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26.1.08

 

¿Te da igual lo que estalló el 11-M?

 

Magnifica producción de QSVTV para agitar nuestras conciencias y nuestros deseos de saber.


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Ha nacido QSVTV.El canal del Producciones Audiovisuales Peones Negros

 

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"Queridos amigos:

¡¡¡ Ha nacido el canal de vídeo en YouTube, QSVTV !!!

El canal de vídeo Queremos Saber la Verdad en YouTube, ha iniciado su andadura en pruebas.

Los avances tecnológicos y la facilidad que proporciona un medio cada vez más popular como es YouTube, permiten a cualquier ciudadano divulgar por Internet sus propias producciones de vídeos cortos.

Aprovechando esta circunstancia, la Plataforma Ciudadana Peones Negros dará, a partir de hoy, la batalla de la divulgación audiovisual sobre los agujeros negros de los atentados acaecidos en Madrid el 11 de Marzo de 2004, con el fin de que nos podamos hacer una idea más clara de lo que pudo ocurrir ese día y que, por lo tanto, los españoles vayamos a votar el próximo 9 de marzo con mayor conocimiento de causa.

Han hecho falta cuarenta y ocho meses de investigaciones para que la falsa tesis del atentado islamista, se fuera desdibujando hasta desaparecer por completo, dando paso a la imagen, mucho más tétrica, del auténtico horror. A fecha de hoy, la Sentencia del 11-M representa un punto temporal de equilibrio que ha echado por tierra la mitad de la Versión Oficial. Un punto de equilibrio que habría sido imposible de conseguir si no hubiera habido personas, y medios de comunicación, poniendo el dedo en la llaga de la falsificación masiva de pruebas que comenzó en la misma mañana del atentado.

Con el objetivo de conseguir la máxima difusión de esta información, solicitamos que utilicéis los enlaces a este canal en los mensajes a vuestra lista de correo y en cualquier otro medio que aumente el intercambio de estos vídeos.

Un saludo a todos

El enlace:

http://es.youtube.com/QSVTV


¡¡¡ 11-M: AÚN QUEREMOS SABER LA VERDAD !!!"


¡¡¡PASALO!!!

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20.1.08

 

CARTA DEL DIRECTOR Antífona de EL MUNDO, el demonio y el 11-M

 

19-01-08



CARTA DEL DIRECTOR

Antífona de EL MUNDO, el demonio y el 11-M


PEDRO J. RAMIREZ

Mientras sea periodista -y eso sucederá mientras viva- siempre combatiré dos infecciones profesionales que en la práctica debilitan el derecho a la información de los ciudadanos: la rutina y el cinismo. Y como la suma de ambos ingredientes me llevaría a amortizar a beneficio de inventario la invitación del presidente del Gobierno a realizar una autocrítica sobre la actitud adoptada por EL MUNDO en relación a la investigación del 11-M, voy a hacer exactamente lo contrario. El sugirió irónicamente, durante nuestra mezcla de conversación, debate y entrevista que incluyera ese ejercicio en alguna de mis «largas cartas de los domingos» y recojo el guante a la primera de cambio.

Da igual que el trasfondo de esa interpelación -muy en línea de las pullas que me lanzó, también sobre el mismo tema, en la entrevista de abril de 2006- pueda ser el deseo de Zapatero de quedar bien con la parte de su partido, y de su propio entorno, que no entiende cómo acepta someterse periódicamente al tercer grado de EL MUNDO y admitir como interlocutor a alguien a quien de manera tópica y sectaria vienen asociando, desde los tiempos del felipismo, con el mismo diablo.
(.../...)

Eso es lo de menos. Lo esencial es que, si bien la gestión de Zapatero merece unos cuantos suspensos en asignaturas básicas, es innegable que como gobernante ha ampliado los márgenes de lo que él mismo llama «democracia deliberativa» y la más elemental regla del juego es creer que las palabras generan compromisos. Si yo no pensara que desde el mismo momento en que afirma «rotundamente» que no volverá a negociar con ETA es ya prisionero de sus palabras, no volvería a preguntarle nunca más por nada. Si diéramos por hecho que pertenece a la tribu de los mentirosos todo escrutinio estaría de más.

