CARTA DEL DIRECTOR Sobre emperadores, periodistas, zorros y erizos PEDRO J. RAMIREZ


24-06-07



CARTA DEL DIRECTOR

Sobre emperadores, periodistas, zorros y erizos

PEDRO J. RAMIREZ


Este texto sirvió de base para la intervención con la que el director de EL MUNDO agradeció el pasado jueves en la localidad italiana de Santa Margherita Ligure la concesión del Premio Internacional de Periodismo Isaiah Berlin, instituido en memoria del gran pensador liberal que pasó allí buena parte de la última etapa de su vida.

I.- GUERRA Y PAZ EN EL NIEMEN

Este próximo lunes -mañana para el lector- se cumplirán 200 años de aquel mediodía en el que dos tripulaciones de remeros, cuyas barcas habían partido de las dos orillas del río Niemen, parecían competir por ver quién alcanzaba primero la enorme balsa construida justo en el centro de la frontera fluvial de Rusia. Sobre esa balsa se levantaba un pabellón cuyas dos puertas simétricas daban al escenario un aire inequívoco de comedia de enredo. Cada una de las puertas aparecía dominada por un águila imperial y por la inicial de la augusta persona que debía hacer su entrada a través de ella. A la puerta que se encaraba desde territorio ruso le correspondía la «A» y a la que se accedía desde la ribera dominada por los franceses, la «N».

(.../...)

Napoleón llegó primero y Alejandro cinco minutos después. Aún no habían transcurrido dos semanas desde la derrota rusa en Friedland y aquellos dos hombres pretendían aprovechar su armisticio para -como el propio Zar reconocería poco después al general Soult- «coger el globo terráqueo y repartirlo». Les unían su odio a los ingleses y su desprecio a los Borbones: en aquella entrevista en el río, a la altura de Tilsit, quedó, de hecho, bendecida la inmediata intervención francesa en España y Portugal.

La negociación fue un éxito. Ambos se piropearon hasta el borde mismo de la concupiscencia; pero el problema era que Alejandro quería ser Napoleón y Napoleón quería ser Alejandro. El joven Zar había sido educado en los principios de la Ilustración hasta el punto de sentirse republicano; admiraba el genio militar de Bonaparte y su proyecto de modernización de Francia y sólo le reprochaba su brutal comportamiento autocrático -digno de algunos de sus propios ancestros- en el secuestro y ejecución clandestina del Duque de Enghien y su decisión de ceñirse una corona no heredada. Napoleón veía en aquel apuesto monarca, al que comparaba con Apolo y con su actor favorito, Talma, la encarnación romántica del sueño imperial hacia el que, como conquistador y como gobernante, él mismo se sentía empujado por la mano del destino.

Rusia y Francia eran entonces dos imperios de muy diverso cuño. La estirpe de Alejandro Romanov -vigorizada por su abuela Catalina la Grande- llevaba en el poder ya más de dos siglos, durante los que había dominado despóticamente sobre una población en la que el 90% de las personas seguían siendo siervos, carentes de otros derechos que los que sus amos -la aristocracia, la Iglesia o el propio trono- tuvieran a bien otorgarles. Por el contrario la Francia de aquel Primer Imperio había brotado de las cenizas de la Revolución, a través de las catarsis de Thermidor y Brumario, conservando los recién adquiridos derechos civiles de todos los ciudadanos y enarbolando la bandera de la libertad como estandarte de sus conquistas «emancipadoras».

Sólo tendría que transcurrir un lustro para que el espíritu de Tilsit se desvaneciera y Napoleón volviera a cruzar el Niemen -pero esta vez del todo-, iniciando la invasión de Rusia y abriendo un segundo frente de batalla en Europa, en un movimiento precursor en sus errores del que acometería Hitler 130 años después, tras romper también el igualmente sorprendente pacto nazi-soviético. Es en ese escenario en el que transcurre la acción de Guerra y Paz y es sobre esa situación sobre la que Isaiah Berlin proyecta su interpretación inconformista de la Historia, empleando como herramienta la mirada cáustica de León Tolstoi.

