«Zapatero ya dice lo que otros le decían: Hay que derrotar a ETA»


17-06-07



ENTREVISTA / NICOLAS REDONDO, EN SU 80º CUMPLEAÑOS

«Zapatero ya dice lo que otros le decían: Hay que derrotar a ETA»


Es la Historia de España viva. Vió nacer la República, padeció la Guerra Civil, luchó en la clandestinidad bajo la dictadura, aupó a Felipe González al liderazgo del PSOE, encabezó tres huelgas generales y fue tildado de traidor cuando la reconversión industrial . Es, pese a quien pese, uno de los grandes símbolos de la izquierda española

VICTORIA PREGO

MADRID.- Nicolás Redondo, ex secretario general de UGT, cumplió ayer 80 años y recibió un homenaje de su sindicato en el que participó el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.

En una entrevista con EL MUNDO, el histórico sindicalista rompe su silencio y analiza la actualidad, sin eludir las críticas al presidente del Gobierno y al llamado proceso de paz. Así, asegura que «Zapatero ya dice lo que otros decían: Hay que derrotar a ETA».

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Por fin alguien se ha decidido a rescatar públicamente la impecable trayectoria de este hombre que lleva toda su vida batallando contra la injusticia y por la libertad. Por fin se le levanta el castigo del ostracismo al que demasiados miembros de su partido le tenían sometido desde hace casi dos décadas por haber plantado cara -cara sindical- a los sucesivos gobiernos del PSOE. Las huelgas generales de 1988, 1992 y 1994, en las que participó como secretario general de UGT, le han costado el destierro moral y a punto han estado también de enterrar para siempre su memoria. Pero ayer, que cumplió 80 años, José Luis Rodríguez Zapatero, su secretario general, acudió a restañar un poco las heridas abiertas en su ánimo por tantas puñaladas.

PREGUNTA.- Ya era hora, señor Redondo, de que se acordaran de usted.

RESPUESTA.- Bastante imprevisto ha sido todo esto ¿eh? y yo me enteré un poco de casualidad.

P.- Parecía que se le hubiera tragado la tierra. Y ahora emerge usted, o le hacen emerger, porque cumple 80 años.

R.- Hombre, es verdad que yo he estado un poco distanciado. Sigo siendo militante de la UGT y estoy afiliado al PSOE, pero desde aquella famosa huelga del 1988, algunas gentes del partido y del Gobierno se quedaron con un cierto resentimiento. A aquello, el que un sindicato socialista protestara ante medidas de un Gobierno socialista, se le dio un valor de tragedia griega. Un hecho natural pasó a ser casi un problema de familia. Muy dramático todo ¿eh? Bueno, el hecho es que estuve distanciado.

P.- Pero ahora le han hecho un homenaje.

R.- Y decidieron invitar al jefe del Gobierno, Zapatero, también en su condición de secretario general del partido. Yo tenía mis dudas, pero sí que aceptó venir.

P.- Él es ya de otra generación.

R.- Pero merece mucha estimación lo que ha hecho. Ha sido valiente. Él no desconoce lo que se ha dicho en algunos libros publicados con declaraciones de los ministros [de Felipe González] en las que yo he salido muy mal parado y en las que se ha dicho de todo. Por ejemplo, que mis diferencias con Felipe fueron de tipo personal porque yo quería poner a mis hombres en el Gobierno. Han sido duros ¿eh? Y él tiene que saber todo eso. Yo estimo mucho el que haya venido.

P.- Aquella huelga del 88 se produjo hace 20 años. ¿Aún no se la han perdonado?

R.- Me parece que, después de tanto tiempo, [los antiguos dirigentes socialistas] no han sido capaces de analizar la situación y decir «a ver en qué punto nos equivocamos y si en esta equivocación se podrían considerar legítimos los comportamientos de la UGT». Eso no se ha discutido. Y se han dicho cosas tremendas. ¡Me pusieron todos...! En el libro que hemos sacado vienen las declaraciones que se han hecho sobre mí (sonríe).

