Las víctimas de la asociación de Manjón piden «responsabilidades políticas» al Gobierno de Aznar

18-04-07




Juicio por una masacre / Día 26

Las víctimas de la asociación de Manjón piden «responsabilidades políticas» al Gobierno de Aznar


La sesión de ayer fue intensa y emotiva: comparecieron seis víctimas, que ofrecieron un testimonio desgarrador. Otro testigo reveló que, días antes del 11-M, la Guardia Civil ya le preguntó por Trashorras y 'El Chino', y que la Policía lo omitió en la declaración que envió al juez. Hoy testifica Miguel Angel Santano.


MADRID.- A las 16.00 horas de ayer parecía que, por fin, los primeros rayos de sol de la primavera empezaban a alegrar Madrid. En la cola para acceder al recinto de la Audiencia Nacional en la Casa de Campo podían verse ya algunas atrevidas mangas cortas. El ambiente en el interior parecía haberse contagiado de ese buen tiempo, como si la novedosa luminosidad que llegaba a través de los cristales ahumados de la sala de audiencias estimulase al público, y a los propios procesados, a regocijarse en un bullicio inusual. Una hora y 20 minutos después, llovía intensamente en una ciudad de color gris. Y allí, todo era silencio.

En la vigesimosexta sesión del juicio por la matanza terrorista, declararon, por fin, las víctimas. Fueron seis, propuestas todas por la Asociación 11-M Afectados por Terrorismo, que preside Pilar Manjón. (.../...)

Alvaro Vega. «Su cuerpo cada vez está más rígido, más deformado».

La primera víctima en comparecer fue Alvaro, hermano de Laura Vega. Desde el 11-M, Laura se encuentra «en estado vegetativo permanente», del que posiblemente no saldrá nunca: «Los médicos han sido algo ambiguos. Se ve que hay muy pocas posibilidades de que llegue a mejorar. Si mejora algo, podría llegar a un estado de mínima consciencia, lo que quizá sea aún peor», explicó Alvaro.

Con resignación describió que «su cuerpo lo tiene cada vez más rígido, más deformado...». No está, sin embargo, inerte: «Sufre. Cuando bosteza, le cuesta que la mandíbula vuelva a su sitio».

Alvaro también expresó su queja por el contenido y la oportunidad del reportaje que el suplemento CRONICA de EL MUNDO publicó sobre su hermana el pasado 11 de marzo.

Y cuando terminó de hablar, ya no entraba la luz por las ventanas.

Antonio Miguel Utrera. «Era como un baile de sonámbulos».

Antonio fue ayer la imagen de la tragedia: un oficial y un agente judicial tuvieron que ayudarle a desplazarse hasta la silla de los testigos. «Tuve dos coágulos de sangre que me produjeron tres infartos cerebrales que dejaron mi parte izquierda sin movimiento», manifestó. La explosión del tren de Téllez le dejó sordo y estrábico.

Pero hay consecuencias más sutiles, y quizá más terribles: «Tomo pastillas contra la depresión y voy al psiquiatra una vez cada 15 días o cada mes. Mi relación con la Humanidad choca. Me he convertido en un misántropo». Antonio tiene 21 años.

Evocó, con cierto patetismo, cómo vivió los instantes que siguieron a que la bomba estallase. Así, trajo a la memoria cómo pudo ver «a gente deambulando. Era como un baile de sonámbulos... Mucho silencio, una sensación muy triste, muy rara. La gente caminaba sin mirarse. Miraban a la nada».

Ya en aquel momento, la sala escuchaba en silencio y con emoción contenida, y los procesados cruzaban en el habitáculo blindado miradas de desconcierto.

Antonio habló, por primera vez, del Gobierno de Aznar: «Reclamo la máxima pena para los culpables y responsabilidades políticas entre los miembros del anterior Ejecutivo».

Francisco J. García-Castro. «¿Quién ha hecho esto en nuestro barrio?».

«Sentí una gran rabia. ¿Quién puede haber sido capaz de hacer esto en nuestro barrio, en un barrio obrero. En Vallecas, en El Pozo del Tío Raimundo... Un barrio emblemático, que se ha distinguido en la lucha de los trabajadores... ¡Y que hagan esto en un tren cargado de estudiantes, de trabajadores, que lo único que hacen es aportar a la sociedad su esfuerzo...!». Francisco Javier terminó su testimonio con este manifiesto escalofriante de la incomprensión hacia la sinrazón terrorista.