II.- LOS DOS CONCEPTOS DE LA LIBERTAD

Tengo muchos motivos para estar agradecido al jurado que me ha concedido este Premio Internacional de Periodismo que ahora se me entrega en Santa Margherita Ligure, en memoria del gran pensador liberal ruso-británico, pero el mayor de ellos es sin duda haberme inducido a profundizar en su obra. Especialmente fascinante es el planteamiento de Isaiah Berlin en su ensayo El Erizo y el Zorro publicado en 1953. Parte de un fragmento del poeta griego Arquíloco: «El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una cosa grande». E inmediatamente clasifica a los más eximios escritores y pensadores en zorros centrífugos que exploran los más diversos horizontes de la condición humana, persiguiendo objetivos sin aparente relación entre sí e incluso contradictorios (Shakespeare, Montaigne, Aristóteles, Balzac, Joyce) y en erizos centrípetos que se aferran a un gran concepto, a una visión central -en cierto modo defensiva, como las púas del erizo- o a una única forma de mirar el mundo (Dante, Dostoievsky, Nietszche, Proust, Hegel). El caso de Tolstoi le parece lo suficientemente singular a Berlin como para no incluirlo en principio en ninguna de las dos categorías, pero enseguida nos invita a merodear zorrunamente con él -cual si de una indagación periodística se tratase-, en pos de su sentido de la Historia.

Es entonces cuando topamos con su mala opinión sobre el Zar Alejandro y los miembros de su Estado Mayor, quienes -según dice Berlin que dice Tolstoy- «están sistemáticamente engañándose a sí mismos cuando suponen que sus actividades, sus palabras, sus memoranda, sus resoluciones, sus leyes y todo lo demás son los factores motivadores que causan el cambio histórico y determinan los destinos de los hombres y las naciones; cuando en realidad no suponen nada: solamente la molienda del darse importancia en el vacío».

De acuerdo con esta percepción, «cuanto más altos están los soldados y los estadistas en la pirámide de la autoridad, más pequeño es el efecto de sus palabras y sus actos». Los verdaderos héroes del Moscú en llamas que pírricamente ocupan los franceses, son personas anónimas que actúan de acuerdo con sus más domésticos intereses, completamente de espaldas al significado histórico de sus actos. «En ninguna parte está el mandamiento de no probar el fruto del árbol prohibido del conocimiento tan claramente escrito como en el curso de la Historia. Sólo la actividad inconsciente es fructífera y el individuo que toma parte en acontecimientos históricos nunca entiende su sentido».

Así las cosas, no es de extrañar que el dúo Berlin-Tolstoi reserve las peores de sus opiniones para el propio Napoleón Bonaparte como prototipo de «quienes fingen ser capaces de comprimir la vasta multiplicidad de indescifrables causas y efectos de la Historia... en sus leyes 'científicas'». Ejemplo de «charlatanes» y modelo de «ciego liderando a otros ciegos», el heroico Bonaparte es para ellos el más «lastimoso» y «despreciable» de cuantos personajes componen el elenco de «la gran tragedia» de Guerra y Paz.

Napoleón fue un gran hombre -nadie discutiría esta afirmación-; pero ¿qué significa eso? Para deleite de Berlin, Tolstoi alega que el Emperador de los franceses no se enteró de nada de lo que pasaba durante la batalla de Borodino y que por lo tanto el que tuviera o no fiebre la víspera, sólo puede importarles a los cronistas de la banalidad. «Los grandes hombres -prosigue esta sonata a cuatro manos para dos pianistas escépticos- son seres humanos corrientes, lo suficientemente vanos e ignorantes como para hacerse responsables de la vida de la sociedad; individuos que prefieren ser culpados de todas las crueldades, injusticias y desastres justificados en su nombre, antes que reconocer su propia insignificancia e impotencia en el flujo cósmico que prosigue su curso, indiferente de sus deseos e ideales».