P.- ¿Usted ha encontrado una explicación a tanta hostilidad?

R.- Explicaciones sí que buscas, aunque yo quiero olvidarlo. Alguno dice también que yo estaba frustrado por no haber salido elegido en Suresnes secretario general del PSOE (se ríe).

P.- Pero si fue usted quien no quiso serlo y se empeñó en que lo fuera Felipe González...

R.- Claro, yo no quise (se ríe) y tuve que convencer a más de uno, que me llamó de todo (se ríe).

P.- Parece inaudito que eso todavía dure.

R.- Pues sí que dura, sí. Yo no digo que él sea culpable, ni mucho menos, pero el hecho es que no nos hablamos. Se crea una especie de muro psicológico que no sabes qué sentido tiene pero que está ahí. ¡Es increíble pero es así! Pero yo lo entiendo. A mí no me crea ningún problema de resentimiento. Tiene uno ya muchos años.

P.- A estas alturas, ¿se arrepiente de haber convocado aquella huelga, dado el precio personal que ha pagado ante su partido?

R.- No, no. Hombre, siempre te preguntas ¿podría yo haber obrado de otra manera? Pero si crees en lo que has estado defendiendo, no te puedes arrepentir y menos avergonzar de ello. Pero es que, además, conseguimos bastantes contrapartidas. Desde el punto de vista de nuestras reivindicaciones, fue una huelga muy rentable.

P.- ¿Los sindicatos eran los invitados pobres a la mesa del crecimiento económico del país?

R.- Un poco sí. Al principio nos decían que la situación era muy mala y que no era conveniente aceptar nuestras reclamaciones. Nos decían «tenéis que esperar a que crezca la tarta». Y cuando nosotros decíamos «oye, que la tarta ya ha crecido ¿qué pasa con lo nuestro?», contestaban «ah, pues no, tampoco es el momento, tenéis que esperar porque es que ahora la economía está recalentada» (se ríe). Y oye, ¡que nunca tocaba!

P.- Pero usted en todo este tiempo no ha protestado. ¿Por qué?

R.- Porque no me importa. Al contrario, a mi edad, yo ya lo que quiero es estabilidad, una novelita, pasear, y cosas así. Aunque creo que la gente que más distante está de mí es la gente de edad, a la que se les ha contado que, para una vez en la Historia que el partido Socialista llegaba al Gobierno, yo, por mi carácter duro e intransigente, hice lo indecible para derribar ese Gobierno. Y la gente lo creyó. Yo lo he visto. De hecho, Felipe González, reunido con sus diputados del Congreso, les habló, refiriéndose a nosotros, de cómo los sindicatos ingleses se habían cargado al Gobierno laborista de Callagham. Tengo los recortes de prensa. ¡Fue toda una campaña!

P.- Ante el resto de la sociedad española sigue usted conservando un enorme prestigio. ¿No le gustaría poder rehabilitar su figura dentro de su partido?

R.- Yo creo que eso se resolverá cuando me muera. Entonces ya verás tú el epitafio. ¡Me pondrán el puño y la rosa y todo! ( se ríe). Pero mientras tanto, pues no. Por eso, lo de ayer [el homenaje] no es ninguna vanidad pero sí ha sido la satisfacción de que haya acudido el secretario general de mi partido.

P.- Celebramos ahora sus 80 años pero también los 30 años de las primeras elecciones. ¿Cuál es su juicio sobre la Transición y sobre lo que algunos llaman el «pacto de silencio» que supuso el no pedir cuentas por el pasado?

R.- Me parece que fue un proceso muy positivo. Hay gente que no estaba de acuerdo con una Transición pactada, pero el pueblo se manifestó de otra manera. Puedes pedir más, efectivamente, se puede idealizar todo lo que se quiera. Algunos dicen «oiga, es que no hubo ruptura». Pero ¿es que era posible realmente una ruptura?

