CARTA DEL DIRECTOR La amalgama PEDRO J. RAMIREZ

10-12-06



CARTA DEL DIRECTOR

La amalgama


PEDRO J. RAMIREZ

Cuando paseo por los alrededores del Sena en estas mañanas brumosas que anteceden al invierno, todavía me parece escuchar, entre los tejados puntiagudos recubiertos de pizarra de las dos torres gemelas de la Conciergèrie que emergen severas desde la pequeña Ile de la Cité, la voz hercúlea de Danton tal y como sonó hace 212 años, durante el simulacro de juicio por el que el Tribunal Revolucionario le llevó a la guillotina. Cuentan las crónicas que uno de los ventanales de la llamada Sala de la Igualdad permanecía abierto y que las vehementes palabras del tribuno del pueblo, remando a pulmón partido contra su trágico destino, cruzaban el río y se extendían por su orilla derecha como si trataran de llegar hasta las Tullerías donde el Comité de Salud Pública ocupaba los salones de la realeza derrocada, hasta el convento de los Jacobinos donde tantas noches de gloria había cosechado el justiciable y hasta la casa del carpintero Duplay donde, en la misma calle Saint Honoré, a la vez corroído por la mala conciencia pero blindado por el cinismo de su sentido intransigente de la virtud, se taparía sin duda los oídos su más notorio huésped, Maximiliano Robespierre.
(.../...)

El presidente del tribunal, su paisano Herman, al que Robespierre había traído expresamente a París desde Arras, no era sino un simple títere al servicio de su estrategia de gobernar por el terror. Es fácil imaginar su agobio y desconcierto cuando abrió el interrogatorio preguntando rutinariamente a Danton por su lugar de residencia y éste le lanzó su primer gran desafío: «¿Mi lugar de residencia? Muy pronto en la nada, enseguida en el panteón de la Historia».

Previamente, el juez y el siniestro fiscal Fouquier-Tinville ya habían tenido que hacer frente al primer estallido de cólera de Danton cuando, al ser conducido a la sala en compañía de sus más estrechos colaboradores políticos, criminalizados por Robespierre como «moderados» o «indulgentes», había comprobado que no iban a estar solos en el banquillo.

«On nous associe avec des voleurs de portefeuilles!», clamó indignado Danton. «¡Se nos asocia con ladrones de carteras!».

En efecto, además de los dantonistas puros como Camille Desmoulins, Lacroix o Philippeaux contra los que se formulaba la grotesca acusación de conspirar para restablecer la Monarquía, allí estaban también no sólo los dantonistas especuladores como Fabre d'Églantine o el ex capuchino Chabot, a los que se les vinculaba a la estafa de la Compañía de las Indias, sino también una serie de pícaros estrafalarios, a mitad de camino entre la revolución y el hampa como el español Guzmán, el abate D'Espagnac, un supuesto secretario del rey de Dinamarca o dos banqueros suizos apellidados Frey.

Nada podía ofender tanto a Danton como esta sucia maniobra, destinada a realzar su fama de hombre venal y poco escrupuloso durante su viaje hacia el cadalso. Ninguna relación había entre los cargos estrictamente políticos que se formulaban contra los unos con los delitos económicos que se imputaban a los otros, pero, como ha escrito Jacques Janssens, se trataba de «envolverlos» a todos con «el relente nauseabundo» que emanaba de estos últimos. El historiador Louis Madelin compara la escena con la de la crucifixión de Cristo entre dos ladrones e incluso el, más que biógrafo, hagiógrafo de Robespierre Ernest Hamel habla de «una amalgama extravagante e inicua».

Esa es la palabra clave: «amalgama». La mezcla con plena intencionalidad de realidades muy diversas para dar una confusa sensación de totum revolutum en la que lo peor de cada uno siempre contamina al resto. En el argot de la política francesa se utiliza desde entonces el verbo «amalgamer» para describir ese tipo de montajes en los que a alguien se le termina haciendo un traje que no es el suyo.

Pues bien, durante este largo acueducto en el que la inmensa mayoría de los españoles han desconectado mentalmente de sus tribulaciones colectivas, dos policías honrados llamados Celestino Rivera y Antonio Parrilla han sido amalgamados a una trama de delincuentes con el principal propósito de dar un escarmiento interno a quienes denuncian la corrupción e intentar dañar la imagen de nuestro periódico, desacreditando sus investigaciones sobre el 11-M y el chivatazo a ETA. Sólo el avance de la civilización humana, y no la falta de ganas de la cúpula policial, impedirá que, además de amalgamados, sean guillotinados, pero -como bien apuntaba ayer nuestro subdirector de opinión, Pedro G. Cuartango- se ha dictado contra ellos un auto de prisión incondicional tan «extravagante e inicuo» como el que sirvió para condenar a los dantonistas.