Lo más interesante de este demoledor enfoque es su profunda coherencia con la distinción entre «libertad negativa» y «libertad positiva» que pocos años después marcaría el cenit de la trayectoria de Isaiah Berlin como pensador de la sociedad abierta. Precisamente ahora se cumplirá medio siglo de aquel verano del 57 en que él comenzó a trabajar en la Pensión Argentina de Paraggi -el pueblo vecino a Santa Margherita- en la serie de conferencias que, en medio de una inaudita expectación, tratándose de un acontecimiento académico, pronunció un año más tarde en Oxford bajo el título de Dos Conceptos de Libertad.

Por un lado tenemos la gratificante libertad de los liberales, la que humildemente yo siempre he definido como «libertad con minúscula» y que Berlin bautizó con la sugerente paradoja de la «libertad negativa»: «Ser libre en este sentido significa no ser interferido por otros... La libertad política es simplemente el área dentro de la cual un hombre puede actuar sin la obstrucción de los demás... Cuanto mayor sea el área de no interferencia, mayor será mi libertad». Es Stuart Mill trasplantado al siglo XX: la libertad «frente a».

En el otro extremo del ring está la pretenciosa Libertad de los jacobinos, que en cierto modo emana de la Ilustración y terminará siendo prohijada por los socialistas y los comunistas, pero también por los nacionalistas e incluso por los fascistas. Todos la escriben con mayúscula. Es la libertad «para algo». Ese «para algo» incluye todo tipo de proyectos colectivos, desde la emancipación de los oprimidos, hasta la construcción nacional, pasando por la sociedad sin clases o el triunfo de la verdadera fe. Su denominador común es la absorción del individuo -¡en nombre de su derecho a la autodeterminación!- en una colectividad organizada cuyas autoridades se arrogan la capacidad de definir no sólo qué es lo que les conviene a sus miembros, sino qué es lo que en realidad anhelarían si hubieran conquistado ya plenamente la Libertad hacia la que se dirigen.

(Y déjenme hacer aquí un guiño irónico: ¿qué les parece que la principal causa del fracaso del estreno de Fidelio, la única ópera de Beethoven, planteada como un gran canto a la libertad por el aún rendido admirador de Bonaparte, fuera la huida de Viena de gran parte del público invitado como consecuencia de la entrada en la ciudad de las tropas napoleónicas?)

El contraste entre estas dos maneras de entender la libertad engloba muchos otros debates y el del papel del periodismo en la sociedad no es desde luego el más pequeño. ¿Somos perpetuos censores ejerciendo una constante labor de vigilancia y denuncia, un permanente contrapoder que complica la existencia a los demás poderes, o nos corresponde ser constructivos mediadores entre la opinión pública y los gobernantes, siempre que éstos hayan sido elegidos de forma democrática? Explicaré por qué me identifico mucho más con el periodismo «frente a» que con el periodismo «para algo».

III.- GERICAULT 'VERSUS' DELACROIX

Muchas de estas reflexiones se activaron en mi retina hace unos pocos días de forma elocuentemente plástica, al presentar en el Museo Thyssen de Madrid el número extraordinario de nuestra revista Descubrir el Arte que incluía una selección -caprichosa como todas- de las Cien Obras Maestras de todos los tiempos. Al llegar a la página en la que se reproducía La Libertad guiando al Pueblo de Eugène Delacroix, un reflejo de carácter defensivo -la noche anterior había estado leyendo a Berlin- me hizo echar de menos otro cuadro de técnica similar y composición muy parecida, pintado igualmente en París en ese primer tercio del siglo XIX: La Balsa de la Medusa de Theodore Gericault.

El foco principal de ambos lienzos lo constituyen sendos grupos piramidales de seres humanos enarbolando piezas de tela y otros objetos. Pero hay dos diferencias esenciales: los revolucionarios de Delacroix aparecen de frente -avanzan hacia nosotros- y, además de la bandera tricolor, esgrimen bayonetas y pistolas; en cambio los náufragos de Gericault están en su gran mayoría de espaldas -nos arrastran en su afán de salvación- y no blanden otras armas sino los harapos con los que tratan de llamar la atención del barco que se atisba en el horizonte.