P.- ¿Usted qué cree?

R.- No era posible, hubiera sido un salto en el vacío. Porque la realidad era que quienes defendían el régimen franquista no tenían la fuerza suficiente para imponer su modelo. Pero es que las fuerzas de oposición tampoco tenían la fuerza suficiente como para haber podido imponer el cambio radical. Luego se imponía la negociación.

P.- ¿También en lo sindical?

R.- En el campo sindical no hubo una reforma, sino una verdadera ruptura. Allí se llevó a cabo un auténtico desmantelamiento de las estructuras sindicales franquistas y, desde esa ruptura, se construyó un sindicalismo libre y democrático. Además, conseguimos hacer una Constitución que, en lo social, estaba en condiciones de atender las exigencias de cualquier partido de izquierdas. Y nosotros negociamos y pactamos un Estatuto de los Trabajadores que, qué quieres que te diga, ¡que todavía sigue siendo el marco de nuestras relaciones laborales! No se ha modificado sustancialmente. ¿Cómo podemos no tener eso en cuenta?

P.- Pero usted se negó a firmar los Pactos de la Moncloa.

R.- Los Pactos de la Moncloa se firman porque los partidos políticos eran proclives al acuerdo y porque la situación económica era terrible. Un veintitantos por ciento de inflación, una crisis económica que no había por donde cogerla y un alto grado de conflictividad. Pero nosotros no los firmamos, primero, porque no habíamos participado en la negociación. Y, segundo, porque Abril Martorell pretendía que toda empresa que subiera los salarios por encima del 23%, que era el índice de inflación, fuera autorizada a despedir el 5% de la plantilla. Y dijimos «no, no, no podemos aceptar eso. Sin embargo, es verdad que hay que buscar algo porque, si no, vamos ahorcados». Y fue cuando, después de muchas negociaciones, el acuerdo dio lugar al Estatuto de los Trabajadores.

P.- Usted sigue viviendo en Portugalete. ¿Han cambiado para usted las cosas?

R.- Bueno, para empezar a mí me han tenido que poner escolta hace dos años. Estuve sin escolta muchos años, desde que dejé de ser secretario general de UGT. Pero en una detención de uno de ETA vieron que me había seguido, que ya informaba de dónde tomaba yo los vinos y que decía que iba sin escolta. El tío daba todos los detalles sobre mí, pero esos datos ya estaban en manos de los del comando operativo. Y me pusieron escolta.

P.- ¿Cómo es ahora la realidad de la calle?

R.- A mí no me parece discutible lo que se ve en la calle. Es verdad que no había asesinatos, pero al mismo tiempo esta gente ha tenido una actitud mucho más ofensiva, ha tenido más fuerza y más capacidad de manifestar sus pretensiones. Este tiempo de la tregua lo han aprovechado en su favor y, bajo mi punto de vista, están en una situación mucho mejor para ellos de la que tenían. Ahora están muy crecidos, y antes no lo estaban.

P.- Los terroristas han roto la tregua ¿Qué hay que hacer ahora?

R.- Bueno, hay una demanda evidente de la opinión pública que dice «oigan, pónganse ustedes de acuerdo, que con esta amenaza esto no puede seguir así». Ésa es una exigencia que los partidos no pueden defraudar. Y ha habido unas manifestaciones claras del presidente del Gobierno mucho más contundentes y más firmes, diciendo ya que iba a derrotar a ETA. Todo esto evidencia que ha llegado a la conclusión de que ETA no se ha movido, que sigue en las mismas exigencias políticas de siempre. Ahora, que también te digo que vamos a ver si esto dura, pero creo que este paso que ha dado el presidente hay que mimarlo. Hay que apoyar plenamente a este Gobierno. Un apoyo no es una adhesión, no hay que apoyarle con los ojos cerrados. Almunia lo hizo así, le dijo a Aznar «yo le voy a apoyar, pero no voy a hacer seguidismo de su política». Y, en esta ocasión, o se apoya al Gobierno, o vamos a andar muy mal.

