David Gistau: Plegarias no atendidas.


09-05-07



A SANGRE FRIA

Plegarias no atendidas

DAVID GISTAU

Había una información procedente de tres fuentes diferentes: Nayo, Lavandera y Zouhier. Había antecedentes del tráfico de explosivos concretados en la operación Pipol. Y estaban Toro y Trashorras, sospechosos habituales del hit-parade local cuyas actividades delictivas habrían llenado de chinchetas un mapa de Asturias y que voceaban para ofrecer sus 150 kilos de mercancía como si vendieran sandías en la plaza del pueblo. Aun así, la Guardia Civil no fue capaz de intervenir para impedir el atentado cuando todavía estaba en una etapa embrionaria. En parte, como le dijeron al capitán Pedro Marful sus superiores, porque los confidentes no merecían crédito, dado su turbio pedigrí: a lo mejor esperaban que los mensajes procedentes del submundo los transmitieran académicos de la Lengua o pastores protestantes. Pero también, porque la investigación se encasquilló por culpa de una concepción estanca de las jurisdicciones correspondientes a las comandancias de Oviedo y Gijón que impidió armar con eficacia un grupo mixto que trabajase coordinado y lubricara los trasvases de datos. (.../...)

Según José Moya, presidente de la confederación de empresarios de la minería, el hurto de explosivos en pequeñas cantidades y destinados a actividades recreativas tales como la pesca tenía en Asturias una aceptación casi folclórica. Al menos hasta el 11 de marzo de 2004, fecha después de la cual se incrementaron en las minas las medidas de prevención del robo, como declaró ayer José Luis Bayona, jefe de Intervención de Armas. Esta tolerancia relativa, que habría permitido la acumulación por goteo de una cantidad grande de explosivos, a buen seguro provocó también la dejadez de las dos comandancias mandadas por el actual general Laguna, cuyo ascenso después del atentado es otra más de las evidencias de que el principio de Peter aupó a los mandos relacionados con negligencias en el 11-M al nivel máximo de su incompetencia. En cualquier caso, y a pesar de los confidentes y de la ya famosa nota informativa cuya eliminación Víctor pediría al comandante Jambrina, el tráfico de explosivos robados en Mina Conchita no fue considerado como una prioridad por las comandancias asturianas. Que prefirieron centrar el acoso a Trashorras en el menudeo del hachís. Esta decisión introduce de nuevo una sospecha que ya ha sobrevolado otras sesiones del juicio y que estaría en el origen de buena parte de las negligencias: ya se tratara de El Chino o de Trashorras, las fuerzas de seguridad, incluidos controladores como Manolón, fueron víctimas del prejuicio de verlos tan sólo como delincuentes comunes, como malevos de cabotaje a los que nadie habría supuesto en la conjura del peor atentado terrorista de la Historia española. Por eso no se les vio venir. Y por eso, «a toro pasado», los guardias que dispusieron de la información y no supieron usarla con eficacia arrastran todavía ese punto de honra agraviada de saber que pudieron haber hecho más de lo que hicieron. Eso es algo de lo que incluso hablaron entre ellos, «a toro pasado», atentado cometido.


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