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24.10.05

 

LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M (XXIV).Las "verdades" de Emilio

 



24-10-05
LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M / LA INVESTIGACION

Las 'verdades' de Emilio

«Sólo dije al juez lo que la Policía me permitió que dijera»

Por FERNANDO MUGICA

LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M (XXIV).
Emilio Suárez Trashorras intentó en los primeros meses tras su detención tirar de la manta. En sus conversaciones con la familia y más tarde ante el juez Del Olmo dio detalles, aportó datos y rebatió con contundencia la única versión que existe sobre la entrega de explosivos en Asturias, los días 28 y 29 de febrero de 2004, a tres marroquíes que luego morirían en el piso de Leganés. Dio cuenta del pacto que hizo con la Policía para ocultar información al juez a cambio de su puesta en libertad. Pormenorizó los manejos de la banda de tráfico de drogas de los moritos y sus viajes a Asturias.Intentó conseguir datos sobre el consumo de dinamita en Mina Conchita para ayudar a la Policía. Contó al juez cómo podía encontrar a testigos claves de lo que pasó en su garaje en la noche del presunto trasiego de los explosivos. Nadie creyó su versión de los hechos. Todos prefirieron la de El Gitanillo. (.../...)


Emilio Suárez Trashorras, el ex minero de Avilés acusado de proporcionar los explosivos del 11-M, se desgañitó para proclamar su inocencia sin que nadie le hiciera caso. El 18 de marzo de 2004 -siete días después de los atentados- fue voluntariamente a comisaría.Quería dar detalles a sus amigos, el inspector Manuel García Rodríguez y otros policías, de sus sospechas de la implicación de los moritos -los mismos con los que traficaba con drogas- en los atentados.

Esa noche fue a Madrid engañado por los agentes, convencido de que su aportación podía ser importante y de que incluso iban a recompensarle por ello. Firmó una notificación de detención -«aunque no estás detenido»- porque le convencieron de que era la única forma de que cobrara el seguro en el caso de que tuviera un accidente en el camino y la única manera, también, de quitarle discretamente de en medio para proteger su vida.

No le hicieron un interrogatorio en regla. Nunca lo esposaron.Salió a cenar a un restaurante y hablaron en un ambiente de complicidad de viejos camaradas. Por eso llegó a un pacto con ellos y le orientaron -como confesaría más tarde- sobre lo que tenía que declarar ante el juez. Se trataba de implicar a los moritos en el trasiego del explosivo. Emilio quedaría excluido de cualquier responsabilidad, ya que no había participado en los hechos.

El ex minero llegó a Madrid y allí fue donde comenzó a pensar que las cosas podían torcerse. Ya en una celda, se dio cuenta de que estaba oficialmente detenido, pero aún creía en las promesas de los policías y consideró que aquello era una simple incomodidad que debía soportar pero que pronto se aclararía todo.

UN COCHE LLENO DE EXPLOSIVOS

En su primera declaración -el 22 de marzo de 2004-, Emilio no aceptó haberles proporcionado explosivos, pero sí que les había indicado el camino de la mina y que, en un momento de la madrugada, vio que en un coche transportaban explosivos.

Era una forma de contemporizar con la versión que había pactado con la Policía, pero sin implicarse. Creyó que así contentaba a todos y que su liberación sería una cuestión de días, como le habían prometido.

Pasa el tiempo y Emilio se da cuenta de que se han olvidado de sus promesas. Sigue preso y cada vez está más nervioso. Sus familiares le visitan en el Centro Penitenciario de Alcalá Meco (Madrid II). Esas conversaciones quedan grabadas y están ahora en el sumario. Emilio les pide que le traigan nóminas de cuando él trabajaba en la mina. Se muestra tan ingenuo que considera que las Fuerzas de Seguridad pueden averiguar el consumo medio de explosivos gracias a lo que él consumía y que así pueden controlar lo que ha desaparecido sin justificación.

Emilio carga contra los que hasta hacía poco creía sus protectores y asegura que Manuel García, el policía de Avilés del que era confidente, tendrá que venir con él a declarar a la Audiencia Nacional.