Heridas del corazón al margen, el intento de suicidio de este Celestino Rivera apodado Funci da una cierta idea de la tremenda sensación de injusticia e impotencia que en estos momentos debe impregnar su ánimo. Todo su presunto delito consiste en haber alertado a un periodista de que se intentaba echar tierra sobre el asunto del tráfico con Goma 2 ECO detectado en agosto en Leganés.

Y ahora, pásmense: a su compañero Parrilla lo máximo que se le puede atribuir es haber asistido a una reunión en la que no se sabe de qué se habló, pero el sagaz juez Del Olmo y un servil Ministerio Fiscal deducen que tuvo que ser de eso, porque había papeles encima de la mesa. El motivo de amalgamarle es, sin embargo, bien distinto a la banal circunstancia de que pasaba por allí: Parrilla fue uno de los agentes que pudo oír a Emilio Suárez Trashorras explicar en Avilés que El Chino le había dicho que conocía a los etarras detenidos en Cañaveras cuando conducían la caravana de la muerte. Se trataría de erosionar al máximo su imagen y credibilidad ante la más que probable hipótesis de que sea propuesto como testigo de alguna de las partes en la vista oral del 11-M.

Amalgamándolos al inspector González Clares apodado El Moro y a sus cómplices civiles en los delitos de tráfico de explosivos, tenencia de estupefacientes y acusación falsa contra una rusa a la que le metieron droga, los mandos de Interior, la Fiscalía y el juez han facilitado su tarea a los medios gubernamentales que no han cesado de presentar a Rivera y Parrilla como dos de esos «policías corruptos» que, a mayor abundamiento, urdían un «montaje para alimentar la teoría conspirativa sobre el 11-M» en comandita sobre EL MUNDO.

Vuelvo a retar públicamente al diario El País, acuñador de tan falsa moneda, a que demuestre dónde está «el montaje». ¿O es que fue acaso nuestro respetado redactor Fernando Lázaro quien eligió que la dinamita con la que se traficara fuera la misma Goma 2 ECO que oficialmente estalló en los trenes? ¿O quien escogió un paraje de Leganés a dos minutos en coche del piso en el que murieron los islamistas como el lugar para efectuar la entrega? ¿O quien seleccionó, de entre todos los policías de Madrid, a uno destinado el 11-M en la comisaría de Vallecas en la que apareció la sospechosa mochila número 13 como principal protagonista de esta trama mafiosa? Circunstanciales o no, todos estos hechos han quedado acreditados y no creo que nadie se atreva a poner en cuestión su relevancia.

No, aquí el único «montaje» ha sido el de la amalgama. La decisión política, instrumentada por la Fiscalía y consumada por el juez, de meter en un mismo saco sumarial tres asuntos tan diversos como un inquietante caso no resuelto de tenencia y trasiego de explosivos, un rocambolesco episodio en el que la obsesión de un abuelo por proteger a sus nietos de los naufragios de sus padres en el mundo de la droga le hace perder la cabeza y contratar a El Moro y sus hampones para que tiendan una trampa a su nuera rusa, y, por último, un hipotético delito de revelación de secretos, ciertamente cogido por los pelos.

A menos que se demostrara o encontrara algún indicio de que la Goma 2 ECO estaba destinada a un grupo terrorista, la Audiencia Nacional no sería competente para investigar ninguno de estos tres asuntos e, incluso en ese supuesto, la conexidad brillaría por su ausencia. Tanto cuando -a raíz de las escuchas ordenadas para investigar el tráfico de dinamita- Del Olmo descubrió la detención prefabricada de la rusa como cuando supo que el inspector Rivera andaba haciendo pesquisas por su cuenta y hablaba con un periodista de EL MUNDO, lo procedente habría sido deducir testimonio de ambos asuntos, trasladándolos a los juzgados ordinarios de la Plaza de Castilla.

Pero la tentación para el incompetente magistrado debió de ser irresistible y la impunidad de Garzón tras el muy similar guiso en el que cocinó a los peritos sin duda contribuyó a ello. Ya que no era capaz de descubrir nada sobre la dinamita, bien podía colgarse la medalla de resolver el caso del abuelo ofuscado. Y en cuanto a lo del presunto confidente de EL MUNDO, ese periódico que tantas veces ha criticado su catastrófica instrucción del 11-M... bien, la venganza es un plato que se sirve frío. Ya que pinchó en hueso cuando hace un año intentó empitonar al director con una imputación de desobediencia tan ridícula como su propia forma de entender la función jurisdiccional, al menos podía fastidiar ahora a un distinguido redactor, poniéndole en la picota de la prensa gubernamental y segándole la hierba bajo los pies al enchironar a dos de sus presuntas fuentes informativas. ¡Ay, Del Olmo, Del Olmo, a qué degeneraciones lleva ese encarnizamiento sin tregua ni cuartel con la sintaxis!

