'Supermán' Zougam

15-03-07



JUICIO POR UNA MASACRE / La identificación

'Supermán' Zougam


Cuatro testigos le sitúan en tres trenes diferentes, en horas distintas y con una descripción física dispar

JOAQUIN MANSO

MADRID.- Supermán Zougam. Un hombre cargado con tres mochilas con 10 kilos de explosivos en cada una y una férula de escayola en la nariz se sube al tren en Alcalá de Henares y abandona una de las bolsas. Se baja en San Fernando y, tras retirarse esa molesta prótesis y cambiarse de chaqueta, toma el Cercanías que pasa cinco minutos después y deja un segundo fardo... Todavía con un bulto al hombro, se apea en Coslada, se cala un gorro de lana, se lía una bufanda... y por tierra o aire, quién sabe, se lanza para alcanzar en Vallecas -por ejemplo- un tercer convoy que le lleva 10 minutos de ventaja, donde por fin se deshace de su pesada carga y, cumplida su misión, desciende en Entrevías.

La combinación de los testimonios que la Fiscalía consideraba que tenían credibilidad suficiente como para ser propuestos en el juicio oral con objeto de incriminar a Jamal Zougam ofrece un resultado imposible. Cuatro testigos sitúan al acusado en tres trenes diferentes, en horas distintas y con una descripción física dispar. Casualmente, se da esta circunstancia con el primer procesado cuya imagen fue difundida por los medios de comunicación: el rostro de Zougam abrió telediarios y copó portadas desde dos días después de la masacre.
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La testigo protegido X-11 dice haber visto a Zougam -«sin ninguna duda»- apeándose con un gorro y una bufanda en la estación de Entrevías. Ese tren había salido de Alcalá a las 7.05 horas, minutos antes que los otros dos convoyes en los que se sitúa al acusado. Si ese Cercanías iba por delante, ¿cómo pudo Zougam tomarlo tras haber dejado las mochilas en los otros dos, que estallaron varias estaciones antes de llegar a Entrevías?

X-11 participó en un primer reconocimiento fotográfico el 13 de octubre de 2004, siete meses después del atentado. Después, realizó una rueda de identificación en la que ya no señaló a Zougam, sino a otro procesado que había aparecido en los periódicos: Abdelmajid Bouchar. Ya en el juicio, decidió quedarse con Zougam.

Descartado que el testimonio de X-11 sea compatible con los restantes, la relación espacio-temporal sí hace posible que combinen el del testigo A-27 (que vio a Zougam en el tren que estalló en El Pozo) con los de las compañeras de trabajo C-65 y J-70 (que lo sitúan en el que explotó en Santa Eugenia).

La secuencia encajaría si el acusado hubiese tomado, con dos voluminosas mochilas al hombro, el Cercanías de la línea C1 que partió de Alcalá a las 7.10 horas, se hubiese apeado en Torrejón o en San Fernando (donde A-27 dice haberse percatado de que Zougam ya no estaba) y hubiese cogido, cinco minutos después, el siguiente tren, de la línea C7. De hecho, la testigo C-65 señaló el martes que pudo ver al procesado en el tramo entre San Fernando y Coslada.

Siendo verosímil, esta hipótesis presenta algún problema de credibilidad. A-27 (el único testigo que dice haber reconocido a Zougam antes de que su fotografía fuese difundida) afirmó que el acusado llevaba una chaqueta marrón y una férula de escayola en la nariz. C-65 y J-70 vieron un abrigo de tres cuartos gris y un rostro sin prótesis que dificultase su identificación. La primera de estas dos testigos declaró en la Policía un mes después del atentado; la segunda, que era compañera de trabajo, lo hizo cuando ya había pasado más de un año.

A-27 también aseguró que le llamó la atención que Zougam llevase «una bolsa azul de grandes dimensiones». Más se hubiese sorprendido si, en lugar de una, el sospechoso hubiese portado dos... Siempre queda la posibilidad rocambolesca, nunca antes apuntada y contradictoria con los informes policiales, de que un terrorista esperase al acusado en Torrejón o en San Fernando para entregarle otra bomba.

Además, el testigo A-27 dijo dos días después de la masacre que Zougam dejó su bolsa en el piso inferior del convoy... En ese tren, la bomba estalló en el superior. El martes quiso desdecirse, para luego reconocer que, tres años después, ya no se acordaba.

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