«Le dices a José Luis [su abogado] que quiero volver a declarar.Quiero ampliar la declaración ante el juez, porque Manolo se viene conmigo a la Audiencia Nacional, así de claro. Porque a Manolo le conté el tráfico de drogas y dijo que los iba a detener».

«LES HAN ENTREGADO LAS OCHO LLAVES»

Carmen Toro, su mujer, le contesta que el policía ya le había comentado a ella que lo sabía y que le había dejado a Emilio hacer trapicheos.

Emilio termina por enfadarse.

«¡Ah ya!, pues que lo venga a explicar aquí, porque yo llevo colaborando con ellos tres años, ¿no? Yo traficaba y la Policía me dejaba hacer mientras yo colaboraba. Le dije: 'Manolo, aquí está pasando esto con los moros', y me contestó 'tranquilo, cuando vengas de la boda [regresó el 26 de febrero del viaje de novios] los detengo'». «En comisaría me dijo [se refiere a cuando lo detuvieron] 'tú ve a hablar con los de Madrid y te vas para casa'».

«La Policía se lo permitió, pues que se coma su pollo. [...] Alguien tuvo que darles a los moros las ocho llaves de los minipolvorines».«Lo que pasa es que se quieren tapar, pero han muerto 200 personas.Yo tengo facturas de teléfono de que me llamo todos los días con el policía. Voy a ir preso un año o dos [es evidente que se considera inocente y que no ha captado las gravedad de su situación], pero ellos [los policías] van a ir unos cuantos años más que yo».

BARCOS CON COCAINA EN AVILES

Habla con su mujer de los pequeños juicios que gana cada año, ocho o nueve. «Es porque el queridísimo Guerra [se refiere a un policía responsable en aquel momento de un grupo de Policía Judicial en Avilés] hace lo que le sale de la polla [...]. Si viene un barco de coca, no es que sea mío, ¿entiendes?, porque no soy el único traficante...».

«Yo me callé ante el juez. La culpa fue mía por ir tapando equis cosas para tapar a Manolo. [...] al juez le voy a explicar todo con pelos y señales. Lo que pasa es que hasta ahora me mantuve callado porque conté con que me iba a sacar de aquí Manolo.»

Carmen: «Que quieren que pagues tú los platos rotos de todos».

Emilio: «¿No te dijo Manolo que me estaban dejando hacer?»

Carmen: «Dijo que lo dejaba».

Emilio: «Claro, me dejaba él y me dejaban todos. Esto viene de otros, no viene de él. A saber de quién vienen las cosas... Esto es cosa del Guerra o de alguno de los otros [...] yo soy un infiltrado de la Policía».

«Dicen que han desaparecido 200 kilos de Goma-2 porque en el maletero del Golf llevaban 200 kilos. Pero, ¿y si había cuatro coches cargando? Entonces son 800 kilos».

QUIERE ESCLARECER EL 11-M

El día 2 de mayo, en una nueva visita, Emilio comenta a su mujer que el comisario que participó en su detención le ha visitado en la cárcel para decirle que ya han hablado con el juez y que cuando salga tendrá protección.

«Al juez Del Olmo ya le dijeron que yo llevaba trabajando cuatro años para la Policía [...]. El juez me lo dijo directamente un día. Fue cuando hicimos el trato». «Yo cuando salga no me muevo de mi urbanización [se refiere a su nuevo piso de Avilés, el que está junto a comisaría], que allí vivo como un rey, no me voy a ningún lado...».

De todo el conjunto de las conversaciones que mantiene Emilio con su familia se desprende el despiste tan monumental que tiene.Todavía cree en el mes de mayo que sus declaraciones pueden servir para esclarecer el 11-M. Considera que no sólo va a salir libre en muy poco tiempo, sino que el juez Del Olmo y la Policía van a protegerle con su familia cuando le pongan en libertad.

Es así como llegamos a la declaración del 4 de junio de 2004, en la que, al verse abandonado, empieza a tirar a degüello. Lo primero que dice ante el juez es que quiere volver a prestar declaración por haber ocultado una serie de hechos «porque así se lo pidió la Policía».