Cuando de forma pública y expresa, desde su alto rango institucional, él me ha emplazado a que reflexione críticamente sobre el papel de EL MUNDO en relación con el 11-M, mi autoridad moral para volver a interrogarle de manera adversativa sobre ese asunto y cualquier otro análogo quedaría mermada si yo ahora me llamara a andana.

Es cierto que por tres veces le pedí que concretara aquellos «errores» de EL MUNDO sobre los que en su opinión debería girar tal examen de conciencia y por tres veces me contestó con evasivas tales como la insistencia en la confesión de sus propias equivocaciones o el sarcasmo de que «incluso el director de EL MUNDO comete errores». ¿Cómo no contestar a ello con el ingenuo reconocimiento de que la misma naturaleza de un trabajo en el que se toman muchas decisiones al día con elementos de juicio sólo fragmentarios propicia el que eso suceda con cierta frecuencia?

Pero ya que Zapatero, siquiera de forma indirecta, al repetir una y otra vez que él había reconocido el error de apreciación de la víspera de la T-4 y el error de ejecución de las obras del AVE a Cataluña, me invitaba a entrar en el terreno de la casuística, no siento el menor empacho en zambullirme en el detalle y admitir que en algunas ocasiones he podido equivocarme como director en la valoración o el enfoque de algunas noticias. Y como él, pondré dos ejemplos ya comentados en el seno de la redacción: si hubiéramos aplicado los criterios habituales de jerarquización informativa de nuestro periódico, la entrevista con Trashorras de septiembre de 2006 no debería haber aparecido titulada en la portada a 5 columnas sino a 4, pues, pese a tratarse de una gran exclusiva, lo extraordinario de la presentación podía inducir a pensar que el periódico estaba dando un plus de credibilidad a sus declaraciones; por otra parte, si hubiéramos sido todo lo rigurosos y precisos que casi siempre somos, en marzo de 2006 habríamos completado y matizado un importante titular -La 'mochila de Vallecas' no estaba entre los objetos que la Policía recogió del tren- anteponiendo cinco palabras clave que quedaron relegadas al subtítulo: El inspector responsable dice que.

Esto no significa que yo no reconozca otros errores sino que honestamente creo que todos los que hayamos podido cometer son de esta misma índole y rango. Porque si lo que el presidente del Gobierno -en línea con quienes de manera gandul y socorrida refutan la nunca promulgada teoría de la conspiración- pretendía sugerir es que EL MUNDO ha venido adoptando una actitud errada o impropia en relación con el conjunto de la investigación del 11-M, debo decir todo lo contrario.

Pienso que nuestro periódico -y en especial los redactores directamente implicados en el empeño- puede estar muy orgulloso de la tenacidad con la que sigue tratando de averiguar la verdad de uno de los episodios más cruciales que viviremos nunca. Fueron nuestras revelaciones sobre la manipulación de pruebas, la condición de confidentes policiales de los principales imputados o las dudas sobre el tipo de explosivos las que vertebraron la vista oral. Que la sentencia nos diera la razón en algunas cosas -Skoda Fabia, autores intelectuales- y no en otras no significa que la respetemos sólo parcialmente. Pero respetar la sentencia tampoco implica ni asumir su infalibilidad ni dar por cerradas las pesquisas, máxime cuando su propia relación de hechos probados amplifica enigmas preexistentes tales como -basten otros dos ejemplos- la naturaleza y destino del tráfico de dinamita que realizaron los asturianos antes del 11-M o la circunstancia inexplicable, corroborada ahora por otro confidente de la UCO, de que El Chino continuara haciendo vida normal y viajando a Morata días después de la detención de Zougam, al que el tribunal acaba de condenar no ya como suministrador de tarjetas telefónicas sino como integrante de su mismo comando.