Los revolucionarios de Delacroix avanzan pisoteando cadáveres. Sus rostros expresan la determinación de quienes saben lo que quieren. Son la vanguardia del pueblo en marcha. La Libertad, con su gorro frigio y sus pechos desnudos, representa a la vez la audacia de Danton, la pureza peligrosa de Robespierre, las consignas terroristas de Marat y, por supuesto, el imperialismo civilizador de Bonaparte. Pero también podría representar a Lenin en su discurso a los soviets, a Mao desatando a sus guardias rojos a modo de diablillos asesinos o a Adolf Hitler el día del putsch de la cervecería. Todas las utopías se funden en una misma idea de la «libertad positiva» que sólo permite al individuo realizarse dentro de la masa. Una misma idea de la «libertad positiva» que, en el fondo, ha engendrado todos los grandes horrores contemporáneos.

Los náufragos de Gericault ni siquiera saben hacia dónde van. No buscan la independencia de su pueblo, ni el triunfo de su clase, sino su salvación individual. Los cadáveres van quedando a sus espaldas. Son de sus compañeros de infortunio y tal vez muy pronto los tendrán que devorar. Su única esperanza está puesta en ese remoto y diminuto punto que nadie está en condiciones de identificar. Las autoridades -de la República, de la Marina, de la fragata Medusa- interfirieron en sus vidas imponiéndoles un azaroso viaje hasta el Senegal, designando a un inepto como capitán y nada menos que cortando las amarras que unía su frágil balsa a otras más resistentes. Lo único que anhelan ahora es que la persona que mande ese probable barco, cuya silueta se vislumbra, no ordene a su tripulación alejarse del lugar, a medida que les vea aproximarse. Piden al cielo que nadie interfiera en su última posibilidad de salvación. ¡Ah, si ellos supieran lo que pasa por la cabeza de ese capitán desconocido! ¡Ah, si ese capitán desconocido pudiera contemplar su angustia, siquiera fuera a través de su primitivo catalejo!

Es la fuerza desnuda del drama en ciernes la que arrebata toda carga paradójica al concepto de «libertad negativa» al que se aferra Berlin. Libertad frente a los naufragios colectivos, libertad frente al riesgo de devorar o ser devorado, libertad frente a lo arbitrario o lo malvado.

Siempre hemos dicho que los periodistas somos los notarios de la Historia en marcha. ¿Pero cuál es la Historia de la que levantamos acta? ¿La de los emperadores? ¿La de los revolucionarios? ¿O más bien la de los náufragos?

IV.- 'PROFESSORE' CON 'WALKMAN'

Es curioso observar cómo el periodismo salió una y otra vez al paso de Isaiah Berlin y él, elegantemente, lo esquivó otras tantas veces. Siendo aún muy joven, el mítico director de The Manchester Guardian C. P. Scott le entrevistó para cubrir una vacante en el periódico, pero desechó su candidatura cuando a la pregunta «¿Tiene usted facilidad para la escritura?», Berlin contestó con un pudoroso «no». A finales de los 30 coincidió en muchas ocasiones en las tertulias del colegio de All Souls donde residía -sancta sanctorum del pensamiento en Oxford- con el director de The Times Geoffrey Dawson, pero en lugar de cortejarlo, como otros colegas que anhelaban engrosar su nómina de colaboradores, Berlin se enfrentó siempre a su apuesta por la política de apaciguamiento de Chamberlain. Al acabar la guerra, el magnate de la prensa Lord Beaverbrook le ofreció una columna en el Daily Express, que él rehusó alegando que se sentía «como una institutriz suiza que era víctima de un ataque a su virginidad».

Aunque sólo terminaría por perder esa virginidad publicando en revistas de cierto empaque como The Atlantic Monthly -para la que escribió su famoso panegírico Churchill en 1940-, Foreign Affairs o Encounter, su actitud ante la vida tenía mucho que ver con la del periodista. «Soy como un taxi intelectual -solía decir, burlándose de sí mismo-; la gente me para, me pide un destino y allá vamos». Ya en la vejez, su biógrafo, Michael Ignatieff, lo describía como «un espectador que nunca se ha cansado del teatro de la vida y se imagina a sí mismo contemplando para siempre su escenario iluminado». Su amigo el poeta Stephen Spender aseguraba que «Isaiah sentía un interés por las vidas de los demás, reforzado por la convicción de que él era ajeno a las pasiones que las movían».

