CARTA DEL DIRECTOR La 'paradinha' PEDRO J. RAMIREZ

30-07-06


CARTA DEL DIRECTOR

La 'paradinha'


PEDRO J. RAMIREZ

La popularizó Pelé en el Mundial de México, pero su verdadero inventor fue Didí. Acaba de practicarla con gran virtuosismo Zidane, pero su máximo intérprete fue aquel extravagante Antonin Panenka que en la final de la Eurocopa del 76 tuvo el arrojo y la malicia necesarios para recurrir a ella, al batir al gran Sepp Maier lanzando el penalti decisivo que dio la victoria a Checoslovaquia sobre la mejor Alemania de todos los tiempos. La paradinha es una pequeña obra de arte, un feliz encuentro de la técnica y la voluntad, ese instante mágico en que el tiempo se detiene y la aceleración deja paso al suspense de la cámara lenta.

El propio Pelé reconoció que «esto sólo puede ser obra de un genio o de un loco», pues en definitiva la paradinha implica que en el momento decisivo el lanzador renuncie a toda la potencia para el disparo que acaba de adquirir en su carrerilla, sustituyéndola por un tiro blando y colocado, dirigido al centro de la portería. Evidentemente la clave radica en que para entonces el portero ya se haya arrojado hacia uno de los lados, víctima de la determinación rotunda que ha creído percibir en los ademanes del artillero. La paradinha es pues un engaño, una simulación, un ardid, hasta una inocentada. El triunfo de la sangre fría sobre la sangre caliente.
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En los deportes preferidos de Zapatero y Rajoy también existen modalidades de la paradinha. Así en el baloncesto pocos lances hay tan gratificantes como el del atacante que, tras haber adquirido una posición dentro de la zona, amaga con subir el balón para proceder al lanzamiento y ve saltar disparado como por un resorte a su marcador: basta esperar a que el defensor inicie su impotente caída para elevarse, ahora sí, con comodidad hacia el aro. En el ciclismo en carretera son proverbiales los casos de quienes fingen dificultades en la ascensión de un puerto para estimular el ataque temerario de algún rival al que, una vez desfondado, alcanzan, rebasan y abandonan sin dificultad. En el ciclismo en pista se da la paradoja de que la fase clave de las llamadas carreras de velocidad se caracteriza por su exasperante lentitud: los dos rivales llegan a estar literalmente clavados sobre el peralte del velódromo, estudiándose el uno al otro, mirándose a los ojos o a las ruedas, hasta que el menos seguro de sí mismo pierde la calma, derrapa como un latigazo y casi siempre es derrotado por el que más astutamente sigue su estela.

A expensas de otros balances más profundos, el actual presidente del Gobierno tiene ya asegurados unos renglones en la crónica anecdótica de nuestra época como introductor de la paradinha política en la vida pública española. Al cabo de estos ya más de dos años en el poder casi podría decirse que para Zapatero esta manera de actuar ha dejado de ser una opción táctica para convertirse en una cláusula de su libro de estilo.

La pauta ha sido una y otra vez la misma. Primero el presidente anuncia compromisos o intenciones de carácter tan rotundo que parece que no sólo va a estampar el balón contra la portería, llevándose por delante a cualquiera que se interponga en su camino, sino que la fuerza de la ejecución será tal que perforará la red, desbordará la tribuna y trasladará la acción muy lejos del estadio constitucional. Durante días, semanas y meses nada ni nadie logra apartarle de tan radicales propósitos. La progresión vertiginosa hacia la consumación del desafío tiene trazas de inexorable. Los suyos le acompañan cual aficionados finlandeses jaleando a un lanzador de jabalina. De repente, sin embargo, Zapatero frena en seco, aborta el despegue y congela la acción, antes de terminar ejecutándola de forma mucho más suave y contenida.

Lo hemos visto con el Estatuto catalán y lo acabamos de ver con la OPA sobre Endesa y la seudo Ley de la Memoria Histórica. Zapatero iba a aceptar el Estatuto que viniera de Cataluña, estaba resuelto a bloquear la oferta alemana en la Comisión Nacional de la Energía y parecía decidido a impulsar la revisión de miles de procesos penales del franquismo. ¿Significa el que finalmente nada de eso haya llegado a suceder que de nuevo vuelve a ser de aplicación el pérfido diagnóstico de Fraga en el sentido de que «los socialistas sólo aciertan cuando rectifican»? No, porque en la mayoría de los casos no hay tal rectificación, ni por lo tanto tal acierto. La paradinha no implica la renuncia al objetivo esencial -marcar el gol-, sino su consecución por medios, digamos, más amables.

