Abierta como una res

27-03-07



A SANGRE FRIA

Abierta como una res


David Gistau

El presidente Gómez Bermúdez parece ocupar una cofa en la que apenas nada escapa a su vigilancia. Ni las irregularidades procesales, ni los movimientos entre el público o dentro del habitáculo. Por la mañana, detectó la caricatura explosiva de Mahoma estampada en una camiseta con que una víctima de la asociación de Pilar Manjón se sentó en la fila inmediata al cristal blindado. Por orden suya, la mujer fue desalojada e identificada para comprobar que no estuviera intentando transmitir un mensaje a los acusados. No había tal: tan sólo se trataba del intento de desahogar la rabia contenida, antes que de provocar, de una mujer que perdió a su marido en el 11-M y a la que el incidente volvió a abrir heridas anímicas que los psicólogos y sus compañeros de asociación se emplearon en suturar.
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Por la tarde, otro detalle obligó a intervenir a Gómez Bermúdez cuando, con un tono casi socarrón, reprochó al abogado de Trashorras que revelara el nombre de un testigo protegido cuya identidad, como el propio presidente reconoció, en realidad no era ningún secreto: la del confidente Lavandera. El que fue portero y adiestrador de serpientes en el club Horóscopo de Gijón ha recorrido, hasta alcanzar el búnquer de la Casa de Campo donde Trashorras y Toro se mofaron a mandíbula batiente de cuanto dijo, un camino especialmente tortuoso y cargado de dolor en el que no han faltado amenazas realizadas por individuos que se identificaron como policías e intentos de asesinato a bomba y a bala. La catadura de la gente que puso a Lavandera en los contratos de los matones queda retratada por la ocurrencia sádica de enviarle unas fotografías de la autopsia de su mujer -abierta como una res- que se habría suicidado en el Cantábrico al no soportar la presión de saber que, para extorsionar a Lavandera, alguien urdiera hacer con ella y con sus hijos lo que Vito Corleone con la cabeza del caballo.

Las informaciones que Lavandera sacó desde 2001 del club Horóscopo, y que sustentaron la operación Serpiente, le propiciaron innumerables enemigos cuando ya «hasta el electricista» del club le tenía calado como confidente, a raíz de una indiscreción policial.

Obligado a «sospechar de todos», Lavandera reconoció que para ajustar cuentas con él había formada una cola como la de la pasajera histérica de Aterriza como puedas, en la que lo mismo había rumanos, que colombianos, que asturianos del lumpen del tráfico de drogas y explosivos, que elementos de la presunta trama policial que le habría prohibido mencionar los trapicheos con ETA de los que se ufanaba Toro «por darse importancia en el club». En este sentido, en la sala asombró el desparpajo con que Toro le habría mostrado, nada menos que junto a una comisaría, un cargamento de Goma 2 ECO contenido en el maletero del Xsara. Con que habría ofrecido explosivos «a diestro y siniestro» con una sensación de impunidad. Incluso cuando Manolón negó ayer las confidencias de Trashorras respecto al interés de El Chino por los explosivos, se instala de nuevo la sospecha de que el 11-M fue posible en parte por la negligencia y cierta tolerancia ante los delitos de perfil bajo: «algún minero» con «cuatro cartuchos» que colocar. Y sólo luego, ante el estruendo del peor atentado de la Historia española, se reparó en que había que sellar los cabos sueltos que delataban una conducta culpable por omisión que ya no había forma de disimular como cuando se trataba del menudeo de «moritos del hachís» y de bandarras de puticlub.

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