Era la conclusión inevitable de la sucesión de imágenes vívidas que había descrito, con precisión sobrecogedora, al tribunal. Cómo le llamó su mujer, herida, desde la estación de El Pozo; cómo llegó allí «en dos minutos»; cómo él, y su hija de 16 años, vieron «a la derecha, una hilera de cadáveres, y a su lado, una montonera de personas amputadas, evisceradas... muertas»; cómo se puso a buscar a su esposa, dentro de los trenes, y entre las vías; cómo retiró de la cara de un joven la espuma de un extintor que «lo estaba asfixiando»; cómo le seguía su hija «llorando, gritando, recibiendo todas las impresiones de lo que allí se vivió», y cómo a él, también, le llamó «mucho la atención el silencio, entre tanto horror, aquella mañana tan fría».

Fuera, en la calle, empezaron a oírse los primeros truenos.

Por fin, la encontró. «La vi de lejos. Había bajado por debajo de las vías y salido por el lado contrario. Nos abrazamos los tres y lo primero que dije fue: '¡Qué suerte hemos tenido, María!», relató, entre sus primeras lágrimas, Francisco.

Isabel Casanova. «Era el cumpleaños de mi hijo mayor».

La de Isabel fue la declaración más breve. No por ello menos intensa. «Mi hijo y mi ex marido murieron en el tren de Santa Eugenia». Otro de sus hijos, el mayor, la llamó esa mañana: era su cumpleaños y su padre y su hermano aún no lo habían llamado. «Mamá, pon la tele», contó que le dijo.

Isabel también reclamó: «Cadena perpetua para todos los presuntos asesinos, responsabilidad para los gobernantes de ese momento y respeto a las víctimas». El resplandor de un relámpago sobrecogió a la sala.

Jesús Ramírez. «Pensé que había explosionado yo».

Jesús tampoco habló mucho. Tirando de amor propio, participó a los presentes de las secuelas físicas y psíquicas que padece desde el 11-M. «Tengo lagunas de memoria. Voy al psiquiatra y tomo muchos medicamentos. He sufrido varias operaciones; al partirse el tren, me partió el omóplato y quedé atrapado entre dos vigas», detalló.

Narró, mientras las primeras gotas de lluvia impactaban en los cristales, cómo subió a la segunda planta del tren de El Pozo y, cuando vio un asiento libre, «estalló la primera bomba. Caí encima de un señor y le pedí disculpas. Pensé que había explosionado yo. Estalló la segunda bomba y perdí el conocimiento».

Jesús también reivindicó: «Mi principal reclamación es que se haga Justicia, y lo que sea pertinente».

Eulogio Paz. «A cuenta de las Azores nos van a dar un pepinazo».

El ex marido de Pilar Manjón, Eulogio Paz, cuyo hijo Daniel, de 20 años, falleció en el tren de El Pozo, fue el más combativo de todos. Recordó cómo se enteró de los atentados y que llamó a Pilar. «Estaba llorando y me dijo: 'Me quiero morir'». Después, contó su desesperado recorrido por los hospitales.

«Cuando iba buscando a mi hijo, pensaba en algo que yo solía decir: 'Aquí, a cuenta de las Azores nos van a dar un pepinazo'. Y nos lo dieron», indicó. Fue entonces cuando apuntó que había leído un texto de «la FAES, la fundación que preside Aznar, que a principios de 2003 ya decía que 'cabe esperar el recrudecimiento de la amenaza terrorista si se produce el ataque a Irak, especialmente en los países que intervengan'».

También señaló que «el mismo Aznar, en un libro, dice que 'no fui consciente de la amenaza del terrorismo islamista'. Si eso es así, el Gobierno [de entonces] tendrá que asumir sus responsabilidades». Así que, concluyó con voz firme: «Reclamo cadena perpetua para los que el tribunal considere que son los culpables del asesinato de mi hijo y las responsabilidades políticas de los que gobernaban entonces».

Terminó y se produjo un silencio de varios segundos. El cielo de Madrid, como si hubiese estado aguantando, rompió a llover, y en la sala se escucharon algunos sollozos. El presidente del tribunal lo entendió: «Creo que necesitamos un receso».


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