Después de relatar sus primeras colaboraciones con las Fuerzas de Seguridad, en 2001, Emilio le cuenta al juez cómo conoció a Mowgli -se refiere a Jamal Ahmidan- por mediación de Rafa Zouhier en un McDonald's de Carabanchel (Madrid). Allí le propusieron «un trabajo de hachís y también le preguntaron por explosivos».

Emilio asegura que se quedó con la copla del hachís, pero que a lo de los explosivos no le dio importancia. De hecho, Mowgli y Zouhier fueron a Asturias antes de Navidad en un BMW para cerrar con él una buena operación de droga. Cuando le estaban hablando junto a un semáforo de Avilés de la muestra de hachís que le habían traído los vio Juan, un policía de estupefacientes de la localidad. Fue cuando Manolón le llamó a capítulo en la cafetería Valentín y le encargó que estuviera pendiente de ellos.

Aquí Emilio empieza a variar sustancialmente su declaración anterior.Dice que en la noche del 28 de febrero fueron los moros los que le llamaron porque se les estaba estropeando el coche y le pidieron el Toyota Corolla que le habían dejado en Navidad para ver si podía venderlo. Asegura que cuando abrió el maletero del Golf vio bolsas, pero que de ninguna forma pudo distinguir lo que llevaban en su interior.

RECONOCIMIENTO FORZADO

Emilio se queja ante Del Olmo del mal trato que recibió de la Policía en los primeros días posteriores a su detención. No le daban la medicación que necesitaba para su tratamiento psiquiátrico.Afirma que le obligaron a reconocer a una persona muy parecida a Mowgli como si fuera él, pero que nunca lo reconoció en ninguna fotografía de las que le enseñó la Policía.

Tras relatar con detalle la forma en que le engañaron en comisaría para ir a Madrid, asegurándole siempre que no estaba detenido, contó cómo había estado indicando a los policías la ubicación de la casa de Morata de Tajuña. También declaró que Mowgli trató de comprarle un coche, un Ford Escort, con un documento de identidad que correspondía a un español de Ceuta de nombre Reduan Mardok.Se lo llevó a Manolón, que le explicó que era falso porque la foto no correspondía a la que figuraba en la documentación policial.

También explicó una y otra vez al juez Del Olmo que resultaba imposible robar tantos explosivos sin forzar los polvorines y que le contaba siempre al inspector Manuel García cada paso que daba. Resulta evidente que en esta nueva declaración del 4 de junio destapa parte de lo que había callado, pero se guarda todavía muchas cosas.

SE LANZA CON EL JUEZ

Trece días más tarde, el 17 de junio, se decide a contar su versión de los hechos. Contradice por completo la versión oficial. Emilio da fechas, aporta datos, explica razonamientos pero, al menos aparentemente, nadie le cree. Sigue en prisión con la grave imputación de haber proporcionado los explosivos a los terroristas. Se enfrenta a una condena de centenares o miles de años y cada día que pasa lo tiene más difícil.

En primer lugar explica con detalle el entramado de la banda de tráfico de hachís en el que participaba. El individuo marroquí al que conoce como Mowgli -quédense con el dato de que en Asturias nadie llamó nunca El Chino a Jamal Ahmidan- le ofreció en verano de 2003 participar en la distribución de hachís. Mowgli decía dominar un territorio que abarcaba desde Galicia hasta el País Vasco.

DROGA DE BAJA CALIDAD

A finales de ese año, y después de haberle enseñado una muestra de la droga -momento que, como ya hemos dicho, fue captado por un policía de estupefacientes de Avilés- los moritos trajeron a Asturias un importante cargamento de hachís. No parecía que quisieran pasar desapercibidos, cosa que llama mucho la atención si estaban preparando los atentados. De hecho, hicieron un despliegue espectacular, tal vez para impresionar a Emilio, con un transporte de 85 kilos en cuatro coches: un Golf con faros de Lexus, otro Golf negro, un BMW potente y otro BMW más antiguo.

La entrega se produjo en el piso que Emilio tenía en la calle Marqués de Suances de Avilés. En realidad, era propiedad de sus padres. Ahora estaba vacío porque se había ido a vivir con Carmen Toro, cuatro meses antes de la boda, a un piso nuevo -por 400 euros al mes- en una urbanización ubicada frente a la comisaría de Policía de Avilés.

