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30.6.07

 

Del duelo al nirvana, sin pasos intermedios

 

30-06-07



EL DISCURSO DE LA SEMANA

Del duelo al nirvana, sin pasos intermedios


LOURDES MARTIN SALGADO

...«Los soldados en Afganistán y en el Líbano tienen hoy la mejor situación de medios de seguridad que nunca han tenido en la Historia nuestras misiones de paz»...


-J.L. Rodríguez Zapatero en el Congreso de los Diputados (27/6/2007).
(.../...)

Tras la muerte de seis soldados españoles en el Líbano el pasado domingo, Zapatero compareció el miércoles para expresar su «emocionado recuerdo» por las víctimas y transmitir a las familias «sus más profundas condolencias por la irreparable pérdida». Resulta simplemente inexplicable que el presidente del Gobierno haya tardado tres días en decir algo tan simple, tan evidente y tan necesario, ya que no parece que semejante discurso requiriera largas jornadas de elaboración. No hay forma de entender tampoco por qué no le mereció la pena salir ex profeso para ello y prefirió esperar a su primera intervención obligada para añadirlo cual si fuera un anexo. Es el error más descarado de su respuesta tras el atentado, pero lamentablemente no el único.

Cuando Rajoy le inquirió por la falta de inhibidores de frecuencia en el blindado, Zapatero quiso eludir cualquier responsabilidad convirtiendo la tragedia en un spot promocional de las Fuerzas Armadas, que «tienen hoy la mejor situación de medios de seguridad que nunca han tenido en la Historia nuestras misiones de paz». Evidentemente, una verdad no siempre es una respuesta. Entre esos medios de seguridad tan espectaculares no se contaba con el único dispositivo que podría haber evitado que se activaran los explosivos, y ésa era la cuestión que había que abordar.

El presidente lo hizo, sí, pero sólo para reprochar al PP que «estuvieron ocho años en el Gobierno, y podían haber pensado una sola vez en los inhibidores y en lo que representaban». Es una estrategia que puede ser útil y legítima en los primeros meses de un nuevo Ejecutivo, pero no después de tres años y medio gobernando. Al cabo de este tiempo, Zapatero debería asumir que los errores son suyos, y no se justifican en función de si los cometió también el PP. Su inciso posterior de que quien fabrica los inhibidores es «por cierto, una empresa gallega», en alusión -suponemos- al origen de Rajoy, es toda una revelación del carácter e intelecto de quien nos lidera.

Este Gobierno tiene una extraña habilidad para cavar sus propias trampas con una retórica que, en vez de explicarnos que hay riesgos y problemas, se empeña en negarlos sin fundamento. Le pasó a Zapatero cuando despidió el 2006 asegurando que gracias a su proceso de paz «estaríamos mejor» dentro de un año, apenas unas horas antes de que ETA volara la T-4. Y le vuelve a pasar ahora con las muertes en el Líbano. Cuando el ministro de Defensa compareció en septiembre de 2006 para anunciar la misión, habló de riesgos, pero sólo para añadir de inmediato que nuestras tropas iban «debidamente dotadas» con los medios para hacerles frente. No se pensaba entonces en los inhibidores de frecuencia, que en el fondo podrían haber evitado este atentado pero no otros, ni en ningún otro dispositivo en concreto. Se trataba simplemente de transmitir que si había riesgos nosotros teníamos todo lo que hacía falta para sortearlos. Don t worry, be happy, esto es sólo una misión de paz.

El problema del optimismo comunicado como certeza es que a veces las malas noticias -ésas para las que se niegan a prepararnos- llegan. En ese caso, el objetivo del Gobierno es que el duelo oculte cualquier error o responsabilidad indirecta que éste pudiera tener. Quien crea que hay que investigar lo ocurrido de manera que procuremos que no vuelva a pasar, recibirá una reprimenda con el característico tono solemne de la vicepresidenta, quien ayer afirmaba que «la mejor manera de hacer frente al luto nacional por la muerte de seis soldados en un atentado terrorista no es acusando al Gobierno de España. Nos parece ruin y desleal que el líder del principal partido de la oposición lo haga».

¿Cuánto debe durar ese duelo exclusivo y excluyente? ¿Días? ¿Meses? No es una cuestión de tiempo. Debe durar lo que haga falta para hacernos olvidar lo ocurrido y poder pasar de inmediato, sin solución de continuidad, a ese estado de nirvana en el que nos creamos -como proclama el gurú Pettit- que somos «la envidia» del mundo.

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