Llanto por la última víctima de ETA en uno de los lugares más miserables de la Tierra

06-01-07



ETA VUELVE A MATAR / Las víctimas

Llanto por la última víctima de ETA en uno de los lugares más miserables de la Tierra


«No te crié para encontrarte así», clamaba la madre ciega de Palate al recibir su cadáver en Ecuador

ISABEL GARCIA. Especial para EL MUNDO

QUITO.- «Yo no te crié para encontrarte así», repetía una y otra vez María Basilia Sailema, la madre de Carlos Alonso Palate, una de las dos últimas víctimas mortales de ETA. Tenía enfrente el féretro de su hijo, aunque no podía verlo. Su ceguera se lo impedía. El pueblo de San Luis de Picaihua, una aldea pobre y mísera situada en el centro andino de Ecuador, lloró ayer la muerte de Palate y más de 200 campesinos, humildes como él, dieron el pésame a su familia.

En San Luis de Picaihua, muchos nunca habían oído hablar de ETA. Hasta ahora no conocían la violencia terrorista, sólo sabían de pobreza y miseria. Pero, el 30 de diciembre de 2006, no sólo se derrumbaron los pilares del aparcamiento de la T-4 del aeropuerto de Barajas, sino también los cimientos de la pequeña aldea de San Luis de Picaihua, en el centro andino de Ecuador.
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Durante el velatorio de Palate, su madre María Basilia pedía fuerzas «al señor» para que le ayudara a superar el trance. Vestía toda de negro, con un grueso poncho rodeando su pecho y sin olvidar el típico sombrero que caracteriza a los indígenas de la sierra ecuatoriana.

María Basilia reclamaba apoyo para ella y para sus otros tres hijos, María Angelina, Luis y Jaime. Los dos varones padecen enfermedades, y a todos ellos mantenía Carlos Alonso desde España. Una imagen de Jesucristo y otra del Divino Niño custodiaban el ataúd, aunque María Basilia tampoco podía verlas.

La mujer estaba en el velatorio de su hijo mayor, en el centro de la misma casa de zinc y cemento que Carlos Alonso había levantado con la plata que mandaba de España, pero ella todavía no podía creerlo. «No puede ser, no puede ser...», chillaba a cada rato, mientras decenas de familiares y amigos intentaban consolarla en vano.

La madre clamaba, con una voz entrecortada y triste, a la memoria de su hijo, que le había prometido volver de España para mejorar la condición de su familia. «¿Cuándo vendrás? Me dijiste que venías para estar conmigo, ¿cuándo vendrás?, mi hijo, mi vida», insistía Sailema, una señora ciega desde hace 30 años.

«Es una pena que personas inocentes y buenas como él acaben así. Pobrecito...», lamentaba María Celestina Sailema, una vecina de tez morena y pelo largo trenzado que daba de comer «papas y hornado» a Carlos Alonso cuando era un crío, muchos años antes de que emigrase a Valencia, hace ya cinco años.

Todo eso ocurría a partir de las 4.30 horas de la madrugada del viernes, cuando el cuerpo del ecuatoriano fallecido llegaba a su pueblo natal, San Luis de Picaihua, ubicado en la provincia de Tungurahua. Le separan 140 kilómetros de Quito y dos horas y media en coche, atravesando interminables montañas, pastos verdes y sembrados de maíz. A la capital ecuatoriana había llegado a las 24.10 horas en un avión de la Fuerza Aérea Española. En un principio, se informó de que el Boeing 707 no podría aterrizar en la capital debido al mal tiempo y que lo haría en el aeropuerto militar de Latacunga, una ciudad próxima a su Picaihua natal. Sin embargo, media hora después del aviso, el avión tomó tierra en Quito.

Al cadáver lo escoltaban Trinidad Jiménez, secretaria de Estado para Iberoamérica, su hermano Jaime, quien viajó a España tras conocer que su hermano estaba desaparecido, y su tío Luis Antonio, residente en Valencia, como Carlos Alonso hasta el pasado sábado. De hecho, él fue quien animó a la víctima a trabajar en la Península Ibérica como albañil, labor que ya había desempeñado en Ecuador, conociendo las escasas posibilidades de un porvenir digno que Picaihua le ofrecía. Nada más pisar suelo ecuatoriano, el tío agradeció la «respuesta unánime del pueblo español» por solidarizarse con las víctimas extranjeras del terrible atentado de ETA.

En el aeropuerto Mariscal Sucre de Quito le esperaban el embajador de España en Quito, Juan María Alzina, así como el representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores del país andino y 13 familiares. Pero también decenas de paisanos que querían recibir al fallecido como a un auténtico héroe y que se aferraban al féretro de Carlos Alonso derramando lágrimas y gritos. «Lo que era; se fue a España para ayudar a su familia y mira lo que se encuentra», suspiraba entre lágrimas Mariana Picaiza, una quiteña que juraba y perjuraba que no podría dormir si no daba el último adiós a su compatriota. «Yo estuve en Madrid cuando ocurrió el 11-M y me volvieron todos esos recuerdos horribles al enterarme de lo sucedido», comentaba mientras mostraba una enorme pancarta en honor de Carlos Alonso.

Los allí congregados también encendieron velas en señal de respeto y oración, y nadie se movió de las proximidades del aeropuerto hasta que una furgoneta trasladó el cadáver hasta Picaihua, donde llegó a las 4.30 de la madrugada. Fue entonces cuando sus restos mortales arribaron a la plaza central del pueblo, una barriada de gente humilde y de origen indígena en su mayoría que malvive gracias a la agricultura y la ganadería.

De la plaza trasladaron el ataúd, en comitiva, hasta la modesta iglesia del pueblo, donde las campañas redoblaron por su alma. Germán Pavón, el obispo de la ciudad de Ambato, a la que pertenece Picaihua, ofició la ceremonia, a la que acudió el vecindario al completo. La siguiente parada de Carlos Alonso fue la escuela en la que estudió primaria -no pudo estudiar más, ya que pronto tuvo que hacerse cargo del sustento familiar- y la cancha de fútbol en la que entrenaba cada semana con sus compañeros del Nacional de Picaihua. Ninguno de los integrantes quiso perderse la despedida. «Acá era muy querido por toda la gente porque siempre se portó bien con todos», decía bajito Nicolás Ramírez, uno de los amigos de la infancia del desaparecido.

De hecho, la bandera roja del Nacional, el equipo de Carlos Alonso, reposaba sobre su féretro, aunque las numerosas ofrendas florales que los allegados iban depositando encima iban impidiendo poco a poco su visión.

Un vecino del pueblo explicaba de esta forma lo sucedido en el atentado de la T-4: «Nadie pudo hacer nada, nadie sabía que iba a pasar eso, nadie conocía de terroristas ni de estos problemas. Si lo hubiesen sabido, no hubieran ido al aeropuerto», añadió, tras insistir en que en el momento del atentado Palate «estaba despierto».

En un momento de la noche, tanto la madre como la hermana menor sacaron fuerzas de flaqueza para ofrecer algo de comida a los acompañantes, como marca la tradición indígena. El sobrio menú lo componían unos cuantos platos de arroz, maíz cocido y papas de la zona que fueron repartiéndose entre los asistentes.

El hermano pequeño, Luis Giovanny, que padece ataques de epilepsia, no probó bocado. Tanta gente entrando y saliendo de su humilde casa le aturdía. «Yo sólo pido que cumplan el anhelo de mi hermano mayor y nos dejen irnos a todos a España, como él quería». Ese fue su último deseo.

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