Los problemas empezaron cuando Emilio comprobó que la mercancía que habían traído a Asturias los moritos no correspondía a la calidad de la muestra que le habían enseñado cuando hicieron el trato. Había pagado ya 72.000 euros equivalentes a unos 60 kilos de hachís.

Los clientes a los que les había distribuido la mercancía empezaron a quejarse de la bajísima calidad de la droga. Emilio llamó a Mowgli y le dijo que no tenía más remedio que devolvérsela poco a poco. Para ello organizó varios viajes a Madrid en autobuses de línea.

UNA PISTOLA EN LA CABEZA

El procedimiento era sencillo. Ofrecía 1.200 euros -generalmente pagado con droga- por cada viaje a jóvenes de su barrio. Las bolsas iban bien cerradas con candado para que nadie pudiera saber lo que iba dentro. Se hicieron tres viajes.

A Iván Reis Palacio, al que conocían como Jimmy, se lo ofrecen el 4 de enero en su propio piso. Carmen Toro está presente. Jimmy estaba pillado porque debía 900 euros a Antonio Toro -hermano de Carmen y también en prisión por los atentados-y a Richard, el alias de Ricardo Gutiérrez. Estos le habían vendido mercancía a finales de diciembre, pero él no había pagado. Una pistola en la cabeza junto a una ermita le convencieron de que no era buena idea demorarlo. Emilio le ofrece la solución: hacer un viaje con una bolsa a Madrid asegurándole que la deuda con Toro quedaba saldada. Además, le daba 300 euros.

Emilio le encarga además que entregue a Mowgli, que va a recoger la mercancía en Madrid, una cantidad importante en euros. Jimmy cumple sólo una parte del encargo. Entrega la bolsa pero le dice a Mowgli que le han robado el dinero en la estación de autobuses.El asunto se salda con que Mowgli le quita la cartera y el móvil y lo envía de regreso a Asturias.

A Sergio Alvarez, conocido como Amocachi, Emilio le dio dos placas de hachís, de 200 gramos cada una, por hacer otro de esos viajes, a la vez que le saldaba una pequeña deuda de 150 euros que tenía pendiente con un amigo común.

Emilio le propone un tercer viaje a Iván Granados, otro muchacho del barrio. Pero éste se asusta y dice que no. Entonces Emilio piensa en Gabriel, El Gitanillo. A cambio, ofrece al menor de edad hachís, dinero en efectivo y pagarle un abogado para que le defienda en un juicio por robo. Además, le invita a correrse con él un par de juergas.

LAS BOLSAS DE LOS AUTOBUSES

Esos son, según Emilio, los famosos tres viajes en los que El Gitanillo asegura que llevaban explosivos en bolsas, a pesar de que nunca pudo ver su contenido.

Emilio especifica el tipo de bolsas utilizadas. «Una era una maleta, las otras dos, dos bolsas, una normal, la otra de deportes de color blanco». Formaban parte de las que habían utilizado los propios moritos para subir el hachís a Asturias.

A preguntas del juez, Emilio dice que ha contado la verdad y que si ha callado antes cosas es porque tenía miedo, ya que la Policía y la Guardia Civil estaban de por medio. Asegura que «no puede meter a un padre de familia, como es Manolón [el inspector Manuel García], con cuatro bocas a las que tiene que dar de comer, en ningún lío», que prefería ir él a la cárcel. «Sólo dije lo que la Policía me permitió que dijera»

Insiste en que él no ha proporcionado nunca material explosivo a los moritos y que si el menor dice eso, miente. Es más, Emilio ni siquiera acepta que enviara el 4 de marzo al menor a Madrid para recoger el Toyota que se había llevado Mowgli el 29 de febrero en su viaje de regreso a Madrid. El mismo coche robado a cuyo conductor multó la Guardia Civil esa tarde en la localidad burgalesa de Sotopalacios.