Zapatero resuelve en la entrevista las enormes lagunas de la sentencia atribuyendo a los suicidas de Leganés no sólo la autoría material, sino también la organización de la masacre en todas sus fases. Después de dedicar muchas horas a analizar hasta los detalles más nimios de lo hasta hoy averiguado, yo no me lo creo. Y porque sigo convencido de que detrás de esa pantalla instrumental existe una realidad que aún continúa oculta, considero que hasta ahora hemos vivido el fracaso del Estado de Derecho en el empeño de esclarecer los hechos y, con toda la autocrítica que haga falta y el mejor de los talantes, mantengo el compromiso con nuestros lectores. La investigación de EL MUNDO sigue abierta.

Salmo de Fouquet descabalgado

Den la vuelta a la página y podrán comprobar cómo el inesperado parecido entre Esperanza Aguirre y el retrato ecuestre de Van der Meulen, que presenta a una María Teresa de Austria mucho más esbelta de lo que sugieren los lienzos de Velázquez, da alas a que continúe empleando el paralelismo con lo que ocurrió entre Luis XIV y su ambicioso ministro Nicolás Fouquet para explicar el desenlace de la suicida OPA amistosa lanzada por Gallardón sobre Rajoy.

Cuando el alcalde de Madrid insistió este verano en remachar su ofrecimiento a ir en las listas para «ayudar» a Rajoy a ganar las elecciones, ensalzando sus propias cualidades como epítome del «centrismo», la «moderación» y el sex appeal político, ya evoqué en esta misma sección la temeridad de aquel cortesano que desafió la máxima de Gracián que muy bien podría ser catalogada como principio de Arquímedes de las relaciones palaciegas: «Si bien toda actitud de superioridad es odiosa, la actitud de superioridad de un súbdito sobre su príncipe no sólo es estúpida sino también fatal».

Y puesto que por aquellas fechas se celebraba la recreación histórica del famoso fiestón con el que Fouquet pretendió deslumbrar al rey, mostrándole el esplendor de su castillo de Vaux-le-Vicomte, y en el transcurso del cual quedó en realidad labrada su ruina, sugerí al alcalde de Madrid y al líder del PP que si ya no les daba tiempo de montarse una escapada a los alrededores de París, al menos trataran de aprender la lección de lo que pasó allí aquella noche.

Con la pertinaz sordera con la que desde hace al menos dos décadas viene desoyendo todo consejo que trate de atenuar sus pulsiones autodestructivas, Gallardón no sólo no moderó los ardores de su tan mal argumentada postulación, sino que incluso pareció empeñarse en perfeccionar la exactitud del símil histórico, consumando el traslado del Ayuntamiento, cuatrocientos millones de euros mediante, desde su austera sede de la Casa de la Villa al ostentoso palacio rococó remodelado junto a la Cibeles.

Si para alguien que le quiere bien como Luis María Anson aquello es un «merengue petrificado», una «colosal tarta-palacio» al servicio de la ostentación de un nuevo rico malcriado; y para alguien que le quiere mal como Jiménez Losantos se trata ora del «Palacio de las Ratas», ora de la versión posmoderna de Ambiciones, yo, que en lo personal le tengo afecto y en lo político lo veo más perdido que a un esquimal en las Pirámides, no puedo dejar de constatar que este nuevo Ayuntamiento ha sido su Vaux-le-Vicomte. O sea, el gallardete de su desmesura, el mascarón de proa de su insaciable afán de acumulación de poder, el termómetro de su febril ansia de ostentación, el anuncio luminoso de su enfermiza exhibición de fuerza, el obelisco de su egolatría.

Al levantar este monumento a su propia gloria Gallardón ha completado la demostración empírica de hasta qué punto le resulta aplicable la advertencia que Mazarino hizo en su lecho de muerte al joven Luis XIV, refiriéndose a Fouquet: «Es capaz de grandes cosas, a condición de quitarle de la cabeza los edificios y las mujeres». Si hubiera conocido al alcalde de Madrid circa 2008, el viejo cardenal, curtido por todos los lances de la Fronda, sólo habría tenido que añadir lo de las listas electorales.

