El reflejo de Pavlov

12-04-07



A SANGRE FRIA

El reflejo de Pavlov


DAVID GISTAU

Por más que España estuviera señalada por una doble amenaza de Al Qaeda -la genérica contra Occidente y la más concreta contra la terna de Azores-, un reflejo casi pavloviano obligó a políticos, policías, periodistas e incluso parroquianos del bar de la esquina a pronunciar la palabra «ETA» en la primera hora candente y caótica del 11-M. «Masacre de ETA en Madrid» fue el titular, todavía espontáneo, de la edición matinal improvisada por el diario El País antes de que se organizara una campaña de agit-prop que, como el niño de El sexto sentido, en ocasiones veía muertos -suicidas- donde para los demás no los había ni los hubo jamás.

Los que entonces eran comisario general de Información -De la Morena- y subdirector general operativo -Díaz-Pintado- detallaron ayer el proceso embrionario de la investigación tal y como se vivió en las altas esferas, cuando al dolor y el pasmo de la tragedia se agregó una inaudita presión política motivada por la inminencia de las elecciones que exigía respuestas con una urgencia ajena a la lógica del plazo mínimo de reacción. Había que resolver en apenas unas horas lo que después de tres años aún concede espacio para la elucubración y el misterio, y ello en un ambiente de emergencia nacional y bajo el acoso implacable de un aparato propagandístico dispuesto incluso a azuzar a las gentes conmocionadas mediante la campaña del «Pásalo». Un mal día para dejar de fumar.
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Tanto en el horrible paisaje de devastación de Atocha, como en el despacho del ministerio del Interior donde se encerraron para calibrar los datos incipientes, también los miembros de la cúpula de Seguridad pronunciaron la palabra «ETA» como hipótesis de trabajo. En ese momento tan confuso, la autoría vasca estaba avalada, aparte de por Pavlov, por los siguientes elementos referidos por Díaz-Pintado: la «fijación» etarra con los trenes, demostrada por la mochila del Irún-Madrid intervenida en Chamartín; y las furgonetas de Calatayud y Cañaveras, en cuyo salpicadero fue hallado un mapa del corredor del Henares que parecía el boceto del 11-M. Por si esto fuera poco, Díaz-Pintado atendió durante 30 segundos una llamada telefónica en la que se le pasó una información que luego, dada por buena, argumentaría la difamación contra Acebes: Le comunicaron que en los trenes había explotado «Titadyn con cinturón detonante». La marca de ETA.

«¿Seguro?», preguntó el mando. «Seguro».

Resulta casi cómico imaginar a Díaz-Pintado y Díaz de Mera, a las 17.00 horas, intentado cada uno que sea el otro quien le diga al ministro que esa información fue rectificada y que se abría, sin descartar ninguna otra, una teoría islámica que si Acebes no se apuró en comunicar de forma oficial no fue porque mintiera, sino porque la discreción interesaba a las detenciones inminentes. Quién sabe de momento si el diagnóstico del Titadyn se enmendó porque se equivocó al confirmarla de manera demasiado prematura un tedax a quien apremiaban para que facilitara conclusiones cuanto antes. O si porque fue solapada por cálculo político aun siendo tan cierta que a Sánchez-Manzano aún se le escapó en la Comisión y recientes informes periciales realizados en los focos la han rescatado en cuanto a vigencia: acaso la fase pericial del juicio sirva por fin para determinar, tres años después, no unas horas, qué explotó en los trenes. Pero fueron Pavlov y ciertos datos objetivos, no la manipulación, lo que puso a ETA en boca de todos en aquella primera hora terrible.

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