LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M (VIII) La extraña 'caravana de la muerte'

19-11-04

LOS AGUJEROS NEGROS DEL 11-M (VIII)

La extraña 'caravana de la muerte'

Un álbum de fotos personales en la furgoneta de ETA


Por FERNANDO MUGICA

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La Guardia Civil consiguió capturar -entonces se dijo que por casualidad- una caravana de ETA con dos furgonetas en la localidad de Cañaveras, en Cuenca. Fue en la madrugada del 29 de febrero de 2004, una noche de viento y nieve, la misma en la que la otra caravana, la de El Chino, logró llegar con 200 kilos de dinamita a la casa de Morata de Tajuña donde presuntamente se manipularon las mochilas bomba del 11-M. En las furgonetas etarras, además de 536 kilos de explosivos, viajaba un álbum de fotos personales de uno de los conductores.Entre las imágenes que contenía se encontraba la fotografía de una vieja locomotora situada como recuerdo en una plaza de la localidad asturiana de Mieres. La Guardia Civil investigó entre el 29 de febrero y el 11 de marzo la existencia en la zona cercana al monumento de un comando de ETA -un hombre de 32 años y una mujer de 27-. Es un dato más en el rosario de preguntas sin respuesta en torno a la conexión de ETA con la trama asturiana de la dinamita, la que habían organizado Emilio Suárez y Antonio Toro, y que había denunciado, en 2001, el confidente Lavandero a la Guardia Civil.

En la noche del 29 de febrero de 2004, en la sede del Ministerio del Interior no daban crédito a las informaciones que iban llegando.Acababan de interceptar una furgoneta de ETA con más de 500 kilos de explosivos. En la misma operación se había localizado otra furgoneta -presuntamente la que hacía de lanzadera hasta que sufrió un accidente- y se había detenido a los conductores de ambas.

La verdad es que estaban esperando un gran atentado de ETA, pero sin duda no era éste. Todos los dispositivos de seguridad se encontraban en el nivel de máxima alerta a 15 días de unas elecciones.Lo que nadie podía imaginar es que fueran a intentarlo con una caravana pilotada por dos muchachos sin la menor experiencia en terrorismo. En definitiva, dos desconocidos sin historial delictivo. Sólo uno de ellos había participado en algunas acciones menores de la llamada kale borroka, la agitación callejera protagonizada por Jarrai, el brazo juvenil de ETA.

La detención fue como un regalo inesperado. Por eso, toda la cúpula de Interior corrió algo desconcertada hasta Cuenca en la mañana del 29 para hacerse la foto.

PURA «MERCANCIA»

Gorka Vidal Alvaro e Irkus Badillo Borde, de 25 años, los conductores de la caravana etarra atrapada en Cuenca, mostraron desde el primer momento una excesiva disposición a colaborar. Explicaron que tenían orden de dejar la furgoneta de los explosivos en algún lugar industrial cercano a Madrid, en el que una posible explosión no causara muchas víctimas. El caso es que nadie se creyó -ni entonces ni ahora- aquella versión. Un atentado de tanta trascendencia, pocos días antes de las elecciones, no se podía haber dejado al albur de unos principiantes.

Ahora ha transcendido que los expertos policiales y los servicios de Inteligencia han llegado a la conclusión de que las furgonetas interceptadas procedían simplemente a un transporte de «mercancía».Así lo ha asegurado a este periódico un ex alto cargo de la Seguridad del Estado. Los etarras tenían que entregar a alguien la furgoneta con los explosivos. Descartan por completo que fueran los dos jóvenes detenidos los que fueran a realizar el atentado. No se ha podido detectar que ETA tuviera desplazado ningún comando operativo en Madrid, no existía una infraestructura que pudiera apoyar una acción como la que dejaba entrever la caravana de Cuenca. Sencillamente -como ya ocurriera con los inexpertos etarras utilizados para los atentados del día de Nochebuena en la estación de Chamartín de Madrid-, no tenían ninguna probabilidad de llevar a cabo su macabro propósito.

La furgoneta no fue interceptada por la habilidad y el olfato que demostró una patrulla de Tráfico en una carretera perdida y durante una noche de perros. Tampoco fue producto de la casualidad, sino de un seguimiento por un medio sofisticado de transmisión que marcaba su posición en todo momento. Que la cúpula de Interior no estuviera al tanto es una cosa diferente.

Los expertos del grupo de la Unidad Central de Información de la Guardia Civil (UCI), especializado en el terrorismo etarra, no pudieron sacar demasiada información de los detenidos. De nada sirvió que Gorka e Irkus quisieran colaborar desde el primer momento. No tenían la menor idea de cuál era el objetivo de los explosivos.

«SOY DE ETA»

No había hecho falta gran cosa para que se vinieran abajo. A Irkus Badillo Borde, poco antes de su detención, la Guardia Civil había pretendido ayudarle en Poveda al darse cuenta de que había tenido un accidente. Viajaba con una furgoneta de su propiedad, pero cuando le propusieron llevarle a un médico, él dijo: «Soy de ETA».