Rajoy no necesitó visitar los ostentosos salones ni el superferolítico despacho de la nueva casa consistorial para terminar de darse cuenta de que a ese tío todo se le quedaba pequeño enseguida. Que de la misma manera que a la primera de cambio ya le parecía insuficiente ser alcalde de Madrid a palo seco, en el mismo momento en que él se diera la vuelta, o, no digamos nada, si en marzo tenía un traspié electoral, la mera condición de diputado no le resultaría satisfactoria y utilizaría el grupo parlamentario como nuevo trampolín hacia la disputa del liderazgo del partido. ¿Cómo interpretar si no tanto empecinamiento con la cuestión de las listas? ¿Qué correlación lógica existía en realidad entre el fin declarado de ayudarle a él y el medio elegido para ayudarse a sí mismo? ¿O es que no podía volcarse como alcalde en la campaña sin necesidad de ser candidato?

Tan elementales cábalas estaban en la mente de Rajoy desde el mismo momento en que Gallardón vino a aguarle la fiesta de celebración del triunfo en las municipales, lanzándose al ruedo del yo-mi-me-conmigo bajo el nada convincente disfraz de devoto peón de brega del maestro. No es casualidad que lo que más molestara a Luis XIV de la conducta de Fouquet fuera su disposición a entregarle una parte de la fortuna que había adquirido en buena medida gracias a su protección, pues con esa pretendida donación parcial no dejaba de hacer un último alarde de superioridad. O sea, que después de haber llegado hasta aquí, en medio de tormentas y huracanes -debió de pensar Rajoy-, va a ser este tío el que se adjudique la gloria de hacer entrar mi nave en el puerto... ¡Ni por el forro!

Rajoy fue formando su criterio por acumulación y no es fácil saber cuándo llegó a una conclusión definitiva. Tampoco los historiadores se han puesto de acuerdo desde qué momento tenía decidido Luis XIV destituir a Fouquet. Aquella noche en que el carruaje del rey, ofendido por la ostentación de su súbdito, se hundió en la penumbra de la avenida de los plátanos del castillo de Vaux-le-Vicomte sólo supuso la escenificación del drama. Algo parecido a lo que ocurrió en la Sala de Maitines de la Séptima Planta de la sede de la calle Génova con su espectacular epílogo sadomasoquista en la bajada del ascensor compartido por Gallardón y Esperanza Aguirre. ¿Qué sería del uno sin la otra y a la viceversa?

El gran error del líder del PP fue no anunciar su veredicto antes de que fraguaran las ágiles ilusiones del alcalde. Sobre todo teniendo en cuenta -y aquí divergen ya nuestras dos historias- que mientras la caída en desgracia de Fouquet supuso la confiscación de todos sus bienes y su encarcelamiento de por vida en una sórdida mazmorra, la negativa a acceder a los deseos de Gallardón tan sólo ha implicado que se quede como está en calidad de gran faraón municipal. El dramatismo de dejarlo todo para el último momento, con el fin de dar pie a la entrada en escena de Pizarro en el papel de nuevo Colbert -el experto financiero que sucedió a Fouquet-, no ha venido sino a estimular la morbosa tendencia al victimismo del alcalde. Pero hasta la teatral exhibición de su berrinche -«He sido derrotado», clamaba cual héroe griego abocado a subir los peldaños de la pira funeraria en la que ardía su última ambición- contaba con la red de seguridad de un albedrío reversible. Gallardón tiene sólo 48 años y ya le hemos visto unas cuantas parecidas.

A lo que más me recordaron sus febriles llamadas del martes por la noche, anunciando a los periodistas afines que dejaba la política es a la denominada última conferencia de prensa de Richard Nixon, en la que, tras perder las elecciones a gobernador de California, dos años después de su derrota en la carrera presidencial frente a Kennedy, abrió la espita de su olímpico cabreo y pronunció el más célebre corte de mangas oral de la historia de la política norteamericana: You won't have Dick Nixon to kick around any more because, gentlemen, this is my last press conference. Algo así como «ya no podréis darle más patadas a Dick Nixon porque, caballeros, ésta es mi última conferencia de prensa». Cinco años después volvería a la escena para ganar la Casa Blanca. En el caso de Gallardón el mensaje incluía también a unos cuantos periodistas, pero iba sobre todo dirigido a Aguirre, Acebes y al propio Rajoy: o sea, que después de vapulearme en la pugna por el liderazgo del PP de Madrid, ahora me humilláis así, negándome lo que os pido, demostrándome que no me queréis pero nada, nada, nada... Pues oye, sabéis lo que os digo, que ahí os quedáis y que os vayan dando a todos.