P.- ¿Apoyo para hacer qué?

R.- Pues para derrotar a ETA. Algunos se lo venían diciendo y él ya lo dice ahora. ¡Eso es lo que hacía falta, decir: «Oiga, nosotros vamos a derrotarles!». Hay quienes achacan al presidente del Gobierno que fue muy tímido cuando el atentado de Barajas. Bueno, puede ser, pero eso está pasado ya. A mí me satisfacen mucho las declaraciones tajantes del presidente. Ningún Estado de derecho podría conceder a un grupo terrorista lo que ETA está exigiendo, porque eso sería la ruina de ese Estado.

P.- En eso parecía que antes coincidían los dos grandes partidos, pero las cosas cambiaron.

R.- Es verdad que el Pacto Antiterrorista lo propuso Zapatero, pero luego creyó que era posible llegar a un acuerdo con éstos. Yo era escéptico y lo sigo siendo. Pero no podemos convertir esto en un problema teológico. El problema de la paz no puede ser un asunto basado en la fe. La fe no sirve para esto y los datos son los que son. Confundir las aspiraciones propias con la realidad es algo no funciona.

P.- ¿Cree usted que podremos desandar lo andado?

R.- Lo malo es que Batasuna ha conseguido que lo que antes eran aspiraciones exclusivamente suyas, hayan pasado a ser aspiraciones de muchas otras gentes, nacionalistas y no nacionalistas. Ahí tenemos, por ejemplo, a Izquierda Unida con su misma canción. Mucha gente ha dejado de discutir eso que ellos dicen, que el Estatuto de Guernica ya no sirve. Pero hay que poner coto a esto. No se puede convivir haciendo cesiones todos los días. Así no se convive.

P.- De modo que en su opinión la única vía es ...

R.- La de vivir y actuar con firmeza. Este pueblo tiene sensibilidades y características propias, y hay que respetarlo. Pero convivir con el nacionalismo no es ceder siempre ante el nacionalismo. Negociar no puede significar siempre dar.

P.- Después de tantos avatares vividos, ahora ya es usted libre.

R.- Soy libre, pero estoy preocupado. Siempre he creído en un Estado fuerte y democrático, responsable único de tutelar las prestaciones sociales. Y, tal como están las cosas, aquí podemos acabar armando un lío porque cada comunidad pretenda establecer su salario mínimo y su modalidad de pensiones. Y eso no puede ser. Nos estamos jugando mucho, y no sólo en el País Vasco. Por eso estoy preocupado.

«El movimiento obrero ya no existe»

P.- ¿Cuánto han cambiado las cosas en materia sindical? Porque los sindicatos ya no cumplen el papel que cumplieron entonces.

R.- Yo creo que los sindicatos están confusos, desconcertados. Tienen delante el asunto de la globalización y muchas veces se encuentran con que sus reclamaciones ni siquiera dependen de su Gobierno sino directamente de Bruselas. Y hay veces que no les queda más que la algarada y la manifestación. Pero están consiguiendo cosas como el incremento de los contratos estables, aunque me parece que deberían ser más exigentes en el tema salarial. Aquí hay un crecimiento muy estimable y creo que el reparto de lo que se está creando peca un poco de... en fin. Pero no me atrevo a juzgar eso.

P.- Lo que conocimos como el movimiento obrero ya no se ve por ninguna parte.