Una vez más este juez ha sido, como el provinciano Herman, el tonto útil de la película y será quien quede en evidencia cuando una instancia superior revoque sus medidas draconianas y le obligue, como a Garzón, a apartarse del asunto. Pero de sobra sabemos que la cocinera de esta olla podrida, en la que se ha echado todo lo que había a mano, ha sido una Fiscalía -férreamente controlada, a través de Javier Zaragoza, por Cándido Conde-Pumpido- que, en lo pequeño y en lo grande, en lo personal y en lo colectivo, hace tiempo que le tiene declarada la guerra a EL MUNDO. Sin esos criterios e instrucciones de nuestro Fouquier-Tinville gallego ni se hubiera producido la amalgama, ni se habrían divulgado en un auto judicial las conversaciones privadas de un periodista con sus fuentes. ¿Cómo se puede comprender que haya existido mucho más celo a la hora de proteger la intimidad de un político sentimentalmente atrapado entre los pliegues de la operación Malaya que el derecho a la información de los lectores de Fernando Lázaro, obviamente dañado por la divulgación de las conversaciones con sus fuentes? Y está claro que no me quejo de lo uno sino de lo otro.

En todo caso, tal y como sigue quedando bien patente bajo el lifting de su nuevo estatuto, el Ministerio Público no es sino el ejecutor de la política del Gobierno en materia criminal. Esto sirve para los principios generales, pero también para las particulares mezquindades. No estoy diciendo que en este episodio Rubalcaba haya desempeñado el vil papel de Robespierre respecto a Danton y sus compañeros -entre otras cosas porque sería verdaderamente excesivo equipararlo en un mismo año a Fouché y a su más detestada némesis-, pero es indiscutible que el menú y las recetas de la comilona judicial contra Lázaro y sus supuestos informantes salieron del Ministerio del Interior y que los pinches de cocina contaron allí con el aliento y beneplácito de los más veteranos y acreditados chefs.

Ya que se acerca la Navidad, vamos a aceptar que el ministro en persona haya sido ajeno a los hechos y que el suyo sea, en realidad, un caso de recurrente mala suerte: baste que una y otra vez proclame su empeño en demostrar su neutralidad institucional, aceptando que una de las piedras de toque claves para juzgar su sinceridad son las relaciones con EL MUNDO, para que una y otra vez desde su departamento no dejen de hacernos todo tipo de putadas.

En todo caso, este no es un asunto personal ni de los amalgamadores ni de sus jefes. El comportamiento de la Policía, al igual que el de la Fiscalía, no es, en definitiva, sino el reflejo de las prioridades y problemas del Gobierno al que está supeditada. Puede que a Fernando Lázaro le tuvieran especiales ganas por el descubrimiento del chivatazo, las primeras noticias sobre Cartagena, la localización de Nayo, las noticias sobre la presunta conexión de El Chino con ETA y tantas otras páginas notables del periodismo de investigación de estos últimos años. Pero eso no es más que la fachada de este vergonzoso asunto que ha desembocado, efectivamente, en la escandalosa circunstancia de que haya dos policías en la cárcel por hablar con un periodista para contribuir a que se persiga un delito y ninguno por hacerlo con ETA para ayudarle a que los suyos queden impunes.

La verdadera trastienda es la de un presidente del Gobierno que tampoco en los últimos 15 días ha sido capaz ni de contestar a mis tres elementales preguntas sobre el 11-M -¿hará falta que vuelva a repetírselas?- ni de encomendar a nadie que lo haga por él. Teniendo en cuenta que, entre tanto, la significativa denuncia del propio Cartagena ante la Audiencia ha puesto de relieve un nuevo episodio -el encargo que recibió de «acercar» a Zougam a El Tunecino- que confirma que todos los eslabones clave de la trama del 11-M fueron soldados por inspiración policial, parece pertinente advertir que también ese sumario está amalgamado y preguntarse por consiguiente: ¿Quién lo desamalgamará? Porque el desamalgamador que lo desamalgame, buen desamalgamador será. Mañana mismo seguiremos intentándolo nosotros con el entusiasmo, la tenacidad y la buena voluntad de siempre.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
La revolución francesa fue un episodio de demagogia que corría por el Sena entre las dos orillas. Nuestro Sena es la prensa y las televisiones, demagogia de la tinta y de las ondas. ¿Será capaz nuestra democracia de abandonar la demagogia en breve y pacíficamente?
Anónimo ha dicho que…
Como es posible que varios jueces, diferentes fiscales, los cuerpos policiales, los TEDAX, el CNI, ETA y la practica totalidad de los medios de comunicación se han puesto de acuerdo para urdir esta trama, para dar un golpe de estado.

¿Conducen todos en dirección contraria por la autopista del 11M? o es el periódico EL MUNDO el que conduce de forma suicida.

Confío en PJ, el periodista más importante e influyente de la democracia, pero prefiero pensar que esta vez equivoca, por que si tuviera razón (los hechos parecen dársela), las cloacas del estado estarían mas llenas de lo que todos pensábamos

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