La Guardia Civil no miente, teniente 'Víctor'

10-04-07



PREGUERIAS

La Guardia Civil no miente, teniente 'Víctor'


VICTORIA PREGO

Parece que se va despejando algo el turbio paisaje inicial. Y de paso, y, aunque sea contra el deseo de muchos, el desarrollo de la vista va proporcionando a los periodistas de El MUNDO que tuvieron el coraje de zambullirse en la arriesgada tarea de la investigación de lo sucedido, una constante tranquilidad moral. Quien no corre no tropieza, por supuesto, pero, al final, está resultando casi milagroso que, habiendo trabajado con todas las condiciones en contra, perseguidos e insultados por quienes -sentados en las gradas sin arriesgar ni la punta de un pelo- han aireado a tambor batiente cualquier error o imprecisión de los profesionales de este periódico, las informaciones sustanciales por ellos publicadas se van corroborando una detrás de la otra. Ayer lo vimos de nuevo, aunque mejor hubiera sido que no lo hubiéramos visto.
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Un ramillete escogido de mentiras envuelto en un intento de juicio paralelo a este periódico estuvieron a punto de tapar la aparición de unas cuantas afirmaciones de enorme trascedencia en este juicio sobre el 11-M. Abrió la intensísima jornada un teniente de la Guardia Civil que estuvo controlando al confidente Zouhier durante años. Su testimonio era, de entrada, mucho más merecedor de crédito que el de su informante, un grotesco personaje de los bajos fondos. Y cuando el teniente 'Víctor' decía, como dijo en la sala, que en ningún momento Rafá Zouhier le había proporcionado ni una sola pista de lo que podía estar cociéndose en el entorno de los radicales capitaneados por 'El Chino', estaba claro que, palabra contra palabra, la suya tenía que ser la verdadera. Y eso fue así hasta que mintió. Mintió como un miembro de la Guardia Civil no puede mentir porque con su embuste embadurna de manera indeleble a sus superiores, a su unidad y a todo el Cuerpo al que pertenece. Tiene infinitamente mayor gravedad y trascendencia la mentira de un oficial de la Guardia Civil que 100 mentiras de un chorizo, incluso si el chorizo es también un asesino.

La terrible mentira del teniente, terrible precisamente porque era suya, pudo haber pasado desapercibida. Pero, lo mismo que ha hecho otras veces, el juez Bermúdez optó por exhibir ciertos datos a la vista del público. Y fue ahí donde se comprobó que el teniente Víctor se había tomado la inaudita libertad de pedir a un superior en Asturias que destruyera una nota que comprometía a su unidad -o que no la diera a conocer a los medios de comunicación, como él dice-, pero que, al día siguiente, se olvidaba de mencionar ante el Congreso el detalle que 24 horas antes tanto se preocupó de ocultar: que la UCO sabía desde 2003 que los asturianos estaban en condiciones de vender nada menos que 150 kilos de explosivo robado. Tuvo que ser un diputado quien se lo subrayara. Pero es que tampoco se lo dijo al juez instructor, «por extraño que pueda parecer», se justificó ante Bermúdez. No es que parezca extraño. Es que parece mentira.

Por lo demás, vimos cómo dos de los hermanos de El Chino ofrecían versiones absolutamente incompatibles sobre una escena en la que ambos estaban presentes y que, de haber ocurrido de verdad, apuntalaría muy importantemente, por si no lo estuviera ya, la implicación directísima de Jamal Ahmidan en la organización de la matanza. Pero lo que uno describió como una clara confesión de autoría por parte de Jamal, fue desmentido tajantemente por el otro. Y ahí salió de nuevo el juez a subrayar que lo que estaba contando el primero no tenía nada que ver con lo que había declarado a la Policía y al instructor.

Por lo demás, asistimos a un descarado esfuerzo por parte de la fiscal de desautorizar las declaraciones de algunos testigos que no convenían a su esquema de lo que es La Verdad indubitada. Comprobamos por enésima vez que las menciones a ETA, por irrelevantes que fueran, han desaparecido de las notas oficiales de la Policía, que las ha ocultado. Y asistimos a un asombroso intento, encabezado por la propia fiscal, de acusar a este periódico de haber publicado determinadas informaciones que, por otra parte, el testigo ya había contado a la Policía y ayer corroboró ante el tribunal. Los periodistas «le perseguían», le sugirió ella. No, fiscal, confirmaban su información, como mandan las reglas. Y, una vez confirmada, la publicaron. ¿Era cierta o era falsa la noticia? Era cierta. ¿Entonces?

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