Una carta para el juez: David Gistau

04-05-07



A SANGRE FRIA

Una carta para el juez

DAVID GISTAU

Estaba sola, sentada en un banco de la antesala, una figura menuda con los rasgos dolientes enmarcados por el hiyab. Aicha Achab, la madre de Jamal Zougam, acababa de comparecer como testigo y, al pasar junto al habitáculo, se había despedido de su hijo con un ademán, como si intentara tocarlo: «Está adelgazando mucho. Le visité el pasado domingo en la cárcel, y hoy he vuelto a verle más delgado». Aicha esperaba al receso para entregar al abogado Abascal una carta manuscrita y dirigida al presidente del tribunal. Un mensaje personal en el que insiste al juez sobre su convicción de la inocencia de Zougam: «Gómez Bermúdez es la única persona en quien confío. Todos los abogados con los que hablé me dijeron que mi hijo está preso por razones políticas. Mucha gente me llamó cuando fue detenido. Me llamó incluso el policía que propuso a Jamal convertirse en confidente». Antes del interrogatorio, Aicha abordó a la fiscal Olga Sánchez para preguntarle qué tenían contra Zougam: «Me contestó que había sido identificado en los trenes. Eso es lo que tienen: identificaciones después de que su fotografía saliera en todos los periódicos». (.../...)


Cada dos semanas, Aicha viaja a Marruecos para aliviar la tensión con una estancia entre su gente. Del 13 de marzo de 2004 recuerda la llamada de una amiga que le dijo que en Lavapiés estaban deteniendo a chavales del barrio por su presunta relación con el atentado. Dice que no imaginó entonces que se tratara de su propio hijo. Cuando recibió la noticia, se arrojó a la calle y se topó de bruces con el dispositivo policial que vigilaba la casa. Por lo demás, en su intervención de ayer ratificó lo que ya dijo ante Del Olmo durante la instrucción. Por defender a Zougam -«Un buen chico que siempre venía con la camiseta empapada de hacer deporte»-, mantiene la versión de que el 10 de marzo él llegó a casa, procedente del gimnasio, algo más temprano de lo habitual. De que durmió ahí sin salir en ningún momento. De que por la mañana desayunaron juntos, viendo en el televisor los estragos del atentado: «Le dije que se fuera al trabajo en metro, porque en coche no iba a poder llegar. Y él me contestó que prefería ir en coche porque le daba miedo coger el metro por si ponían otra bomba». La imputación de Jamal Zougam la atribuye a «mentiras», incluidas las pistas de las tarjetas telefónicas y las supuestas amistades del acusado con elementos radicales que ella niega pero que, según el entonces comisario jefe de la UCIE, Mariano Rayón, fueron las que motivaron la detención cuando «apremiaba la urgencia». En este sentido, las relaciones personales más significativas que habría tenido Zougam fueron las que le unieron a Abú Dahdah, condenado por ser el jefe de la rama española de Al Qaeda, y con quien habría frecuentado el restaurante Alhambra de Lavapiés.

La sesión vespertina estuvo dominada en cuanto al foco de atención por la comparecencia de Félix Hernando, jefe de la UCO. Intentó ningunear las confidencias de Rafá Zouhier sobre la trama asturiana para desactivar así los indicios de negligencias protagonizadas por su unidad. Lo hizo con tal entusiasmo por despejar a córner que, a día de hoy, sigue dudando de que jamás existieron los 150 kilos de explosivos de Mina Conchita transportados en Alsa y en el coche de El Chino hasta Madrid. Los que su unidad podría haber interceptado de manejar con mayor celo la información recogida por el agente Víctor.


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