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28.10.07

 

CARTA DEL DIRECTOR Lo que va del tío al sobrino PEDRO J. RAMIREZ

 

28-10-07



CARTA DEL DIRECTOR

Lo que va del tío al sobrino


PEDRO J. RAMIREZ

Fuertemente impactado por el autogolpe de Louis Napoleón que transformó la Segunda República Francesa en el Segundo Imperio, Karl Marx escribió a comienzos de 1852 lo que inicialmente iba a ser una serie de artículos para una nueva revista semanal que su amigo Joseph Weydemeyer quería editar en Nueva York. Finalmente, por falta de fondos, apareció con carácter mensual y una elocuente cabecera en alemán: Die Revolution. Fue en su primer cuaderno donde, por lo tanto, se publicó como una sola entrega el luego tantas veces reeditado ensayo sobre El Dieciocho Brumario de Louis Bonaparte.

El título aludía, naturalmente, al golpe de Estado que en tal fecha del calendario republicano del año VII, correspondiente al 9 de noviembre de 1799, había servido al primer Bonaparte o gran Napoleón para poner fin al Directorio que gobernaba Francia desde la caída de Robespierre y abrir paso al Consulado que, siguiendo la evolución de su mitificada República Romana, desembocó en el Primer Imperio. Las fechas no cuadraban exactamente porque los sucesos de 1851 tuvieron lugar el 2 de diciembre, pero lo importante era la tesis basada en la visión repetitiva de la Historia de Hegel.
(.../...)

Marx hacía suya la percepción del filósofo alemán de que «todos los grandes hechos y personajes de la Historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces». Y a continuación añadía su propia y brillante aportación: «Pero se olvidó de agregar que la primera vez como tragedia y la segunda como farsa». Para ilustrar este postulado contraponía, a modo de ejemplo, al magnético Danton con el aventurero Caussidière -efímero prefecto de policía de París tras la caída de la monarquía orleanista en 1848 -; al descomunal Robespierre con el apañado historiador, doctrinario de izquierdas y miembro del gobierno provisional Louis Blanc -nacido, por cierto, en Madrid-; a la Montaña revolucionaria que había liderado ferozmente la Primera República desde sus escaños de la Convención con la nueva Montaña asilvestrada que, a su entender, había servido de simple comparsa de la burguesía en la Asamblea Nacional; y, finalmente, al «tío» con el «sobrino».

El «tío» era, por supuesto, el gran Napoleón, y el «sobrino», el hijo de su hermano Louis que, respetando en el ordinal dinástico al malogrado Rey de Roma o Aguilucho, acababa de subir al trono con el nombre de Napoleón III. Víctor Hugo le inmortalizaría como le petit Napoleón, no ya porque su estatura estuviera en línea con la tradición familiar, sino porque, aunque mostrara una gran habilidad para el regate y la maniobra, su capacidad política tampoco iba mucho más allá. También le bautizaría como Naboleón por razones inversas, bien fáciles de imaginar.

Cuando hoy, 28 de octubre, se cumplen veinticinco años del arrollador primer triunfo electoral de Felipe González y tenemos al PSOE de nuevo en el poder y la primera legislatura de Zapatero a punto de concluir, parece pertinente preguntarse en qué medida es aplicable a nuestro caso este ingenioso primer canon marxista que, ante todo, pone de relieve el buen periodista político que se malogró en el profeta del comunismo.

La primera obvia similitud es lo que los expertos en mercadotecnia describirían ahora como el buen posicionamiento de la marca. Pese al terrible coste que las guerras napoleónicas habían supuesto para la sociedad francesa, en términos de vidas humanas y privaciones de toda índole, el magnetismo de la era y la figura de quien había logrado presentarse como heredero glorioso a la vez de la Monarquía y de la Revolución era tal que cuando Louis Bonaparte regresó del exilio para concurrir a las elecciones a la presidencia de la República apenas si necesitó hacer otra campaña que mostrar su apellido para obtener un triunfo arrollador. Zapatero tuvo que poner algo más de su parte y al final -11-M de por medio- llegó al poder un poco más justo de apoyos, pero desde su elección como secretario general del partido pudo comprobar que el PSOE era un instrumento político formidable cuyo prestigio y arraigo entre un amplio sector de la población apenas si se había resentido por el descubrimiento de los terribles desmanes gestados en su regazo por el felipismo.

El sustrato de una memoria, más que histórica ancestral, como referencia ideológica remota y coartada práctica inmediata del maniqueísmo más sectario es el otro gran elemento común, pues los socialistas españoles evocan nuestra Segunda República con el mismo timbre, las mismas distorsiones históricas y los mismos propósitos con que los jacobinos -y por ende, los bonapartistas- mitificaban al parricida Bruto, el jurista Mucio Scevola, el sacrificio de los Gracos o el juramento de los Horacios. Su tesis era que de la cuchilla de la guillotina que tronchó la cabeza de Luis XVI manaba la misma sangre que de los puñales que perforaron la toga de Julio César. «Luchamos contra los padres y ahora nos toca luchar contra los hijos», alegó el ministro bocazas cuando hacía méritos para llegar a serlo.