Según Emilio, el menor quería ir a Toledo a ver a su tío Dani.Este vivía en plan tirado con su tía en una caravana y tenía una hija a la que se le había quemado la cara -datos que han quedado acreditados-. El Gitanillo no tenía dinero para el viaje y Emilio le pagó un billete de autobús. Quería un vehículo para moverse hasta Toledo y Emilio le dijo que llamaría a Mowgli para ver si le podían dejar uno.

EMILIO TUVO QUE PAGAR EL TOYOTA

Una vez en Madrid, el menor no logró contactar con Mowgli, que estaba en Ibiza. Lo hizo con Mohamed Oulad -otro de los moros que había viajado a Asturias y que el 3 de abril se inmoló en Leganés- y consiguió engañarle para que le dejara el Toyota, diciéndole que Emilio quería quedarse definitivamente con él y que ya se lo pagaría. De hecho, poco después El Gitanillo tuvo un accidente con el Toyota cuando la policía municipal le dio el alto en el kilómetro 24,900 de la carretera A-42 que une Madrid con Toledo.

Emilio tuvo que pagar más tarde a los moros el dinero que valía el Toyota. Siempre ha asegurado que era absurdo que mandara al menor a por ese coche, en primer lugar porque El Gitanillo no tenía carnet y en segundo lugar porque el coche no era suyo, así que mal podían devolvérselo los moros.

Emilio explica que conoció a Mowgli en Madrid a través de Rafa Zouhier, un confidente de la Guardia Civil que había compartido cárcel en Asturias con su cuñado Antonio Toro dos años antes.

Mowgli le ofreció a Emilio un precio por el hachís que resultaba 300 euros más barato que cuando lo compraba por intermediación de Rafa. Mowgli apartó enseguida a Rafa porque dijo que no se fiaba de él y que le había engañado. Como recordará el lector, Rafá fue el primer intermediario para la compra de explosivos entre los moros y los asturianos, en una operación controlada por la Guardia Civil. Mowgli apartó a Rafa en otoño de 2003 de sus contactos con Emilio y pasaron a hacer las negociaciones directamente.

UNA CANTIDAD RIDICULA

Antonio Toro siguió manteniendo contactos con Zouhier -fue él, y no Emilio, quien proporcionó a Rafa una muestra de explosivos-.Pero Emilio había roto con su cuñado. Sólo se hablaron, a petición de Carmen, unos días antes de su boda, que se celebró el 14 de febrero.

Emilio rechazó de plano ante Del Olmo que hubiera proporcionado los explosivos. «Yo no he faltado a la verdad, sólo he ocultado cosas. Si usted me hubiera preguntado el primer día de todo esto yo le hubiera contestado igual que ahora.»Explicó que la cantidad que se dice en la prensa que se ha pagado por los explosivos le parece irrisoria y que con el hachís se gana bastante más.Retó a las Fuerzas de Seguridad a que encontraran una sola prueba de su estancia en Mina Conchita, donde, si hubiera estado, deberían encontrarse sus huellas.

Emilio afirmó que estuvo en Tineo la noche del 28 de febrero con Mowgli, Mohamed Oulad y un tercer morito, al que describe como «enanito y con cara de mongólico». Pero que era para correrse una juerga lejos de Avilés, para que no se enterara su mujer.La pareja, a pesar de estar recién casados, no atravesaba por un buen momento. De hecho, existen muchos testimonios que indican que Emilio estaba liado con otra mujer en esa misma época.

Emilio cuenta que aquella noche les dejó a los moros un Ford Escort para ver si lo compraban y que ellos habían venido con un Golf negro. Ya de madrugada le llamaron para decirle que el coche les estaba fallando. Fue a buscarles y regresaron al garaje de Emilio, en la Travesía de las Vidrieras.

Cuando el juez le pregunta si descargaron mochilas en su garaje llenas de paquetes verdes en los que ponía Goma-2, Emilio no sólo lo niega, sino que le dice al juez cómo puede comprobar fácilmente que el testimonio de El Gitanillo no es cierto.

