A SANGRE FRIA La herida seguirá abierta David Gistau

03-07-07



A SANGRE FRIA

La herida seguirá abierta


David Gistau

Concluido el juicio, no hace falta esperar a la sentencia para intuir que en algo habrá fracasado: no va a servir para hacer la catarsis del 11-M. Como el fantasma de la bola, el atentado seguirá apareciéndose en la vida pública española, no como un recuerdo terrible, sino como una herida abierta. Esto se debe, en parte, a que los prejuicios adquiridos -los concernientes a ETA, sobre todo- han atravesado el proceso casi intactos, poco dispuestos a enfrentar las convicciones personales a las pruebas, por lo que el desgarro de las teorías antagónicas queda sin solución y seguirá alentando una guerra de trincheras en la que nadie avanza ni retrocede.

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Pero también se debe a la precariedad de algunas de las acusaciones más importantes, las que afectan nada menos que a los señalados como «autores intelectuales» y jefes de la Yihad internacional, por lo que será difícil para el tribunal imponer a éstos sentencias duras, ejemplares, que alivien a las víctimas con la sensación de que en verdad se ha hecho justicia por el peor atentado de la historia de España. Agréguese a esto el desprestigio de las Fuerzas de Seguridad, en quienes cualquiera que haya seguido las sesiones va a tardar mucho en volver a confiar. Y más cuando se comprueba que las negligencias se premian con ascensos.

El turno de última palabra confirmó en sus arquetipos a los acusados que hemos ido conociendo durante meses. Trashorras no salió de su búrbuja de pasmado. 'El Egipcio', confiado a su abogado, salió del escenario con la misma discreción humilde con que entró en él: sólo pidió justicia. Fouad Morabit recurrió a su vena culta cuando comparó las pruebas esgrimidas contra él con la obsesión por acumular basura diagnosticada en el síndrome de Diógenes. Slimane y Akil, emotivos ambos hasta el desafuero, quisieron inspirar compasión evocando soledades ante el espejo y sufrimientos de gente cercana que ellos no querrían para nadie. Zougam casi remedó a su abogado al improvisar, con un lenguaje bien templado y un conocimiento exhaustivo del sumario, un nuevo alegato de defensa con el que intentó destruir a los testigos que le identificaron en los trenes. Igual de minucioso estuvo Basel Ghalyoun. Haski volvió a emplearse con ese tono iracundo, despectivo, con el que se presentó en el inicio del juicio y que ni siquiera el presidente del tribunal logró apaciguar. Zouhier, aunque prometió no montar un show y se disculpó por todos los episodios que le consagraron como el Bart Simpson del juicio, volcó su rabia en la fiscalía y recuperó el discurso del insider servidor de la ley convertido en chivo expiatorio cuando sólo intentó, como dijo su abogado, que los españoles pudieran dormir tranquilos. Y Aglif intentó borrarse pasándole el marrón a su antiguo amigo íntimo, Zouhier.

Cuando se desalojó el búnker de la Casa de Campo, algún abogado confesó sentir el agotamiento de tres años de trabajo ingente y de la descarga de adrenalina. De la prueba que han supuesto 57 sesiones cargadas de pasiones, mentiras, lágrimas e infamia. Y que serán regurgitadas por el tribunal con el fallo de octubre, que no cerrará la herida. Mientras, visto para sentencia.

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