Hemos remarcado en reportajes anteriores las coincidencias de la fecha de salida de esta caravana -28 de febrero de 2004- con la que comandaba El Chino desde Avilés, la que llevaba la otra carga mortal de explosivos que se ha relacionado con los atentados del 11-M. También hemos señalado que la ruta que seguían los etarras podía llevar directamente hasta la casa de Morata de Tajuña, donde presuntamente se prepararon las mochilas bomba.Pero tal vez no hemos puesto suficiente atención en otros detalles que agravan aún más las sospechas de que la caravana etarra no era ajena a los señuelos de ETA que contribuyeron a que el Gobierno del PP se empecinara en
una vía que supuso su derrota electoral



Varios meses después de aquellos hechos, nadie se atreve aún a hacer una relación clara de lo que se encontró en las furgonetas.La de los explosivos llevaba -como se dijo en su día- algo más de 500 kilos de cloratita y 32 kilos de dinamita Titadyne, además de 90 metros de cordón detonante, todo ello en una caja metálica de un metro y medio de ancha por dos de larga y uno de altura.Era una bomba a la carta. Los terroristas que quisieran utilizarla, cualquiera que fuese su signo, sólo tenían que añadir el temporizador para poder usarla.

En la furgoneta lanzadera, la Guardia Civil encontró cosas realmente chocantes y por las que se ha pasado de puntillas hasta la sesión de ayer de la Comisión del 11-M. De hecho, apenas sí llegó información a la policía y a Interior de estos hallazgos, y aún hoy es difícil seguirles el rastro, ya que de alguno de los objetos encontrados no ha quedado huella, ni siquiera como muestra escaneada en los ordenadores centrales de la propia Guardia Civil que practicó las diligencias.

MAPAS Y CROQUIS

Para empezar, la furgoneta era propiedad de su conductor, Irkus Badillo. Es extraordinariamente chocante que ETA emplee los vehículos particulares de miembros de sus comandos para llevar a cabo operaciones terroristas.

En las furgonetas, los investigadores encontraron un plano de España de una escala 1:1.000.000. Tenía un óvalo marcado que representaba una superficie aproximada a una zona de 40 kilómetros de larga por 15 de ancha. En la parte superior del óvalo estaba la localidad de Alcalá de Henares. Entre los numerosos papeles encontrados junto al mapa había también croquis de vías férreas.

Pero lo que realmente resulta sorprendente es que en la guantera de una de las furgonetas se encontrara un álbum de fotos de tapas rojas con decenas de fotografías de personas y paisajes. Una especie de recopilatorio de vacaciones. ¿A qué terrorista, por inexperto que sea, se le ocurriría ir a cometer un atentado con un álbum de fotos personales en la guantera?

Para la Guardia Civil, aquello supuso un importante material de primera mano, un hilo del que tirar. Una de las imágenes del álbum correspondía a una vieja locomotora pintada de verde y negro aparcada como monumento histórico en el casco urbano de una ciudad. Pronto, alguien se dio cuenta de que se trataba de la vieja locomotora del tren llamado El Vasco, el mismo que había servido para transportar mineral de carbón asturiano hasta las siderurgias del País Vasco.

Los investigadores descubrieron que la imagen sólo podía estar hecha desde algunos pisos concretos de la trasera de una casa situada en la plaza de la localidad de Mieres donde se exhibe la locomotora, encerrada con una pequeña verja metálica roja.

En el intervalo entre la detención de los etarras -el 29 de febrero- y el día de los atentados -el 11 de marzo-, tres agentes de la Guardia Civil estuvieron preguntando en el barrio de Santa Marina -el lugar donde está ubicada la locomotora- por un comando de ETA.

Los agentes enseñaron la fotografía encontrada en la furgoneta y se interesaron por una pareja joven -él, 32 años; ella, 27- que había podido estar viviendo en las cercanías. La investigación se centró finalmente en el número 5 de la calle de Doctor Fleming de Mieres. Los miembros de la Guardia Civil mostraron, durante varios días, la foto de la locomotora a comerciantes y vecinos de esa calle junto con las fotos de los dos individuos jóvenes a los que buscaban.

Los vecinos se alarmaron cuando, después del 11-M, empezaron a atar cabos al recordar que los agentes habían exhibido la foto de la locomotora encontrada en la guantera de una de las furgonetas de la caravana de ETA, el 29 de febrero.

SOLO UN ERROR

Los medios informativos de la región se interesaron por el caso.La Policía Nacional les informó de que no tenían ningún conocimiento de esos hechos.

La Guardia Civil comentó, semanas más tarde, que no habían encontrado el piso que buscaban, que no podían dar el nombre de los etarras, pero que se trataba de gente que ya estaba detenida. En realidad, según esta última versión, no buscaban personas, sino un piso donde presuntamente pudiera haber documentación valiosa para la lucha contra el terrorismo.

La explicación no se correspondía con lo que habían declarado a los vecinos entre los que se investigó el caso. Si los etarras ya estaban detenidos, ¿por qué los buscaban?