Dice que se encontraron allí con un vecino que estaba arreglando su coche y que lo vio todo. Que ese vecino, al ver que llevaban ropas de abrigo, les preguntó si venían del puerto de San Isidro porque pensaba ir por allí y con la nevada estaba en dudas. Emilio describe a esta persona como un amigo de su padre de unos cincuenta y tantos años. Su testimonio debiera ser esencial a la hora de clarificar quién es el que miente. En anteriores ocasiones habíamos hecho alusión a este misterioso personaje que los ve esa noche.Ahora sabemos que es perfectamente identificable.

UN HOMBRE DESESPERADO

El relato de Emilio podría ser el de un hombre desesperado que intenta decir cualquier cosa para librarse de una casi segura grave condena. Pero el verdadero desconcierto surge al analizar las declaraciones del menor, el único testigo del trasiego de los explosivos de Asturias, que son los que, al menos teóricamente, se utilizaron para cometer los atentados del 11-M.

Lo preocupante es que El Gitanillo tiene una condena en firme desde noviembre de 2004 -la única del 11-M- en la que se dan por probados hechos que sólo se sostienen, precisamente, por los testimonios del propio condenado.



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La huida de Said 'El Mensajero'

 

24-10-05

CRONICA DE LA SEMANA

La huida de Said 'El Mensajero'

CASIMIRO GARCIA-ABADILLO

El 8 de marzo de 2004, agentes de la Comisaría General de Información (de la que depende la rama especializada en terrorismo islámico, la UCIE) acudieron a una urbanización de lujo en las afueras de Madrid, en la zona conocida como Mirasierra.

Querían hablar con uno de los empleados que hacía las veces de vigilante a la entrada del recinto. Pero ese día no había ido a trabajar. No había avisado a su empresa de que ese día no acudiría a su puesto. A uno de sus compañeros, de nacionalidad marroquí, como él, le dijo simplemente que tenía que ir a Marruecos para acudir al entierro de su hermana.
(.../...)

Tres días después de esa visita infructuosa, el 11 de marzo, cuatro trenes saltaban por los aires en Madrid, causando la muerte de 191 personas.

El hombre al que habían ido a buscar los policías era nada menos que Said Berraj, el individuo al que 'Abu Dahdah', el jefe de la célula de Al Qaeda en España, recientemente condenado por pertenencia a banda armada y por colaborar en el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, se refería en sus conversaciones telefónicas como Said El Mensajero.

Berraj estaba ya bajo la lupa de la UCIE desde hacía meses. El juez Baltasar Garzón había pedido que se localizase a ese enigmático personaje que parecía contar con la plena confianza de Abu Dahdah.

La policía turca había confirmado a la UCIE que El Mensajero había asistido a la cumbre celebrada en octubre de 2000 en Estambul, a la que habían acudido Amer Azizi, conocido como 'Othman al Andalusí'; Lahcen Ikassrien (que posteriormente sería detenido en Afganistán y trasladado a Guantánamo y cuya extradición a España se produjo el pasado mes de julio), y Salahedin Benyaich, conocido como El Tuerto (detenido en el verano de 2003 en Marruecos acusado de participar en los atentados de Casablanca).

La empresa de seguridad para la que trabajaba Berraj es propiedad de un inspector de Policía ya retirado, cuyas iniciales son A.I.Nada más ingresar en su compañía, A.I. informó a la Brigada Provincial de Información de Madrid (que también se ocupa de investigar asuntos relacionados con el terrorismo) de la presencia de Berraj.

A.I. no sabía de la trayectoria radical de Berraj, pero su olfato de policía le hizo actuar con la máxima prudencia.

Berraj no era un inmigrante más en busca de un empleo. Era extremadamente religioso. No fumaba, no bebía alcohol, seguía fielmente los ritos de su fe y era muy intransigente con quienes no lo hacían.

Su compañero de trabajo marroquí recuerda que una ocasión le recriminó por mirar a una chica guapa que pasó a su lado. Tampoco le gustaba que escuchara música infiel; o sea, cualquier tipo de música que no tuviera que ver los rezos coránicos.

Los hombres de la Brigada Provincial pronto descubrieron que Said Berraj mantenía relaciones con algunos de los sospechosos que ya estaban en su lista negra, como 'El Tunecino', Jamal Zougam, Mohamed Chedadi (su hermano Said había sido detenido por Garzón en la Operación Dátil en noviembre de 2001), o 'El Chino', Mohamed Haddad y los hermanos Oulad, todos ellos nacidos, como él, en Tetuán.