R.- Es que el sindicalismo aquél, que era masculino e industrial, está desapareciendo. El movimiento obrero para nosotros era la clase obrera organizada hacia una meta finalista, que era la conquista de una sociedad sin clases. Bueno, eso ha desaparecido. Entre otras cosas porque los propios partidos políticos ya no son partidos de clase. Al contrario, son interclasistas. Por lo tanto, ya nadie pretende hacer la revolución de la noche a la mañana. Lo que se pretende es hacer las sociedades capitalistas algo menos injustas. Aquella mitificación que hacíamos del movimiento obrero y de la clase trabajadora, hay que ponerla en entredicho porque es que ¡ya no existe!

P.- ¿Y no le parece que hay una nueva forma de explotación? Ahora hay multitud de jóvenes mal pagados y sin contrato estable. Les están chuleando.

R.- Sí, sí. Eso no pasaba antes. Pero es que, encima, las grandes doctrinas redentoras, el cristianismo, el comunismo, el anarquismo, el socialismo, también están en entredicho. Los jóvenes tampoco están ya en eso. Buscan soluciones de manera individual. Y si los jóvenes no son capaces de organizarse, si no son capaces de reivindicar, lo tendrán muy difícil. Las mujeres en ese sentido han hecho mucho más, ¡pero que mucho más! Los jóvenes son los que están pagando las consecuencias de esta situación. Aunque ése ya no es un problema de los sindicatos sino, sustancialmente, un problema de la izquierda. Pero en la izquierda ya no se teoriza sobre esto.

«Nicolás ha pagado el precio de ser mi hijo»

PREGUNTA.- ¿Su hijo Nicolás ha pagado el precio de ser su hijo?

RESPUESTA.- Creo que sí. Eso se ha escrito muchas veces, pero también es verdad que han pasado algunas cosas que... Un día me llama mi hijo y me dice: «Oye, papá, me ha llamado Aznar para ir a comer ¿No te importa acompañarme? Porque nunca he estado yo con él y tú ya lo conoces». Y era verdad, aunque yo nunca he estado con Aznar siendo él presidente del Gobierno. Las veces que he estado con él, él no tenía ninguna representación institucional, y cuando él la ha tenido, no la tenía yo. Así que, como no había ningún peligro de que pareciera que tenía un interés específico, pues le digo a mi hijo «sí que voy». Y Enrique Múgica [actual Defensor del Pueblo] fue también. Pero, oye, hay una filtración ¡y los de 'El País' me ponen a caldo! Dicen que aquello es la prueba de que hay una conspiración. La cadena Ser hace la campaña pertinente y es cuando Cebrián escribe un artículo tremendo. 'El País' venía a decir que yo había intentado no sé qué con la derecha. Entonces mi hijo dimite como secretario general del Partido Socialista de Euskadi.

P.- Sí que es un precio alto, la verdad.

R.- Pues sí. Un compañero socialista, amigo mío, me dijo de buena fe: «¡Qué raros sois los Redondo!» ¿Por qué lo dijo? Pues porque yo dimití de diputado y mi hijo dimitió de diputado, de secretario general y de miembro de la Comisión Ejecutiva. Eso en un país que es poco proclive a las dimisiones. Eso tenemos en común. Deben de ser los genes, no míos sino de su abuelo.

P.- Me parece que esa sintonía le gusta.

R.- Hombre, claro. Él me lo dice alguna vez: mira, yo seguiré de militante, viviré en el partido, moriré estando en el partido, pero el haber dimitido me permite ejercer una cierta función crítica de manera civilizada.

P.- ¿Su hijo y usted coinciden en el análisis de la situación?

R.- Pues sí. Es que los dos hemos tenido una intensa relación con mucha gente a la que ETA ha asesinado. Mi hijo se ha relacionado mucho con Fernando Buesa, Fernando Múgica, Enrique Casas. Tenemos mucha relación con los hijos de Fernando, con Maite Pagazaurtundúa. Y yo, cuando veo a tanta gente que ha luchado contra Franco y que está ahora así... Ibarrola, por ejemplo, con el que yo he estado en la cárcel. Y el otro, y el otro, y el otro... Ésas son las víctimas.

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