Curiosamente, en el lateral de la casa de Mieres donde la Guardia Civil buscó al comando etarra aparece hoy una enorme pintada de color azul claro en la que puede leerse: «Gora Izquierda Abertzale». Alguien la ha tachado con pintura negra y ha añadido la frase «Patria o Muerte. Arriba España».

Para mayor confusión, expertos en la lucha antiterrorista a los que se les ha mostrado una fotografía de la pintada en cuestión han dudado seriamente de su autenticidad.

No es preciso remarcar que Mieres es una localidad asturiana que se encuentra a menos de 50 kilómetros de Avilés, el foco en el que Emilio Suárez Trashorras y Antonio Toro montaron la trama de los explosivos y a poco más de 10 kilómetros de Oviedo.Asturias, de nuevo, en el ojo del huracán.

Pero la extraña furgoneta de los 500 kilos fue sólo uno de los eslabones del gran señuelo de ETA que alguien ha manejado con mano maestra en torno al 11-M.

El caso del atentado frustrado de Chamartín tiene connotaciones parecidas al de Cuenca. Dos muchachos vírgenes en materia de terrorismo son los encargados de llevar a cabo un atentado indiscriminado de enorme envergadura. ¿Alguien puede imaginar por dónde habría transcurrido el acontecer político de este país si los etarras hubieran conseguido volar los trenes en la estación madrileña de Chamartín nada menos que el día de Nochebuena del año 2003?

El caso cierto y probado es que dos muchachos de 24 y 25 años sin más bagaje que sus inhumanas intenciones cargan con dos maletas llenas de explosivos y tratan de protagonizar una masacre de proporciones monstruosas en una estación de tren de Madrid, en plena hora punta. ¿Les suena?

A uno de ellos, Garikoitz Arruarte, los agentes no le dejan ni siquiera llegar a la estación de San Sebastián. Las crónicas dicen que, «fruto del interrogatorio», supieron que el tren Irún-Madrid llevaba otros explosivos a bordo.

Las Fuerzas de Seguridad consiguieron detener el convoy a la altura de Burgos, desalojarlo con prontitud y neutralizar las mochilas bomba sin que nadie resultara herido. La maleta, en esta ocasión, la había facturado Gorka Loran. Fue detenido en su casa de Hernani.

No se sabe si ETA iba a avisar en esta ocasión. La versión oficial es que intentaron colocar un magnetofón para que, a través de su altavoz, se difundiera un mensaje avisando del atentado. Dicen que las pilas estaban gastadas y que por eso el sistema no era operativo. Realmente, un procedimiento de aviso de lo más extraño.

La realidad es que los dos jóvenes terroristas estaban controlados por las Fuerzas de Seguridad y que no habrían tenido la menor oportunidad de llevar a cabo sus macabros objetivos. Es muy posible que los que les enviaron lo supieran. Sobre todo, considerando que, a dos meses de los atentados del 11-M, y como recordó ayer el ex secretario de Estado de Seguridad Ignacio Astarloa, toda la potencia de fuego en materia de prevención antiterrorista estaba activada.

El asombro sobrepasa cualquier límite cuando los dos etarras detenidos confesaron que su preparación en materia de manejo de explosivos y bombas era un cursillo de 45 minutos que habían recibido, tres meses antes, en un monte de la Sierra de Aralar.

BOMBAS EN BAQUEIRA

Conviene recordar también que los jóvenes terroristas de la caravana de la muerte, la que consiguieron neutralizar en Cañaveras, en la provincia de Cuenca, confesaron que el primer encargo que habían recibido de ETA había sido un atentado contra el Rey que consistía en distribuir 12 o 13 mochilas bomba en las pistas por donde iba a esquiar el monarca para hacerlas estallar a distancia.

Para unos muchachos que jamás habían hecho prácticamente nada delictivo no estaba nada mal el encargo. Sólo puede producir una sonrisa el considerar que alguien en su sano juicio pudiera llevar a cabo un magnicidio con esos medios. Es sencillamente una soberana estupidez.

Pero sus declaraciones salieron a la luz muy pocos días antes del 11-M y eso reforzó, al menos en un primer momento, la sensación, compartida por el Gobierno, de que las 12 o 13 mochilas bomba de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia procedían de ETA.

A esto habría que añadir un informe que el CNI pasó en los primeros meses de 2004 al Gobierno, en el que se advertía de que ETA había solucionado sus problemas técnicos y que estaba ya preparada para utilizar los teléfonos móviles en sus próximos atentados.


LA NAVIDAD DE 2002

El propio Astarloa recordó ayer que los mismos etarras que habían atentado en Santander, utilizando un coche robado en la calle de Avilés donde Emilio Suárez Trashorras guardaba dinamita en su garaje, fueron los que intentaron sembrar de explosivos la Navidad madrileña de 2002.

Estamos aún lejos de la verdad, pero el único camino sensato, llegados a este punto de la historia, es detenerse con minuciosidad en cada uno de los indicios, por pequeños que sean, sin descartar nada de antemano.

La extraña caravana de la muerte y el brutal atentado que se anunciaba con ella dista mucho de haberse explicado.

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