No fue difícil descubrir dónde tenía su vivienda. Un pequeño piso en el número 70 de la calle de Rocafort, en el barrio madrileño de Villaverde. En ese mismo piso había vivido con anterioridad Driss Chebli, que había sido detenido por Garzón en junio de 2003 en la última fase de la operación Dátil, acusado de reclutar muyahidines para luchar en las zonas en conflicto.

Sin embargo, los agentes de la Brigada Provincial de Información de Madrid no sabían de la relevancia del hombre al que estaban investigando.

La UCIE, por su lado, estaba a la espera de que la policía de Turquía les remitiera una fotografía del Said Berraj que había asistido a la cumbre de Estambul. Los nombres, a veces, engañan.El propio Ikassrien había entrado en Turquía con el pasaporte falsificado de su amigo Haddad.

El 19 de diciembre de 2003, y aún sin haber recibido la fotografía de Turquía, el juez Garzón autorizó la intervención telefónica del domicilio donde residía Said Berraj.

Cuando el pinchazo se llevó a cabo, la UCIE no tenía ni idea de que la Brigada Provincial de Madrid llevaba tiempo siguiendo los pasos del marroquí.

Berraj era muy comedido. Nunca cogía él personalmente el teléfono.Cuando alguien llamaba a su casa, siempre descolgaba una mujer.Preguntaba quién quería localizarle y respondía que ya se pondría en contacto con él. Así que la intervención telefónica dio escasos frutos.

No obstante, su nivel de relaciones con el entorno islamista radical, muchos de cuyos miembros eran personas del entorno de Abu Dahdah, le convertían en un objetivo fundamental para desentrañar la trama de un grupo terrorista que podría actuar en España, al igual que lo había hecho con anterioridad en Marruecos.

Ese era el convencimiento de la UCIE, que llegó a elaborar un documento interno en el que se barajaba esa posibilidad y en la que se apuntaban algunos de los nombres que después resultaron implicados directamente en el atentado del 11-M. Sin embargo, la visita de la Policía, aquella mañana del 8 de marzo, no tenía por objeto su detención, aunque ya Turquía había remitido la fotografía que ponía de relieve que Said Berraj, el hombre que trabajaba como vigilante en la urbanización de Mirasierra, era el mismo que había acudido a la cumbre de Estambul y el mismo al que Abu Dahdah se refería como El Mensajero y al que Garzón quería echar el guante. No, el objeto del frustrado encuentro era conseguir convencerle de que se convirtiera en confidente.Ofrecerle protección y dinero a cambio de dejarle tranquilo (tenían acumulada mucha información sobre él).

Algún policía de la Comisaría General de Información tenía la sospecha de que Berraj ya estaba haciendo de soplón para la Policía marroquí. Y lo pensaban así porque, entre otras razones, había hecho un reciente viaje a Marruecos, días antes de su huida; es decir, días antes del 11-M.

Nada más producirse el atentado, la Policía le situó en la cabecera del grupo de sospechosos. De hecho, el juez Del Olmo le tiene en busca y captura por su implicación en la matanza del 11-M.Durante muchos meses, la Policía le consideró como uno de los autores materiales del atentado. Es decir, como uno de los terroristas que colocaron las mochilas de la muerte. Ahora eso ya no está tan claro.

Sin duda, Berraj ha sido uno de los hombres clave en la preparación de la masacre. Su perfil, a diferencia de otros imputados, se corresponde perfectamente con el de un terrorista islámico. Concienzudo, reservado, muy religioso, precavido.

Pero, a diferencia de otros, como El Chino, El Tunecino, Lamari, los hermanos Oulad, etcétera, Berraj se quitó de en medio días antes del atentado. El Mensajero nunca llegó a pasar por el piso de Leganés, donde no han aparecido sus huellas. Ni siquiera estuvo en la casa de Morata, uno de los lugares donde se montaron las bombas con móviles.