En el fondo la paradinha es a la técnica futbolística lo que el talante es a la conducta del gobernante. A la vez un adorno y una treta. Cuando lo que anuncia el parte meteorológico es una tormenta de granizo, hasta las lluvias más torrenciales parecen luego una bendición del cielo. Pero ni la moderación, ni la prudencia, ni el centrismo son sólo valores relativos. El riesgo de que su primera redacción hubiera podido tener efectos catastróficos no convierte automáticamente un enmendado proyecto de ley en algo positivo. Tampoco la constancia de que la tentación a actuar con arbitrariedad era mucho mayor blanquea una política impropiamente intervencionista. Que el verdugo apriete más o menos en el potro de tortura no altera la voluntad del reo de escapar en cuanto pueda, ni la accidental comprobación de que algún programa de telebasura modula con ocasional ingenio su nivel de chabacanería debería afectar a nuestra resolución de cambiar de cadena.

Aunque no resulte tan terrible y delirante como lo que aprobó el parlamento autonómico, el Estatuto de Cataluña sigue siendo la peor ley de la democracia. Aunque no haya llegado a utilizar su intolerable poder de veto hasta las últimas consecuencias, continúa siendo una vergüenza -y un motivo de bochorno para el sedicente liberal Miguel Sebastián- que la Comisión Nacional de la Energía haya impuesto a los compradores alemanes de Endesa condiciones caprichosas que más tienen que ver con la venganza del enano de Cornellá que con criterios objetivos de racionalidad energética. Aunque no se vaya, por ejemplo, a obligar a las iglesias a remover las lápidas en memoria de quienes murieron en defensa o a consecuencia de la fe católica, tal y como pretendían Izquierda Unida, Esquerra Republicana y determinado grupo periodístico, no por eso deja de ser un disparate y una exhibición de sectarismo retrospectivo que en 2006 se legisle para estimular la exhumación de cadáveres, la expedición de certificados victimistas y la reactivación de viejos rencores tiempo ha cicatrizados.

Si bien sus matices en el plano de las formas la hacen mucho más digerible, en ninguno de estos ejemplos la sustancia de la acción gubernamental ha sido alterada tras la paradinha. El único cambio fundamental, y es en lo que quiero detenerme, es que el portero ya no está en su sitio. La principal utilidad que Zapatero ha sabido dar a sus súbitos cambios de ritmo no ha sido la de edulcorar sus políticas radicales de igual manera que el ricino podía enmascararse hasta con miel -que también-, sino la de sacar de quicio al partido de la oposición. Visto lo visto queda la impresión de que el PP ha sobreactuado en muchas ocasiones, cayendo en la trampa de lo que no eran sino meros amagos destinados a provocarle, y que los momentos decisivos le cogen ahora más bien fuera de sitio.

Ante un Zapatero zorro y calculador, dedicado durante horas y horas a su obsesiva pasión por la estrategia, el PP ha ejercido una oposición más bien espasmódica, disparando lo mejor de su munición antes de tiempo, sin saber reservarse con calma y paciencia para los últimos asaltos de cada match. Así ahora queda la impresión de que el meritorio esfuerzo de movilización que supuso la recogida de los cuatro millones de firmas, pidiendo que todos los ciudadanos pudieran decidir sobre los privilegios que se arrogaba Cataluña, no está teniendo continuidad ni siquiera ante la vulneración de elementales derechos humanos que supondrá el inicio de otro curso escolar en el que de nuevo en una parte importante de España será imposible estudiar en español.

Lo mismo cabría decir de las dos iniciativas gubernamentales saldadas en este último fin de semana de julio, a mitad de camino entre la fechoría y el fracaso: han sido tantos los truenos anticipados que, lo mismo en el caso de la OPA que en el de la revisión del pasado, la respuesta del PP ha sonado ahora mucho más tibia de lo que el Gobierno merecía.

Y, por supuesto, eso es lo que le está ocurriendo con el 11-M, a pesar del tenaz empeño de Zaplana y un puñado de diputados por mantener despierto al conjunto del partido. No puede ser que a Rajoy le pareciera que el inquietante testimonio del policía que declaró a EL MUNDO que la mochila de Vallecas no pasó por sus manos, cuando tenía que haberlo hecho, era motivo para «anular» el sumario y que, sin embargo, no se vuelque ahora en hacer saber a España entera la trascendencia y gravedad que tiene el que el jefe de los Tedax acabe de declarar al juez que nunca se podrá saber cuál fue el explosivo que estalló en los trenes. Ojalá le desperecen hoy las esclarecedoras opiniones de distinguidos miembros de la comunidad científica.

