siempre aparece como llamante, enviando [mensajes] SMS. Ello obliga a investigar [en negrita y subrayado en el original] en mayor medida este número, bien en la función expresada, o de comunicaciones con la célula terrorista, o entre ellos, en momentos claves».

Pues bien. El número cuyo usuario ha sido el más buscado por las Fuerzas de Seguridad durante un año es el del servidor del centro de mensajería Amena. Desgraciadamente, poco se puede investigar ahora sobre los que utilizaron ese servicio, ya que las compañías, por razones operativas, suelen borrar los datos correspondientes a los usuarios de mensajes cada medio año aproximadamente.

En su afán de certificar su relato, el menor dice que en la tarde del 28, cuando ya habían venido los moros a Avilés, Emilio y él se encontraron con Rubén Iglesias, un amigo del barrio. El propio Rubén desmiente esta versión en su declaración del 15 de junio de 2004 ante el juez. Dice que fue el día anterior cuando se los encontró y le comentaron que venían los moros con la droga.El día 28 los llamó, pero no pudo encontrarlos en todo el día.

El Gitanillo mintió constantemente. Su versión ha sido, sin embargo, bendecida oficialmente.

Por cierto, el menor no pudo recordar en sus declaraciones ni siquiera su propio número de teléfono. Por eso -como si se tratara de un relato aprendido-, al juez le extrañó que fuera capaz de recitar de memoria el número del móvil de Mowgly, aunque sólo lo había usado una sola vez, meses antes, cuando le llevó una bolsa de Emilio a Madrid.


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