Incluso puede decirse que el antecedente -bien en el siglo I, bien en el siglo XX- de la asfixia de los valores republicanos, que siempre se identifican como democráticos o progresistas, bajo la bota implacable de la reacción, añade un elemento de morboso victimismo que acrecienta con deleite la sensación de revancha. «La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos», escribe Marx en la primera parte de su ensayo. «La resurrección de los muertos sirve para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder ante su cumplimiento».

No es casual que el último pretexto que esgrime el sobrino para subvertir la legalidad que le había encaramado fuera que la Asamblea Nacional acababa de aprobar una ley que revocaba el recién implantado sufragio universal y restauraba el restrictivo sistema censitario. Fue cuando dijo que pretendía «bautizarse con el agua del sufragio universal, pero sin meter los pies en el río». En nombre de la libertad de los franceses se volvió a levantar el imperio autoritario. Napoleón III por los mismos pasos que Napoleón I. El PSOE siempre acude a ampliar nuestros derechos, para terminar recortándolos: con González fueron la liquidación de la independencia judicial, la ley de la patada en la puerta y la abortada ley mordaza; con Zapatero, las claudicaciones ante los nacionalistas. Y así es como unos centenares de parejas gays han podido casarse -a lo que nada cabrá ya objetar si el Tribunal Constitucional lo bendice-, pero centenares de miles de padres no pueden educar a sus hijos en la lengua común de todos.

Tanto González como Zapatero conquistaron el poder abanderando el cambio e imprimiendo un aire iconoclasta, y en cierto modo adolescente, a su ocupación de La Moncloa. Aún resuenan en mis oídos las palabras de Felipe -todos los periodistas le llamábamos todavía así- una mañana de aquel noviembre del 82 cuando telefoneó para agradecerme que hubiera dicho en un programa de Mercedes Milá que quienes no le habíamos votado pero anhelábamos la modernización de España, debíamos darle un margen de confianza: «Te prometo que no defraudaré esa confianza, que el PSOE no monopolizará el cambio político y que nuestro proyecto estará abierto a cualquier demócrata, aunque no tenga nada que ver con el partido». Frases parecidas pueden encontrarse en mi primera entrevista a Zapatero en La Moncloa, aunque también, todo hay que decirlo, en la equivalente con Aznar.

Que todos los miembros de aquel primer gobierno felipista tuvieran carné del PSOE ya supuso una primera desviación de la promesa de su presidente. Al contemplarles alborozadamente formados en las escalerillas de La Moncloa nadie podía dudar de que el poder había cambiado no sólo de manos, sino también de apariencia. El aire de renovación -todavía no se hablaba de talante- que en el gabinete de Zapatero se concretó en la paridad femenina venía determinado en aquel primer gobierno de González por la juventud de la mayoría de sus miembros -a excepción de Fernando Morán todos tenían menos de 50 años- y por la, entonces contestataria, presencia de hasta cuatro ministros con barba. Guerra desempeñaba el papel de Fernández de la Vega, aunque trabajando mucho menos; Boyer el de Solbes, aunque intrigando mucho más; los chistes de Morán preludiaban al hoy ministro desatinos; y, como látigo del partido, el diminutivo de Txiqui Benegas auguraba el de Pepiño Blanco.

Los derroteros ocultos de aquella legislatura, en la que el PSOE regresaba al poder al cabo de casi medio siglo de abstinencia, hicieron, sin embargo, muy pronto buena la primera parte de la apostilla de Marx al diagnóstico de Hegel sobre la repetición de la Historia, puesto que la absoluta carencia de escrúpulos democráticos, sentido de la legalidad e incluso constricción moral alguna por parte de González, sus colaboradores y su alegre claque de la bodeguiya -a la que pertenecían destacados periodistas que aún no han terminado de recuperarse de aquellos vapores etílicos- engendró, en efecto, la mayor tragedia achacable a ningún gobierno en más de 30 años de Transición y régimen constitucional. Apenas unas semanas, como máximo unos meses, después de prometer -lo de jurar era ya cosa del pasado- cumplir y hacer cumplir las leyes, González dio luz verde a los secuestros y asesinatos en el sur de Francia que muy pronto pondrían a los GAL de macabra actualidad. Tanto la naturaleza de esa decisión como la posterior amnesia autoexculpatoria de su artífice parecen calcadas de la quiebra ética del primer Bonaparte cuando autoriza que un destacamento militar capture -también al otro lado de la frontera- al Duque d'Enghien y que, tras un simulacro de proceso sumarísimo, sea fusilado en los fosos del castillo de Vincennes.

En esos mismos primeros compases se consolidan también las prácticas corruptas de financiación del PSOE, de forma que el llamado caso Ferraz -cuando el secretario de Alfonso Guerra recibía el dinero en bolsas de plástico en la propia sede del partido- se funde casi sin solución de continuidad con las tramas de Filesa. La otra cara de la moneda es el inmediato viraje atlantista y pronorteamericano de la política exterior en la que el relevo de Morán por Fernández Ordóñez permite apoyar el despliegue disuasorio de misiles en Alemania y prepara el terreno para que el referéndum sobre la OTAN no vaya orientado a salir, sino a quedarse. Tampoco se admiten bromas de ningún tipo a los nacionalistas, con lo que nos encontramos, en suma, con un gobierno mucho más indecente de lo que nadie esperaba, pero con bastante más sentido común de lo que todos pronosticábamos.