Es una cuestión de ponderación y ritmos, de sentido del tiempo político y de proporcionalidad en la respuesta. Mientras en relación con la masacre que cambió la Historia de España prosigue esta escalada de mentiras en sede parlamentaria, falsedades en sede judicial y manipulación de pruebas por doquier, flagrantemente tutelada desde el ministerio del Interior, el PP se entretiene con la caza menor del viaje privado de Zapatero a Londres que, por mucho juego que permita en el plano del qué dirán, pierde toda gravedad política en el mismo momento en que los eslóganes se atemperan con el sentido común de que el Estado debe proporcionar protección al presidente, aun en los momentos en que sólo ejerza de padre de familia.

Sirvan todas estas reflexiones para encuadrar también lo que puede estar ya sucediendo, o en vías de suceder, respecto al trascendental asunto del diálogo con ETA. Nuestro diario retiró simbólicamente su apoyo -«provisional, tasado y vigilante»- al Gobierno socialista con motivo del bochornoso encuentro del PSE con Batasuna. Pero la dignidad del Estado y la legitimidad de sus poderes han, naturalmente, sobrevivido a tan detestable episodio. Para Rajoy fue un asunto de cruz y raya o, por utilizar su propia expresión, de «ruptura» total y definitiva con Zapatero.

Comprendo que aún dure su cabreo cósmico -tanto en lo político como en lo personal-, pero muchos españoles nos sentiríamos menos intranquilos si en lugar de haber reaccionado de forma tan irreversible en un momento tan temprano del proceso, el líder de la oposición continuara recibiendo la información importante y marcando de cerca cada uno de los pasos del presidente. Se trataría de que siguiera clavado sobre el césped, o pegado a su rueda si prefiere, alternando las críticas más acerbas cada vez que -como en el encuentro de San Sebastián- Zapatero desborde las «líneas rojas», con el estímulo de la colaboración tan pronto como vuelva al redil del consenso.

Soy consciente de que lo que propongo es un rompe piernas, pero quedan casi dos años para las elecciones generales, hay un asunto trascendental en juego y la oposición debe demostrar su utilidad tanto en el manejo de la zanahoria como en el del palo. Máxime cuando todos los demás antecedentes permiten dar por hecho que antes o después Zapatero también tratará de aplicar su habitual paradinha a la cuestión vasca, rebajando las expectativas radicales y dejando parcialmente en suspenso los compromisos que se hayan podido adquirir en su nombre, para intentar chutar el balón por la tranquila calle de en medio del pragmatismo. Y, claro, está por ver que los etarras permitan aplicar a sus facturas las mismas rebajas y descuentos con los que han tenido que tragar Carod Rovira, los protagonistas de la puja por Endesa o los promotores de la reapertura de las fosas y heridas de la Guerra Civil.

Zapatero ha pronunciado el otro día sus primeras palabras en inglés. «No news, good news», les dijo a los periodistas desplazados con motivo de su penúltima visita a León. Pues bien, estando ETA de por medio la experiencia casi nos lleva a pensar lo contrario y la falta de noticias puede ser el peor de los augurios. Tanto de que la banda piense en volver a las andadas, como de que terminen de fraguarse odiosos entreguismos.

No sería justo dejar de reconocer en todo caso que julio ha transcurrido sin apenas episodios de kale borroka y que si esa misma es la tónica de agosto estaremos ante una diferencia muy notable respecto a lo que ocurrió en el verano del 99, cuando la anterior tregua daba ya sus últimas boqueadas entre comandos de encapuchados asaltando cuarteles y destruyendo instalaciones eléctricas.

¿Vivimos el prólogo de la paz, el disimulo que antecede a la rendición o el preámbulo de otra fase de la guerra? Pues dependerá de que tal le salga al presidente esta vez la paradinha. Y no hay que olvidar que en ese lance, después de descolocar al cancerbero rival, todavía queda un pequeño detalle técnico, una concreta habilidad que, sorprendentemente, Zapatero aún no ha logrado demostrar ni una sola vez: la de chutar bien a puerta vacía.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Yo creo que la inventó el gran don Alfredo di Stéfano......
Anónimo ha dicho que…
Oigan, piten penalty y hagan una moción de censura.

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