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30.5.07

 

«No son víctimas, son afectados»

 

30-05-07



JUICIO POR UNA MASACRE / Los testimonios / FRANCISCO DUQUE, MARIA MALLO Y MAR ALVAREZ

«No son víctimas, son afectados»


Dos psicólogos y una psiquiatra explican en un libro cómo superar el 11-M Denuncian que se «instrumentaliza» a los supervivientes y a las familias - «Encontramos tantos atentados como personas que lo habían sufrido»


OLGA R. SANMARTIN

MADRID.- Ocurrió poco después del 11-M. La familia A. y la familia B. se encontraron en el Hospital Gregorio Marañón peleando a brazo partido por la consanguinidad de un herido que permanecía entubado e inconsciente en su cama.

«Que te juro que es mi hijo», insistía un miembro de la familia A. «Eso ni hablar, es el nuestro», respondían enfadados en la familia B. Así, de tira y afloja, se estuvieron dos días en el centro madrileño.
(.../...)

Al final, la familia A. admitió que estaba equivocada. «Quiero que sea mi hijo, necesito que lo sea, pero no lo es», se lamentaba la madre.

Si algo trajeron los atentados de Madrid fue la necesidad que tuvo mucha gente de alterar la realidad. Un ejemplo: casi ninguno de los supervivientes recuerda haber visto cadáveres a su alrededor; todos afirmaron estar rodeados de «maniquíes» o de «muñecos».

Y otro más: la negación generalizada de que los ataques iban contra ellos. La pregunta más extendida cuando se produjo aquello fue: «¿Qué político viajaba en el tren?». Nadie era capaz de asumir que miles de ciudadanos anónimos pudieran ser los blancos de las bombas.

De ir quitando las vendas de los ojos, entre kleenex y kleenex; de ir ayudando a reconstruir la realidad, aunque a veces duela; de escuchar sin juzgar y ofrecer siempre mil abrazos se encargan Paco Duque, María Mallo y Mar Alvarez, dos psicólogos y una psiquiatra que estuvieron atendiendo en el Gregorio Marañón a los heridos de la masacre que allí fueron hospitalizados (más de 300).

Tres años después, algunos de los pacientes les pidieron que escribieran un libro, para que sirviera como protocolo de intervención en situaciones de catástrofe. Y se pusieron a ello. Han publicado Superando el trauma. La vida del 11-M (editorial La liebre de marzo), en el que cuentan cómo han vivido -y revivido- la tragedia los supervivientes.

«Encontramos tantos atentados como personas que lo habían sufrido», explica Paco, un veterano del hospital que fue quien coordinó en el centro hospitalario la asistencia psicológica post 11-M. «Todo lo que es tu mundo desaparece y tu mente no tiene activado el programa de respuestas».

Uno va leyendo tranquilamente en un tren y, de repente, su vida se pone al revés. Se pierden la seguridad y el control. Todo deja de tener sentido. No hay explicaciones para entender lo que ocurre. Lo conocido se vuelve extraño. Hay que volver a empezar. El paraíso perdido, en palabras de Paco: «Nos creíamos vulnerables y a salvo. Pero una cosa así dinamita nuestra coraza de pequeños-reyes-midas-con-tarjeta-de-plástico».

Y aquí es cuando llegan ellos tres (y otros muchos compañeros de profesión), que no leyeron ni un periódico ni se tragaron ningún telediario para no dejarse influir e ir con la mente despejada a ayudar a «la persona a que incorpore el suceso a su propia experiencia, sin que eso suponga un peso añadido». Lentamente, sin agobiar. Llorando todo lo que haya que llorar. Dejando que salga el cabreo.

«En esta sociedad hay una intolerancia muy grande al sufrimiento», observa Mar. «Lo que se trata es de que pierdan las energías negativas por el camino», añade María.

Han debido de hacerlo bastante bien porque ninguno de sus pacientes del 11-M ha vuelto a pasar por la consulta. Eso ha sido lo mejor que les podía haber pasado. El mayor reconocimiento. Porque su objetivo es, de hecho, que las víctimas consigan tener fecha de caducidad.

«Hay una instrumentalización del papel de víctima que nosotros rechazamos. La condición de víctima no puede ser nunca seña de identidad de nadie», sostiene Paco. «Incluso las asociaciones de víctimas no se deberían llamar así. Deberían denominarse 'de afectados'».

Para afectados ellos, que han aprendido como nadie desde su condición de observadores privilegiados. «La situación catastrófica permite sacar lo mejor de la gente», explica Paco con una sonrisa. «Se toman decisiones que en otros contextos no se hubieran tomado, se agranda el sentido perceptivo, la gente se vuelve más divertida, valora más las cosas... Cuando estás en el abismo sacas lo mejor de ti mismo. Se quiebran todos los valores, es verdad, pero surgen otros nuevos, quizá mejores».

¿O acaso alguien se imagina a ese superviviente por el que se peleaban la familia A y la familia B deprimido porque ha perdido su equipo favorito, porque ha ganado unos kilos de más o porque no va a poder ir a la playa este verano?

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