Cualquiera diría que ambas apreciaciones se han visto afectadas un cuarto de siglo después por una especie de efecto vacuna, como reacción a lo que pasó entonces. La resultante es que ahora desde el poder ni se asesina, ni se secuestra, ni siquiera se roba -al margen de otras consideraciones el caso Pla demuestra que en ese terreno Zapatero no deja pasar ni una-, pero en cambio la frivolidad, las ocurrencias y los bandazos han impregnado la alta política tanto exterior como interior. Nuestro gobierno es amigo y protector del patético dictadorzuelo caribeño que está a punto de consumar la primera transformación legal de una democracia en una dictadura en más de medio siglo; ha sacado adelante un disparatado Estatuto catalán que no se atreve a someter al obligado test de constitucionalidad -antes bombardeará el Tribunal que permitir que resuelva con su actual composición-; ha mantenido negociaciones políticas con ETA engañando a los ciudadanos, o autoengañándose incluso, respecto a las posibilidades de que de ellas saliera algo en limpio; se muestra incapaz de gestionar las obras del AVE sin que se le agrieten los edificios y se le hundan los andenes; y atiza el rencor entre españoles reabriendo osarios y alanceando la estatua ecuestre de Franco con la misma saña con que los nuevos bonapartistas se cebaban, al decir de Karl Marx, en el recuerdo de la «cabeza atocinada de Luis XVIII».

Todos los ingredientes de la farsa están, pues, servidos. La historia de la última gran crisis de Estado que chupó la sangre y energía de la sociedad española hasta marzo del 96 se repite ahora incluso en las cortinas de humo utilizadas por los esbirros periodísticos del Gobierno para distraer la atención de lo esencial -¿o no es esta imaginaria «pinza contra el Rey» el mero remedo de aquella «conspiración republicana» que tan banalmente hizo correr ríos de tinta en su día?-, pero la fotocopiadora se ha quedado sin tinta y donde había un drama vigoroso y tremendo sólo aparecen los tenues perfiles de la España del como sea que se desdibuja entre la broma. Es de agradecer que el sobrino no persiga a la prensa como lo hacía el tío y que su trato sea siempre amable y sonriente, pero cuando un gobernante parece haberse perdido el respeto a sí mismo, será difícil que se lo guarden los demás. El felipismo también hacía vídeos, pero su propósito no era dar risa, sino miedo; y a veces lo conseguía.

Tratando de emular las gestas militares del Sol de Austerlitz, Napoleón III embarcó a los franceses en las más estrambóticas aventuras planetarias, desde la guerra de Crimea hasta la expedición a la Cochinchina compartida con España, pasando por el pintoresco intento de entronizar como emperador de México a un Maximiliano de Habsburgo que desde el principio olía a carne de pelotón de fusilamiento. El colmo de tanta frivolidad bélica fue la declaración de guerra a Prusia -estimulada por nuestra compatriota la emperatriz Eugenia- con el estúpido pretexto de que el Kaiser no le había pedido disculpas escritas por haber propuesto a un pariente suyo para ocupar el trono vacante en Madrid tras el derrocamiento de Isabel II.

Toda vez que el petit Napoleón condujo la campaña militar con idéntica habilidad a la que desplegó en la crisis diplomática previa, el ejército francés tuvo que rendirse a los prusianos en Sedán y él mismo pasar por la humillación de dar explicaciones en calidad de prisionero a su detestado canciller Von Bismarck. Fue entonces cuando, haciendo gala de un desparpajo que no resultará desconocido ni a los españoles de hace 25 años ni a los de ahora, le dijo que había actuado «empujado por la opinión pública». A lo que Bismarck le contestó: «Sí, empujado por la opinión pública empujada por su Gobierno».

Cuando tres años después, derrocado y exilado en Inglaterra, Louis Napoleón entró en agonía, tras una operación de vesícula mal practicada, sus últimas palabras inteligibles fueron para su amigo y médico personal el doctor Henri Conneau:

- Henri, étais-tu à Sedan?

- Oui, Sire.

- N'est-ce pas que nous n'avons pas été des lâches à Sedan?

Cuentan las crónicas que al doctor Conneau ni siquiera le dio tiempo a contestar, antes de que el emperador expirara. Tan sólo le hubiera dicho que no, que ellos no se habían comportado como «cobardes» en Sedán. Pero en su fuero interno pensaba que la debacle no había sido, efectivamente, producto de la lâcheté -¿cómo iba a ser cuestión de «cobardía» si el propio emperador había combatido a caballo al frente de las tropas?- o de ningún otro tipo de tara moral, sino más bien fruto de una inmensa bâclage. En castellano eso quiere decir «chapuza» y, mira por donde, se trata de una palabra en la que no es preciso apalear la ortografía para ponerle una buena zeta de zuzpenzo.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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