El caso de El Mensajero, al margen de su posible labor como confidente de los servicios marroquíes, pone de relieve, una vez más, hasta qué punto la descoordinación policial (o tal vez algo peor) facilitó que un grupo numeroso de delincuentes, cuyo núcleo estaba controlado, pudiera llevar a cabo el mayor atentado de la historia de España.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es



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23.10.05

 

La Policía no registró la casa de Toro porque «demostraba adoración por su madre»

 

23-10-05


La Policía no registró la casa de Toro porque «demostraba adoración por su madre»


'Manolón' informó que era «impensable» que el imputado del 11-M la comprometiese guardando allí los explosivos

MANUEL MARRACO

MADRID.- Resultaba «impensable» que Antonio Toro guardase drogas o explosivos en su domicilio familiar: jamás le daría ese disgusto a su madre, a la que «demostraba una verdadera adoración y cariño».Así explica el ex jefe de estupefacientes de Avilés Manuel García, Manolón, por qué no registró en la operación Pípol el domicilio que Toro compartía con sus padres.(.../...)


Esta explicación de Manolón de porqué no efectuó el registro domiciliario que había solicitado consta en el sumario del 11-M.Hoy Toro se encuentra en prisión acusado de facilitar la dinamita empleada en los atentados, ha sido condenado por tráfico de drogas y la Policía ha registrado hasta un vehículo propiedad de su madre en busca de rastros de explosivo.

La operación Pípol se produjo en julio de 2001 y desembocó con la detención de una veintena de personas por tráfico de drogas.Entre los registros solicitados se encontraba el domicilio de Toro, pese a que, «a juicio de los investigadores, era impensable que en su domicilio paterno de la calle Juan Ochoa [...], en Avilés, guardara sustancias o cualquier otro objeto ilícito relacionado con la investigación que pudiera comprometer a su madre, ya que le demostraba una verdadera adoración y cariño hacia ella [sic]».

Así consta en un informe policial enviado al juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo el pasado diciembre. En él se explica que se pidió al juez una orden de registro del domicilio de Toro «con la única finalidad de proceder a su detención en el supuesto de que la jornada se prolongara sin que saliera de casa y pudieran trascender las detenciones que se estaban realizando y perjudicar con ello la culminación de la operación en marcha».

Toro, efectivamente, fue detenido al salir de su casa, y aceptó indicar a Manolón dónde se encontraba el local en el que guardaba la droga y que la Policía no había conseguido ubicar. Para lograr la colaboración de Toro los agentes echaron mano del amor de madre, según el informe enviado a Del Olmo: «Por los funcionarios actuantes se le presiona en el sentido de que si no facilita la dirección se va a proceder a la detención de su madre y su hermana; a sabiendas de que a lo largo de las investigación no había motivos suficientes como para involucrarlas en el tráfico de drogas». Funcionó: «Ante este comentario, facilitó la dirección».

Junto a 84 kilos de hachís, aparecieron en el local 16 cartuchos de dinamita y 94 detonadores. Toro se desentendió de los explosivos, según el acta levantada tras el registro por el secretario judicial: «El inculpado manifiesta ser suyos los paquetes de hachís, pero desconoce la procedencia y titularidad de los explosivos, que, en todos caso, dice no tenía conocimiento de la existencia de los mismos».

Un argumento nuevo

Las referencias a la devoción de Toro hacia su madre y su trascendencia para la investigación son nuevas, puesto que no constaban en las diligencias policiales practicadas inmediatamente después de la operación Pípol. En ellas se explicaba que Toro había eludido el registro porque «manifestó de forma voluntaria» la dirección del local. «A la vista de lo encontrado», se concluía, «se desestimó la realización del registro.

El informe no es consecuencia de una petición del juez, sino una iniciativa del número dos de la Policía, Miguel Angel Fernández-Chico.Después de que el pasado 2 de diciembre el diario La Nueva España informara lo ocurrido, el subdirector de la Policía solicitó «a la mayor urgencia» un informe sobre «si existía mandamiento judicial para el registro, si se efectuó o no y, en este último caso, las razones por las que no se llevó a efecto». A las siete de la tarde de ese mismo día, el informe llegaba a su mesa, y un día después era reenviado al Juzgado Central de Instrucción número 6 de la Audiencia Nacional.



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