Al modo de Montaigne, «Berlin picaba un poco de aquí y otro poco de allá... y en ocasiones decía estar familiarizado con obras que apenas conocía». Avido conversador, curioso impenitente, como los buenos reporteros, como los más agudos columnistas, como los directores que disfrutan con su forma de vivir, siempre pareció comportarse como un zorro, husmeando, buscando, dando rodeos, entrando y saliendo con astucia en toda una variedad de corrales ajenos, en los que siempre quedaba la huella inteligente de su paso. Pero, como bien dice Ignatieff, «en realidad era un erizo que sabía una sola cosa grande».

Anticipando su propio recorrido, Berlin concluye en su ensayo sobre Tolstoi que el zorro que comienza Guerra y Paz, recreándose como un cronista de sociedad «en las triviales flores de la vida», termina siendo un erizo porque «su propósito es la búsqueda de la verdad» o, lo que en su caso es lo mismo, la búsqueda del sentido profundo de la Historia. Tolstoi creerá encontrarlo en esa Rusia coral, inmensa, inabarcable en sus millones de individuos con motivaciones propias, que -esperando la música de la ópera de Prokofiev- plantó cara a un estupefacto Bonaparte cuando esperaba que los siervos salieran en masa a su encuentro, recibiéndole como al libertador destinado a romper sus cadenas.

Berlin fue muy crítico con la guerra de Vietnam y no llegó a vivir los últimos autoengaños imperiales, cuando tampoco los chiíes iraquíes parecieron entender cuánto bien debían esperar de sus invasores. Pero su legado trasciende ya cualquier coyuntura porque esa «sola cosa grande» que terminó descubriendo fue nada menos que el hondo sentido de la libertad y el entendimiento crítico de cómo con tanta frecuencia es traicionada. La percepción de la Humanidad como una heterogénea suma de valores fluctuantes y a menudo contradictorios acabó convirtiéndole en el más lúcido apóstol del pluralismo, como único clavo ardiendo -como sinónimo de liberalismo- al que merece la pena aferrarse. ¿Dónde hay que firmar?

Sus miles y miles de páginas como ensayista podrían quedar compendiadas en una simple y maravillosa idea: «La libertad es necesaria para hacer posible la libertad». Y eso significa que, llevando el agua a mi molino, bendita sea la libertad de prensa cuando preserva la libertad de prensa. Nunca he concebido el ejercicio del periodismo -esa permanente crónica de todos los naufragios de la balsa de la Medusa- como un medio para lograr nada -ni el poder, ni la riqueza, ni siquiera la gloria-, sino como un fin en sí mismo que fatalmente implica una relación adversativa con el poder. Un vivir para vivir con peligrosa pero entretenida dignidad.

Siempre me sentiré a gusto jugando al escondite bajo todas las máscaras del zorro, merodeando de un lado para otro, saltando de historia en historia, de aventura en aventura, de conflicto en conflicto, envolviendo con las grandes exclusivas de hoy el pescado de mañana. Pero espero no dejar de reconocer nunca esas inapelables ocasiones en las que el erizo debe clavarse sobre el suelo, presentar sus armas en posición de combate, apretar los dientes y resistir la carga del Emperador tanto si se produce en nombre de la tradición como en el del progreso.

Porque, tal y como escribió Berlin a Philip Toynbee, explicándole su negativa a firmar un manifiesto a favor del desarme nuclear unilateral, «a menos que haya un punto en el que estés dispuesto a luchar contra viento y marea, y sean cuales sean los peligros... todos los principios se vuelven flexibles, todos los códigos se deshacen, y todos los fines mismos para los que vivimos desaparecen».

Y sólo espero que si algún día flaqueo o pierdo la fe en la consistencia de mis púas, acudan en mi auxilio la serena intuición, el ejemplo moral y la fortaleza ética de aquel Professore despistado que cada verano recorría a diario los caminos que unen Paraggi con Santa Margherita, mientras en su walkman escuchaba algún cuarteto para cuerda de Haydn.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

Comentarios

Carlos ha dicho que…
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Anónimo ha dicho que…
The End ?

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