Si EL MUNDO no secundó los grandes titulares de otros colegas anunciando que Gallardón dejaba la política fue porque, como digo, no es el primer calentón que vivimos del alcalde, aunque sí el más exuberante, y estaba cantado que tras tan sanguínea diástole vendría la resignada sístole pues, a fin de cuentas, «dónde irá el buey que no are». Como para su provecto protector y destartalado portavoz Manuel Fraga, la política es para Gallardón lo que la piedra para Sísifo, y ni siquiera en el momento de mayor ofuscación podía soslayar que en ese «que os vayan dando a todos» estaba utilizando el trasero del conjunto de los ciudadanos de Madrid para darle la patada del rencor a la cúpula del PP.

Si Gallardón consumara su espantá nunca más podría volver a los ruedos, pues habría quedado demostrado algo tan peligroso como que el tropel de sus pasiones aplasta hasta el menor atisbo de sentido de la responsabilidad. Si por el contrario regresa de Moscú bien duchado y afeitado, con la cara nueva de quien ha dejado atrás la resaca de una mala noche de farra, y demuestra por acción y omisión que el compromiso de ayudar a Rajoy no estaba supeditado a que le pusiera en la lista, obtendrá de propios y extraños, aunque sea de manera muy distinta a la que hubiera deseado, lo único que en el fondo le importa incluso más que la ocupación material de espacios de poder: el reconocimiento del mérito.

Gallardón lo tiene a huevo si es capaz por una vez en la vida de liberarse de su propia inercia. Cuando este verano le zurré de lo lindo en mi primer Fouquet él alegó que no era el monstruo que yo describía y tuve que reconocer -parece que la cosa va hoy de autocríticas- que tal vez había exagerado un poco. Varias veces he escrito también que, ante su peligro de extinción, el Gallardón ibérico debería ser una especie protegida, y la propia Esperanza Aguirre ha comentado en más de una ocasión lo mucho que le duele en su «instinto maternal» -él pensará que es el de la mantis religiosa- ver cómo «este chico se equivoca tanto».

No se trata de invertir las tornas, completando el agravio al perdonavidas con un indulto parcial en recompensa por haber embestido con casta durante la lidia. Vuelvo a los versos de Jean de la Fontaine, el único poeta que fue fiel desde la crítica al Fouquet descabalgado: Todo este vano amor de grandezas y ruido/ sólo lo abandonará después de haberlo destruido./ ¿Tantos famosos ejemplos que la Historia cuenta/ no bastarían sin la pérdida de Oronte?

Todo este aquelarre era innecesario, pero ya que se ha producido, empeñémonos al menos, por el bien de la narrativa, en que nuestro Ulises recupere el rumbo para que pueda llegar algún día a Itaca. Y como el único requisito imprescindible es que entienda al menos lo que le ha pasado, y como me parece que queda muy clarito en la declaración que Fouquet hizo ante el juez durante el proceso al que le sometieron por malversar caudales públicos en la construcción de Vaux-le-Vicomte, ahí va el resumen del resumen: «Me equivoqué en mis estimaciones... Cuando la cosa estaba avanzada, ya no he podido dar pasos atrás... Era preciso culminarlo y cuando mis recursos no han sido suficientes, he tenido que contraer deudas para afrontar este dispendio».

No estoy pidiendo una comisión de investigación en torno al sobrecosto de la nueva mansión municipal, sino haciendo una reflexión política de cómo lo único peor que calcular mal las propias fuerzas es quedar atrapado en la arrogante prisión del sostenella y no enmendalla. No hay despeñamiento más estúpido que el de la huida hacia delante. Disfruta de lo que tienes sin que te ahogue la ansiedad. Y eso sirve igual para los edificios, las relaciones humanas y las listas electorales.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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